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PASENSE Y LEAN Y SIGANLA :D
martes, 21 de junio de 2016
lunes, 20 de junio de 2016
8 9 y 10 Capitulos Finales
Capitulo
8
A la
mañana siguiente, Tomas llevó a Fay y a su tío al aeropuerto. Los hermanos Ballenger
se habían mostrado muy comprensivos con la joven, dándole un par de días libres,
y Abby se ofreció de buen grado para reemplazarla durante ese tiempo. Cuando la
joven se acercó a primera hora para contarles lo sucedido, lógicamente
atribuyeron su tristeza a la muerte de su tía abuela, pero habrían intuido que
había algo más si, en
vez de
quedarse fuera, esperándola en el coche, Tomas hubiera entrado y hubieran visto
la expresión furibunda que parecía haberse quedado pegada en su rostro.
—Gracias
por traernos —le dijo el tío de Fay a Tomas cuando estuvieron en la
terminal
correspondiente a su vuelo—. Voy a... voy a ir facturando el equipaje —les dijo
para dejarlos a solas.
— Bien
—murmuró la joven en un tono monocorde— No has dormido nada, ¿no es así? —le
preguntó Tomas, escrutando su ojeroso y pálido rostro. Y necesariamente tuvo
que preguntar, porque la noche anterior había dejado a Fay en el dormitorio principal
y se había ido a acostar en el cuarto de invitados sin decirle una palabra.
La joven
asintió con la cabeza.
—Quería
mucho a mi tía abuela Tessie. Siempre me llevé muy bien con ella.
—Anoche
no estuve demasiado comprensivo —le dijo él a modo de disculpa, pero sin perder
la tirantez—. Lo siento.
Fay alzó
la barbilla airada. Ni siquiera en ese momento, Tomas era capaz de
mostrarse
humilde, sabiendo que había sido injusto con ella.
—Hasta
ahora no he esperado ningún gesto por tu parte —le dijo—, ni pienso
hacerlo.
Me quedaré contigo hasta el juicio por la custodia de Jeff. Después, como tú mismo
sugeriste anoche, solicitaremos una anulación.
—¿Y qué
harás entonces?
Fay se
rió con amargura. Sentía como si de la noche a la mañana hubiera
envejecido
mil años.
—¿Acaso
te importa? —le espetó sin mirarlo—. No le he dicho a los Ballenger
nada
acerca de la herencia, y te rogaría que tú tampoco lo hicieras —añadió—. Hasta que
no hable con el abogado de mi tía abuela, no hay nada seguro.
Tomas la
miró un instante en silencio.
—Confío
en que no vayas a tomar una decisión estúpida sobre esa herencia por una
lealtad inmerecida hacia mí —le dijo con frialdad, forzando una sonrisa, como
si ella no le importara lo más mínimo. Pero no tenía otro remedio que
comportarse así, se dijo, se sentiría como un canalla si permitía que ella renunciara
a ese dinero por él—.Sólo me casé contigo para conseguir la custodia de Jeff
—añadió cuando ella alzó los ojos dolida hacia su rostro—. Tal vez también porque
te deseaba, pero nunca me ha faltado una mujer dispuesta a calentar mis noches.
Fay lo
miró con desprecio.
—Me
alegra saber que te dejo con el corazón entero y frío como un témpano.
Adiós,
Tomas.
—Querrás
decir hasta la vuelta.
Ella
sacudió la cabeza.
—No,
Tomas. Voy a volver, y, como te he dicho, me quedaré hasta el juicio, por Jeff,
pero por lo que a mí respecta termina nuestra relación aquí —apartó la mirada de
él, en un vano intento de ignorar la punzada de dolor que sintió en el pecho al
hablarle tan duramente. Se dio media vuelta y se dirigió hacia donde estaba su
tío Henry, sin volver la vista atrás.
El viaje
a Miami fue largo y agotador. Fay y su tío pasaron esos dos días haciendo los
preparativos del funeral, guardando recuerdos y disponiendo lo que se haría con
cada objeto. En la mañana del primer día, fueron a ver al abogado, y Fay se
sentó junto a su tío con la mirada apagada y la mente en otra parte.
—Bien,
yo... —comenzó el abogado—, quería en primer lugar pedirles disculpas
—dijo
mirando a Fay y contrayendo el rostro—. El testamento fue alterado
recientemente
sin mi conocimiento, así que lo que les comuniqué por teléfono se ha visto
alterado... un poco.
—¿Qué
quiere decir? —inquirió Henry frunciendo el ceño.
El
letrado carraspeó.
—La
doncella de Tess Rollins encontró un nuevo testamento, debidamente
cumplimentado
y sellado en su mesilla de noche. En él lega todo su dinero para la construcción
de una cadena de hostales para albergar a familias con hijos enfermos de cáncer.
Parece ser que la hermana de su ama de llaves tenía una niña con leucemia, y cada
vez que iban a hacerle el tratamiento tenían que recorrer en coche más de cien kilómetros
de ida y vuelta porque no podían pagarse un hotel y... Señora Kaulitz, ¿está usted
bien?
Fay
estaba sentada al borde de la silla, con los ojos como platos y los labios
entreabiertos.
No cabía en sí de gozo, se sentía tan aliviada... Era como si le acabaran de
quitar una enorme losa de encima.
—¿Quiere
decir que no tendré... que no tendré que aceptar la herencia?
—inquirió.
Aquella
forma de expresarlo dejó patidifuso al abogado, que la miró de hito en
hito,
con las cejas fruncidas.
— ¡No
quería usted la herencia! —exclamó incrédulo.
—No, no
la quería —asintió ella feliz, con una sonrisa—. Estoy muy bien como
estoy.
—Diablos,
pues yo no —refunfuñó su tío Henry a su lado—. Tess podía habernos dejado algo,
aunque fueran un par de muebles.
—Oh,
bueno, es que aún no les he dicho todo — intervino de nuevo el abogado—.Hay una
cláusula del testamento en la que expresa su deseo de que todos los enseres y objetos
de valor de su residencia se vendan en pública subasta, y que lo que se obtenga
se divida entre ustedes dos. Es un cálculo muy por encima, pero yo diría que el
total puede ascender a un cuarto de millón de dólares —les dijo. El rostro de
Henry se iluminó—. Y también le lega sus joyas a la señora Kaulitz con la
condición de que nunca las venda.
—Bueno,
al menos no nos vamos con las manos vacías —le dijo a Fay su tío cuando salían
del edificio donde estaba el despacho del abogado—. Y ahora ya no me siento tan
mal de que tu herencia se quedara en nada.
—Nunca
debiste sentirte mal por ello, tío Henry —le dijo Fay—, no fue culpa
tuya.
El
hombre la miró de reojo con curiosidad.
—Fay...
¿De verdad no querías el dinero de Tessie?
Ella
meneó la cabeza mientras caminaban por las soleadas calles.
—No.
Para empezar, Tomas nunca se habría casado conmigo si me hubiera
convertido
en millonaria con la herencia de mis padres.
—Eso es
verdad —asintió él alzando la vista hacia los rascacielos—. Sigue muy
resentido
por lo que hizo su padre —giró el rostro hacia su sobrina—. Bueno, al menos,
cuando Tomas se entere del cambio en el testamento de Tessie, se le borrará de
la cara esa expresión de perro rabioso. ¿Se puede ser más absurdo? Molestarse
hasta ese punto por el qué dirán...
Fay
estaba pensando exactamente lo mismo. Si Tomas la amase como ella lo
amaba a
él, el mucho dinero o la falta de él, no habrían importado en absoluto.
—Tío
Henry... ¿Puedo pedirte un favor?
—Claro,
hija, lo que quieras —respondió el hombre observándola expectante.
—No le
digas a Tomas que la tía Tessie cambió el testamento.
No dijo
nada más, y su tío comprendió que sería indiscreto pedirle explicaciones acerca
del porqué de aquella extraña petición.
—De
acuerdo, pero... ¿qué le diremos entonces?
—Le
diremos que sí vamos a recibir esa herencia. Que me ha dejado a mí casi
todo, y
a ti una suma considerable, pero que no podremos cobrar hasta que se haya resuelto
el papeleo necesario, y que eso llevará algún tiempo.
—Como
quieras —asintió su tío. Y siguieron caminando en silencio, cada uno
inmerso
en sus pensamientos.
Fay se
dijo que Tomas no tenía derecho a saber la verdad. Después de todo, la
había
echado de su lado con cajas destempladas. Por extraño que pareciera, quizá incluso
debiera sentirse agradecida, porque cada día que pasaba estaba más enamorada de
él, mientras que él únicamente la quería en su cama, y para obtener la custodia
de Jeff. No, no merecía la pena luchar por alguien así.
Y sin
embargo, a pesar de todo, le resultaría durísimo volver a Jacobsville, tener que
fingir que ya no lo amaba, que sencillamente eran un hombre y una mujer juntos por
el bien de un chiquillo. Lo más irónico, era que su matrimonio ni siquiera era
legal, porque no habían llegado a consumarlo. Se rió amargamente para sus
adentros. El padrastro de Jeff se frotaría las manos si supiese aquello, pero
gracias a Dios, sólo Tomas y ella lo sabían.
Cuando
Fay y su tío llegaron al aeropuerto, los sorprendió encontrar a Tomas esperándolos.
Fay lanzó una mirada a su tío, pero él parecía tan extrañado como ella.
—Podríamos
haber tomado un taxi —le dijo Fay a Tomas, tratando de mantener un tono calmado
en su voz a pesar de la agitación que la había invadido al verlo
—No es
molestia —respondió él.
—Como
quieras —asintió su tío.
—No es
molestia —respondió él.
Tenía el
sombrero calado sobre los ojos, de modo que resultaba imposible ver la expresión
en sus ojos, y se lo había puesto así con toda la idea, porque no quería que la
joven advirtiera lo feliz que se sentía de volver a verla.
Aquellos
dos días se le habían hecho eternos, y todo el tiempo le había estado
remordiendo
la conciencia. Se había comportado como un bruto insensible
precisamente
cuando lo que necesitaba la joven eran palabras de consuelo por la pérdida, y
un hombro en el que llorar.
—Pues yo
debo decir que ha sido todo un detalle por tu parte, Tomas
—intervino
el tío Henry mientras lo seguían al coche—: detesto los taxis.
Fay no
dijo nada más ni miró a Tomas. Ya no iba a preocuparle más lo que
hiciera
o dijera, se prometió firmemente. No iba a permitir que volviera a herirla.
Después
de dejar a Henry en su casa, Tomas y Fay siguieron su trayecto sin
intercambiar
palabra hasta que llegaron al rancho.
—Jeff
está en el colegio —le dijo él cuando entraron en la casa, al ver que ella
estaba
mirando en derredor, como esperando verlo aparecer.
—Entonces,
¿ya lo has inscrito como dijiste?
Él
asintió con la cabeza, y sus ojos recorrieron la figura de Fay, vestida con
aquel
mismo traje de falda y chaqueta blanco nácar con el que se había casado.
Aquello le traía tantos recuerdos...
—¿Cómo
te encuentras? —le preguntó.
—Voy
pasandola —respondió ella con aspereza—. Mis heridas ya han cicatrizado, Tomas,
no tienes que preocuparte por mí. Y ahora, si me disculpas, voy a deshacer la maleta
y a cambiarme para empezar a hacer la cena.
—No hace
falta que... —comenzó él irritado ante esa actitud de mártir.
—No es
molestia —lo cortó ella—. ¿Has vuelto a hablar con tu abogado sobre el
juicio
de la custodia de Jeff?
— Sí
—respondió él al cabo de un rato—. Se ha fijado para la próxima semana.
Fay
asintió con la cabeza y comenzó a subir las escaleras, dejándolo allí de pie.
De algún
modo la consolaba el hecho de que él pareciera sentirse tan incómodo como ella
con la situación. Su matrimonio se había terminado antes siquiera de haber empezado,
era triste. En el fondo de su corazón deseaba que pudieran comenzar de nuevo,
pero nunca había creído en las segundas oportunidades, y estaba segura de que
Tomas tampoco.
La cena
fue bastante silenciosa. Jeff miraba a uno y a otro, entre incómodo y
curioso.
— Siento
mucho lo de tu tía abuela, Fay —le dijo a la joven cuando estaban
tomando
el postre—. Supongo que aún te sentirás triste por eso.
— Sí
—asintió ella quedamente—. Mi tía abuela Tessie era una mujer muy
especial.
—¿Y era
tan rica como me ha dicho el tío Tom?
A Fay le
irritó la pregunta, pero sabía que en el chico no había mala intención.
— Sí,
Jeff, lo era, era muy rica, pero el dinero no es lo más importante del
mundo.
No puede comprar salud, ni felicidad.
— Ya,
¡pero sí un montón de videojuegos! —exclamó el chico.
Fay no
pudo evitar echarse a reír ante la ocurrencia, y aquello distendió un poco el
ambiente, aunque Tomas siguió sin hablar demasiado durante la cena.
Cuando
Fay estaba fregando los platos, entró en la cocina. Llevaba los pulgares enganchados
en los bolsillos de su pantalón vaquero, y la misma expresión implacable en el
rostro.
—Te oí
hablando con Abby Ballenger por teléfono antes de cenar —le dijo—. ¿Ya le has
dicho que lo dejas? — inquirió.
—Por
supuesto que no. No puedo hacerlo. ¿No recuerdas lo que te dijo mi tío en el
coche? No vamos a recibir un centavo hasta que se haya arreglado todo el
papeleo.
—Pues
por lo contento que parecía él cualquiera lo diría... —comentó Tomas—.
Me
estaba volviendo loco con todas esas cosas que decía que tiene planeado hacer
con el dinero.
Fay no
respondió. Tomas la hacía sentirse nerviosa. Le era imposible estar en la misma
habitación que él y no recordar lo maravillosa que había sido su luna de miel, aunque
no hubieran llegado hasta el final. Lo amaba con todo su corazón, y a ella no
le hubiera importado que fuera el dueño de una multinacional o un sencillo
labrador. Pero él no sentía lo mismo por ella.
—Debí
haber ido con vosotros —le dijo Tomas, sorprendiéndola—. Se ve que
estás
exhausta. Espero que tú tío no te dejara sola a ti toda la carga de los
preparativos
del funeral.
—No
—respondió ella, meneando la cabeza—. De hecho fue él quien se encargó de casi
todo, con ayuda del abogado. Lo más duro fue tener que separar las cosas que había
que tirar y las que queríamos guardar de su casa... —se le quebró la voz, y parpadeó
para contener las lágrimas mientras volvía a frotar con el estropajo el mismo plato,
muy despacio—. Estaba tan vacía sin ella...
Tomas
dio un paso hacia ella.
—Igual
que esta casa sin ti —le dijo con voz ronca.
Fay
tragó saliva, pero no se atrevió a volverse hacia él.
—Gracias,
pero no tienes que decir esas cosas sólo para que me sienta mejor.
Además,
no he vivido aquí el tiempo suficiente como para suponer una verdadera diferencia
en tu vida. Cocinas mucho mejor que yo, y tampoco me necesitas para mantener la
casa en orden. La mujer de tu capataz ya te ayuda con eso. Yo sólo estoy aquí
de paso, nada más.
Tomas
fue entonces aún más consciente del daño que le había hecho. ¿Tan
inadecuada
la había hecho sentirse que de verdad pensaba que estaría mejor sin ella?
— Jeff
quiere ir a ver una película de acción que acaban de estrenar. ¿Quieres
venir
con nosotros?
—No,
gracias. Estoy muy cansada. Id vosotros. Yo lo único que quiero hacer es
irme a
la cama y dormir diez horas seguidas.
Tomas se
quedó dudando.
—Bueno,
hay una sesión un poco más tarde. Puedes echarte un poco si quieres. Esperaremos
a que hayas descansado.
—La verdad
es que tampoco me gustan las películas de acción —replicó ella,
dispuesta
a no ceder—. Pero gracias de todos modos.
Tomas se
acercó un poco más a ella, mirándola preocupado.
—Has
pasado dos días muy duros, Fay, y sé que no te he sido de mucha ayuda, yo...
—No
quiero tu compasión, Tomas —lo cortó ella con firmeza, a pesar de la
agitación
que sentía por dentro ante su proximidad. Se secó las manos y se alejó de él—.
Estoy aprendiendo a valerme por mí misma, y no voy a dejar que me trates con lástima.
Después del juicio solicitaremos la anulación y volveré a alquilar un apartamento.
—
Suponiendo que ganemos... —murmuró él —. Hay bastantes posibilidades de que no
sea así. De hecho, aun en el supuesto de que ganáramos, el padrastro de Jeff podría
apelar la sentencia si se entera de que nos hemos separado. La inestabilidad de
nuestro matrimonio sería una excelente baza a su favor.
Fay se
sintió atrapada, pero trató de recordarse que lo hacía por Jeff, sólo por
Jeff.
—De
acuerdo —accedió finalmente—. Me quedare el tiempo que me necesites a tu lado.
—En ese
caso —dijo él en un tono críptico —, nunca te marcharás.
Se giró
sobre los talones y salió de la cocina, dejando a Fay patidifusa,
preguntándose
si habría oído bien. No, se dijo, probablemente su imaginación estaba engañándola.
En los
días que siguieron, Jeff al fin empezó a parecer la viva imagen de un chico feliz.
Estaba haciendo muchos amigos en el colegio, y siempre regresaba sonriente y dicharachero
a casa.
Fay, por
su parte, se reincorporó al trabajo y, primero con la excusa de ponerse al día,
y después para evitar pasar más tiempo del necesario con Tomas, empezó a echar
más horas de la cuenta, quedándose en las oficinas de la nave hasta tarde.
Calhoun
y Justin Ballenger estaban encantados con esa dedicación y esfuerzos, pero
Tomas no.
— ¡No
haces más que trabajar! —le dijo irritado una noche mientras cenaban—
¿Es que
Jeff y yo no contamos nada para ti?
—Tío Tom,
no la riñas. La tía Fay sólo trata de hacer bien su trabajo —salió el
chiquillo
en su defensa.
Tomas
gruñó algo entre dientes, malhumorado, y se sirvió otra porción de tarta de
manzana.
—Exacto
—corroboró Fay con una mirada altiva—. Además, tú también trabajas demasiado, y
yo no me quejo —lo acusó a su vez.
Los ojos
grises del vaquero la miraron fijamente.
—Pues
cualquier recién casada lo haría.
Fay se
sonrojó ligeramente, sintiéndose agradecida de que Jeff fuera aún muy
joven
para entender la insinuación de su tío.
—Sí,
bueno, es que la nuestra no es una situación exactamente normal —replicó, devolviéndole
la puya.
—Podría
serlo si tú quisieras —le respondió él, sorprendiéndola.
Fay alzó
la vista y observó que no había expresión de burla en el rostro de
Tomas.
—Me temo
que no. Es imposible.
Tomas
enarcó una ceja.
—¿Que es
imposible? ¿Qué «diablos» es imposible? —casi le gritó, irritado como estaba.
Fay se
sonrojó más aún al ver lo incómodo que parecía el muchacho, pero este se metió
en la boca el último pedazo de su tarta de manzana y se levantó al momento.
—Disculpad.
Voy a salir de la línea de fuego — murmuró con aspereza, saliendo del comedor.
Al
segundo, se oyó el ruido del televisor a todo volumen.
—¡Baja
ese condenado trasto! —rugió Tomas asomándose al pasillo.
— ¡No
hace falta que me grites! —le respondió el muchacho sin poder
contenerse.
El
volumen del aparato descendió, pero apenas nada.
Tomas se
olvidó por un momento de su sobrino y se volvió hacia su esposa,
poniendo
los brazos en jarras y mirándola fijamente.
—Estamos
casados —le recordó—. No hay ninguna razón por la que no puedas
compartir
la cama conmigo.
—Sí, la
hay, y es una razón de peso —repuso ella sin perder la calma, dejando la servilleta
sobre la mesa—. No tengo intención de quedarme un segundo más de lo estrictamente
necesario cuando la situación de Jeff se resuelva y, por eso, no pienso correr
el riesgo de quedarme embarazada.
Tomas se
puso pálido, y Fay vio en sus ojos una expresión de dolor. Lo había
herido.
Eso era lo que ocurría cuando la gente hablaba las cosas en caliente, se dijo, que
uno no se daba cuenta del daño que podía hacer. No había querido decir lo que parecía
que sus palabras implicaban, que no quería un hijo con él. Lo amaba, y lo único
que estaba intentando era luchar por su supervivencia emocional, con las pocas
armas que le quedaban.
—Yo...
no lo decía en ese sentido, Tomas... — murmuró apartando la vista—, es sólo
que... bueno, tienes que admitir que es la verdad, un bebé ahora mismo... complicaría
las cosas.
—¿Y no
has pensado que podríamos utilizar métodos anticonceptivos? —le espetó él con
sarcasmo.
La joven
volvió a alzar los ojos hacia él. Ella trataba de disculparse, y él le daba un
puntapié.
—No creo
que merezca la pena tomarse tanta molestia. No estaré aquí mucho
tiempo
más —le dijo ella en el mismo tono—. Sé que debo estar coartando tu vida sexual,
y lo siento, pero me iré muy pronto y podrás... Tu vida volverá a la
normalidad.
Si
hubiera podido, Tomas la habría fulminado con la mirada. Arrojó la servilleta
hecha un
gurruño sobre la mesa y se levantó.
—De modo
que eso es lo que piensas, que necesito sexo y que para mí sólo eres alguien a
quien pretendo usar hasta que vuelva a ser libre.
Las
mejillas de la joven se tiñeron de un intenso rubor.
—¿Acaso
puedes fingir siquiera que sientes otra cosa por mí que no sea deseo?
—le
espetó airada—. Después de todo, soy una chica rica.
Tomas se
quedó mirándola un buen rato con el rostro contraído, y finalmente
salió
del comedor sin decir una palabra.
Fay se
levantó también, y empezó a llevarse las cosas a la cocina. Momentos
después,
mientras fregaba, se rió de su propia ingenuidad, tratando todo el tiempo de contener
las lágrimas. ¿Qué había esperado, que lo negase, que le dijera que la amaba?
Ya sólo
faltaban dos días para el juicio, y tanto Jeff como Tomas estaban
empezando
a acusar la tensión. Fay pasó por el videoclub esa tarde, al salir del
trabajo,
y se llevó un par de películas de acción, y se las mostró después de la cena.
—
¡Genial, tía Fay! —exclamó el chico entusiasmado—. ¡Esta hacía siglos que
quería
verla! ¿Puedo ir poniéndola? —le preguntó a su tío.
Este
asintió sonriente, y el chico se fue corriendo al salón.
—Pensaba
que no te gustaban las películas de acción —le dijo Tomas a Fay
mientras
llevaban los platos, vasos y cubiertos a la cocina.
Ella se
encogió de hombros.
— Se me
ocurrió que tal vez lograrían apartar el juicio de la mente de Jeff
—contestó
distraída. Alzó el rostro hacia él—. ¿Has tenido alguna comunicación con su padrastro
en todo este tiempo, aunque haya sido a través de su abogado?
Tomas
sacudió la cabeza.
—No,
pero no me sorprendería que esté vigilándonos.
—¿Por
qué iba a hacer eso?
—Para
encontrar un motivo que incline la balanza a su favor —respondió él,
riéndose
con frialdad—, como una infidelidad, por ejemplo.
—Bueno,
por eso no tenemos que preocuparnos — respondió ella. Sin embargo, le dirigió
una mirada nerviosa a Tomas que decía claramente: «¿o sí?»
Él la
miró indignado.
—Creía
que ya me conocías en ese sentido. Nunca jugaría a dos bandas. Mientras estemos
casados, para mí no habrá nadie más que tú.
Fay
apartó la mirada.
—Gracias.
— No hay
de qué —masculló él—. Sólo espero merecer la misma cortesía —la picó para
molestarla.
Tal y
como esperaba, Fay explotó.
—Por eso
no tienes que preocuparte: ¡ahora que no soy rica ya no atraigo a
tantos
hombres!
Aquel
lapsus llamó la atención de Tomas.
—Creía
que esa tía tuya acababa de dejarte una fortuna... —murmuró
contrariado.
— OH.
OH, sí —balbució ella, dándose la vuelta para que no pudiera verle el
rostro—.
Pero, sea como sea, no voy a romper mis votos matrimoniales. Seguramente creas
que las chicas ricas son amorales, pero yo no lo soy.
—Yo
nunca he pensado eso de ti, Fay —le dijo él de repente, en un tono tan suave que
hizo que a ella se le erizara el vello de la nuca. Tomas se acercó por detrás y
le rodeó la cintura con sus fuertes manos. La joven dio un respingo—. No tienes
por qué ponerte nerviosa —le susurró seductor—. Puede que a veces sea algo
brusco y que no tenga sentimientos, pero jamás te haría daño.
—Lo sé
—musitó ella sin aliento—. Y no creo que no tengas sentimientos: a Jeff, por
ejemplo, se nota que lo quieres muchísimo.
Tomas
escuchó su respiración agitada y se acercó más a ella, envolviéndola en
su
abrazo. Agachó la cabeza, de modo que su mejilla quedara pegada a la de ella, y
su aliento rozara la comisura de sus labios.
Las
frías manos de la joven descansaban incómodas sobre las de él, trémulas.
—Es
fácil querer a un niño —le dijo él con voz ronca—los niños aceptan tu amor y te
lo devuelven con creces. Los adultos, en cambio, siempre tenemos miedo a entregar
nuestro corazón y ser traicionados o heridos.
Apretó
la cintura de Fay con sus manos, e imprimió un beso ardiente en el cuello de la
joven.
Ella
trató de protestar, pero los labios de Tomas la silenciaron. Él la hizo darse
la vuelta,
atrayéndola hacia sí, y ella pudo notar que el cuerpo de él se tensaba al instante.
Se puso
de puntillas y abrió la boca, dando acceso a la lengua de Tomas, que la invadió
con embestidas insistentes y sensuales, dejando escapar un gemido gutural, y Fay
sintió que las piernas le flaqueaban. Sólo las manos del vaquero impedían que perdiera
el equilibrio.
De
pronto, ambos notaron que se hacía un silencio absoluto en el salón, y Tomas despegó
sus labios de los de Fay al sentir los pasos del muchacho acercándose a la cocina.
La joven
trató de apartarse de él, pero Tomas no la dejó ir.
—Jeff no
es ciego. Quédate donde estás —murmuró.
Fay no
comprendió a que se refería hasta que él la apretó un poco más contra sí para
que pudiera notar lo evidente que era su excitación.
Con el
corazón desbocado, se esforzó por mantener la calma, y apoyó la mejilla en el pecho
de Tomas. En ese preciso instante, Jeff abrió la puerta de la cocina, y se quedó
allí parado, rojo como un tomate.
—Lo
siento —balbució—. Venía a por un refresco.
—Pues
adelante —le dijo su tío riéndose suavemente—. Y tranquilo, esto son
cosas de
casados —le dijo para destensar el ambiente.
El chico
esbozó una sonrisa.
—Ya era
hora de que volvierais a ser vosotros mismos —les dijo.
Abrió el
frigorífico, tomó su refresco y los dejó a solas de nuevo, guiñándole un
ojo a
Fay.
Tomas se
apartó de ella, y la joven que había bajado la vista, apartó de
inmediato
la mirada de su entrepierna, sonrojándose de nuevo.
—Para el
tiempo que llevamos casados, te ruborizas con demasiada frecuencia
—le dijo
malicioso, entornando los ojos y encendiendo un cigarrillo—. No te dejaré embarazada,
Fay, tomaremos precauciones. Espera, espera, escúchame —le dijo al ver que ella
hacía ademán de negarse—. Si hasta Jeff se ha dado cuenta de que no estamos
actuando como un matrimonio, puede que su padrastro llegue a la misma conclusión.
Podríamos perder el juicio.
Ella se
quedó mirándolo dudosa.
—Me doy
cuenta de ello, pero...
—Puedes
fingir todo lo que quieras, Fay —la interrumpió él—, pero quieres lo que yo
puedo darte en la cama. Ahora mismo estás igual de excitada que en nuestra
noche de bodas. La diferencia... —le dijo haciendo una pausa—, es que esta vez
podemos llegar hasta el final. Puedo satisfacerte por completo.
Ella
entreabrió los labios, sensibles aún por los besos de Tomas. Él la miró, y
supo al
instante que Fay estaba totalmente a su merced.
Apagó el
cigarrillo en un cenicero sobre la mesa de la cocina, y abrió la puerta,
saliendo
al pasillo.
—Jeff
—llamó al muchacho—, estamos cansados y nos vamos ya a dormir. En la cama a las
once, ¿entendido?
—¿Qué?
Ah, sí, tío Tom —respondió el chico distraído, sin apartar la vista de la
pantalla—.
Que durmáis bien.
—Igualmente.
Tomas
volvió a entrar en la cocina, y tomó la fría mano de Fay, conduciéndola
escaleras
arriba, entró con ella sin encender la luz en el que hasta hacía unas noches había
sido el dormitorio de los dos, y cerró la puerta con pestillo.
Capitulo
9
Segundos
después, Tomas empezaba a besarla en la penumbra de la habitación, iluminada
sólo por la luz de la luna que entraba por la ventana. La empujó suavemente contra
la puerta, y sus manos se introdujeron por debajo del vestido de algodón que llevaba
puesto, acariciando sus muslos.
Mucho
antes de que comenzara a desvestirla, Fay apenas podía mantenerse ya en pie, y
al poco rato se hallaba tumbada en la cama, temblorosa, mientras él se quitaba también
la ropa. No podía verlo claramente en la oscuridad de la habitación, pero lo poco
que veía era tan impresionante que se le cortó el aliento.
—No
tienes de qué sorprenderte, Fay —le susurró él mientras se echaba sobre
ella y
comenzaba a excitarla otra vez—. Ya no eres exactamente una primeriza... Y esta
vez... esta vez voy a hundirme dentro de ti...
La joven
dejó escapar un gemido extasiado al notar que su boca se cerraba sobre uno de
sus senos. La fiera pasión de sus caricias y sus besos no la asustaba, ni
tampoco profirió quejido alguno ante el breve pero punzante dolor que sintió
cuando se adentró en ella. Cuando llegó ese momento, se arqueó hacia él para
recibirlo mejor, y sus ojos se abrieron como platos al sentir como, lentamente,
él iba introduciéndose más allá, hasta completar su posesión, para, de pronto,
detenerse, quedándose con ella al borde
mismo
del precipicio del placer. Con las manos sujetándola por las caderas, Tomas bajó
la vista hacia ella jadeante, con los ojos brillantes por la excitación, y
gotas de sudor perlando su rostro.
Hincando
los dedos en sus voluptuosas caderas, el vaquero se movió
sensualmente
dentro de ella para que fuera aún más consciente de su unión.
Fay
aspiró hacia dentro, y Tomas se rió.
—Sí
—murmuró—, no imaginaste lo íntimo que iba a ser, ¿no es verdad?
—N...
no... —balbució ella. Era como si cada terminación nerviosa de su cuerpo se hubiese
sensibilizado. Nunca había experimentado nada igual. Y allí estaba ella, azorada,
y él riéndose—. No tiene... no tiene gracia —protestó frunciendo las cejas.
—No me estoy
riendo porque me haga gracia — dijo él inclinándose sobre ella y mordisqueándole
ligeramente el labio inferior. Sus caderas descendieron hacia las de ella, y se
levantaron después, creando repentinamente un vórtice sensorial que arrancó de
la garganta de la joven un profundo gemido de placer— Me estoy riendo porque eres
la virgen más sensual que se pueda imaginar, y porque a pesar del temor y de lo
nuevo que esto resulta para ti, te estás entregando a mi sin ninguna
inhibición. Levanta las caderas, Fay, deja que te sienta lo más cerca de mí que
puedas.
Ella
obedeció, sintiendo que todo su ser estaba ardiendo. Tomas comenzó a
moverse
otra vez con exquisita delicadeza, y ella, en su frenesí, le clavó las uñas en
los hombros.
—Ahora
puede que sea algo rudo —susurró Tomas contra sus labios—, pero no
debes
tener miedo de mi pasión. Si te dejas llevar por ella, si te entregas a mí como
has estado haciendo todo el tiempo, te proporcionaré un placer que no puedes ni
siquiera imaginar. Sigue mi ritmo, Fay, sigúelo... No te apartes de mí... Eso
es...—apretó los dientes y gimió al sentir que su cuerpo se ponía rígido—. OH,
Dios... estoy perdiendo el control...
Fay se
aferró a él con más fuerza mientras las sensaciones más increíbles la
recorrían.
—To...
mas... —jadeó, y de pronto, gritó al sentir el inesperado espasmo de
placer
sin igual.
Él movió
sus caderas con más insistencia.
—Agárrate
bien, Fay... Sí... eso es... siéntelo... sí...
Ella
gimió cuando todo ese placer que se había ido acumulando en su interior
explotó,
como un globo que estallase al hincharse al límite. Sintió que no tenía ningún control
sobre su cuerpo, ni sobre las deliciosas contracciones que la convulsionaban.
Tomas le
susurraba tiernas y aduladoras palabras y aquello seguía y seguía, parecía no
tener fin. Se estremecía y se convulsionaba, se estremecía y se convulsionaba, experimentando
sensaciones que nunca hubiera podido imaginar, tal y como él había dicho.
Finalmente,
todo dejó de tambalearse y girar a alrededor, y se quedó
temblorosa,
bañada en sudor, sollozando suavemente por el paso de la oleada de placer a su
abrupta pérdida. Había sido tan hermoso.
Tomas la
estrechó entre sus brazos y la acunó acariciándole el oscuro y
húmedo
cabello.
—Esto...
—le dijo, aún jadeante después de unos minutos—... es la pasión...
elevada
a la máxima potencia.
—Parecía...
parecía que éramos uno solo —susurró ella contra su pecho.
— Sí
—asintió él besándola en la mejilla con delicadeza—, eso es exactamente lo que
se siente.
Fay se
notaba exhausta, pero era un cansancio muy agradable. Daba la sensación de que
los huesos de su cuerpo se hubieran disuelto, se dijo, acurrucándose contra él
y entrelazando sus piernas con las de él.
— Tomas...
¿Puedo quedarme contigo esta noche? —le preguntó soñolienta.
Los
brazos de él se apretaron en torno a su espalda.
—¿Que si
puedes quedarte...? Intenta marcharte si puedes.
Fay
sonrió mientras cerraba los ojos.
—Creo
que no quiero hacerlo.
Fay
estaba en la cocina, preparando el desayuno, cuando Tomas entró en la
casa. Al
llegar el alba se había ido sin despertarla, y la joven se sentía decepcionada.
Había
esperado que lo que habían compartido la noche anterior le hiciera desear hacerlo
otra vez al amanecer, pero no había ocurrido.
Cuando
lo vio entrar, lo miró entre tímida y nerviosa.
—Buenos
días —murmuró.
Tomas se
había detenido en el hueco de la puerta, y Fay trató de leer en su
rostro,
pero tenía tal cara de póquer que le fue imposible.
La
rígida compostura de la joven dio una impresión equivocada al vaquero.
Después
de hacer el amor con ella había esperado que las cosas se solucionarían entre ellos,
pero parecía sentirse incómoda en su presencia, y dispuesta a salir corriendo
si se acercaba a ella.
La noche
anterior, junto con aquellos dos días que ella había estado fuera, le
habían
abierto los ojos, le había hecho ver que sentía por ella mucho más que simple deseo.
Sin embargo, nunca se le había dado bien hablar de esas cosas, y necesitaba una
pequeña reafirmación por parte de ella antes de atreverse a desnudarle sus sentimientos.
Como todos los hombres, temía el duro golpe que sufriría su orgullo si le abría
su corazón y ella lo rechazaba.
—Buenos
días —respondió con idéntica formalidad—. ¿Está listo el desayuno?
—Casi.
—Despertaré
a Jeff —dijo Tomas, y se dio la vuelta, desapareciendo por el
pasillo
y subiendo las escaleras.
Cuando
volvió a bajar, Fay lo miraba de reojo, ansiando ver en sus ojos grises un brillo
cálido... algo, pero se negaban a encontrarse con los suyos, así que cuando terminaron
de desayunar, la joven se levantó de la mesa haciéndose a la idea de que no debía
esperar nada a pesar de lo que habían compartido. Y fue lo mejor que pudo hacer,
porque esa noche, Tomas volvió a dormir en el cuarto de invitados.
A la
mañana siguiente, fueron a la iglesia, y pasaron la tarde viendo la televisión.
Apenas
habían cruzado dos palabras en todo el día, y Jeff estaba empezando a
preocuparse
seriamente.
—¿Te ocurre
algo? —le preguntó Tomas después de la cena, al ver que no había terminado de
comerse su pescado.
Jeff lo
miró incómodo.
—Um...
sí, la verdad es que sí.
—Bueno,
¿y de qué se trata?
—Pues es
sobre la tía Fay y tú —balbució, contrayendo el rostro al ver el
asombro
en el rostro de la joven y la irritación en el de su tío—. Lo siento, pero es
que, si vais al juicio mañana y os comportáis como os habéis estado comportando
hoy... al día siguiente estaré de vuelta en la escuela militar. ¿No podríais...?
bueno, ¿no podríais fingir que os lleváis bien mientras estéis en el juzgado?
Tomas y
Fay intercambiaron una mirada de culpabilidad.
—No te
preocupes por eso, Jeff —le dijo su tío—. Anda, sube a cambiarte y
lavarte
los dientes y métete en la cama. Tenemos que estar descansados para mañana.
Cuando
salió del comedor, Tomas se levantó de la mesa y se volvió hacia Fay,
estudiándola
unos instantes antes de hablar.
—El
chico tiene razón —le dijo—. Si no presentamos un frente unido, no nos
concederán
la custodia.
—Lo sé
—murmuró ella, entrelazando las manos sobre el regazo y bajando la
vista a
ellas.
—No
debería haber perdido la cabeza como lo hice anteanoche —dijo él de
pronto—.
Sólo ha servido para empeorar las cosas entre nosotros.
Ella no
sabía qué contestar a eso.
—También
fue culpa mía.
—¿Eso crees? No me sedujiste
ni nada parecido, cariño.
Fay
exhaló un profundo suspiro.
—Tomas,
yo... no estoy tomando la pildora.
—Lo sé.
—Y tú...
bueno, no usaste nada.
—No
puedo negarlo —contestó él con una tranquilidad pasmosa.
Fay se
aclaró la garganta y alzó la vista hacia él.
—Pero...
puede que me haya quedado embarazada.
Una de
las comisuras de los labios de Tomas se curvó hacia arriba.
—Por ahí
guardado, en el desván, hay un viejo faldón de bautizo que hizo mi
bisabuela,
y también una trona y una cuna que han pasado de padres a hijos en mi familia
desde los tiempos de los primeros colonos de Jacobsville.
Aquello
recordó algo a Fay, y la mirada en los ojos verdes se suavizó.
—El día
que estuvimos apartando recuerdos en casa de tía Tessie, decidimos
salvar
de la subasta un cuenco bautismal de plata antiguo. Es lo más bonito que te puedas
imaginar.
La
mención de su tía abuela hizo que la expresión de Tomas se agriase. Giró el
rostro
hacia otro lado y fue junto a la ventana.
—Si vas
a heredar un montón de dinero... ¿por qué subastasteis los muebles?
Podías
habértelos quedado. Supongo que serían muebles buenos.
—No
cabrán en mi apartamento —respondió ella. Tomas se giró sobre los
talones,
mirándola enfadado.
—Este es
tu hogar, y no voy a permitir que lo abandones hasta que no sepamos con
seguridad si estás embarazada o no.
La joven
dio un respingo, pero lo miró fijamente cuando respondió:
—De
todos modos, no creo que sea muy probable que lo esté.
—¿Por
qué?, ¿Por qué era tu primera vez? —le espetó él en un tono burlón ante su
ingenuidad—. Eso no siempre es una garantía.
Esa
actitud experimentada y desdeñosa la irritaba sobremanera.
—¿Podemos
hablar de otra cosa, «por favor»? —le pidió con aspereza.
—Claro.
Por
primera vez desde que Fay se marchara a Miami, Tomas volvió a sentirse
optimista.
El hecho de que se molestara con él, el que no pudiera ocultar su irritación, tenía
que significar que no le era del todo indiferente.
—¿Por
qué no duermes conmigo esta noche? —le propuso en un tono sensual—
Después
de todo, una vez más no supondrá mucha diferencia ahora que ya lo hemos hecho
una vez.
—No
—respondió ella con firmeza, a pesar de que el rubor de sus mejillas
indicaba
que ella también lo deseaba—. Tú no quieres que me quede en esta casa, y yo no
quiero quedarme embarazada y tener un hijo que tenga que crecer sin su padre.
— Yo
nunca he dicho que no quiera que te quedes aquí —replicó él, demostrando la
mala memoria que tienen los hombres respecto a esas cosas.
— ¡Por
supuesto que lo hiciste! —le gritó ella, poniéndose de pie—. ¡Lo hiciste
cuando
te enteraste de que mi tía Tessie me había dejado una herencia y me dijiste que
no podías seguir casado conmigo! Me dejaste ir sola a Miami y...
—Eso no
fue exactamente así. Henry iba contigo — apuntó él, sorprendido por
ese
arranque de ira. Nunca había visto así a Fay.
— ...y
encima me sugeriste que buscase a otro hombre cuando nuestro
matrimonio
se hubiese anulado —continuó ella, ignorando su interrupción.
—Yo no
pude decirte eso —protestó de nuevo Tomas.
Fay no
podía creerlo. ¿Cómo podía estar negándolo?
— ¡Sí
que lo dijiste! Me dijiste que ya encontraría a un chico «de mi clase»
—farfulló
remedándolo.
Aquello
recordó a Tomas a qué conversación se refería.
—Bueno,
puede que lo dijera, pero eso fue antes de que hiciéramos el amor —le dijo
mirándola a los ojos—. Ahora me he vuelto adicto a ti, Fay, y no puedo dejarte
ir.
—OH, por
favor... Por si eso también se te ha olvidado —masculló irritada—, me dijiste
que podías tener a todas las mujeres que quisieses, así que cualquiera podrá sustituirme
en tu cama.
—Te dije
eso para despecharte, Fay, pero no es cierto —repuso él —Si fuera
así,
este último año habría estado de flor en flor, pero no ha sido así. Había
empezado a perder el interés por el sexo cuando apareciste tú he hiciste que
perdiera la cabeza—le dijo en un tono muy sensual, acercándose a ella.
—Me...
me estás mintiendo... —balbució ella, sintiendo que el corazón empezaba a latirle
a un ritmo frenético.
—No, es
la verdad, Fay —susurró él.
La tomó
por la cintura y la atrajo hacia sí, haciéndolo con tal ansia, que de pronto ambos
perdieron el equilibrio. Tomas se tambaleó hacia atrás, cayendo sobre la alfombra,
y Fay fue a aterrizar encima de él.
Aprovechando
la ocasión, Tomas la hizo rodar hacia un lado con él, y se colocó
sobre
ella, mirándola a los ojos mientras introducía una pierna entre las de ella.
—Quiero
hacerlo contigo de nuevo, Fay... ahora — le dijo, notando que todo su
cuerpo
se tensaba en ese íntimo abrazo.
Una de
sus manos empezó a acariciar los senos de Fay, y a sacar los botones de su
blusa de los ojales.
—Pero,
Tomas... la puerta... —gimió ella.
—No está
cerrada, lo sé —asintió él. Su mano se deslizó dentro de la blusa, y por debajo
del sostén para estar en contacto directo con la suave piel. Fay se deshizo en gemidos—.
Voy a llevarte a la cama.
Se
incorporó y la tomó en sus brazos, llevándola por el pasillo y subiendo las
escaleras
hasta la habitación. La colocó sobre el edredón, y fue a cerrar la puerta con pestillo.
Se
dirigió hacia ella, deteniéndose a los pies de la cama y se quedó mirándola con
avidez.
Fay se
incorporó un poco, apoyándose en los codos. Jamás se había sentido tan femenina,
tan deseada, y sus verdes ojos se perdieron en los de él.
Sin
embargo, justo cuando Tomas estaba subiéndose a la cama, y
posicionándose
sobre ella como un gran felino, el silencio se vio roto por el
desagradable
timbrazo del teléfono de la mesilla de noche.
Durante
unos segundos, Tomas se quedó mirando a Fay aturdido, como si no
supiera
qué había producido ese ruido, pero cuando sonó una segunda vez, se bajó de la cama
y levantó el auricular, contestando irritado.
Al otro
lado de la línea, habló una voz sarcástica que por desgracia le resultaba
demasiado
familiar: Brad Danner, el padrastro de Jeff.
—Estoy
ansioso porque llegue mañana, Tomas —le dijo—, porque si crees que
ese
falso matrimonio va a suponer alguna diferencia en el juicio, estás muy
equivocado.
—Nuestro
matrimonio no es falso —le contestó Tomas secamente, sin mirar a
Fay, que
se había incorporado del todo en la cama, quedándose sentada, con una expresión
desorientada en su rostro.
—Bien,
pues mañana tendrás ocasión de probarlo. Cuida de mi hijastro, ¿quieres? Estoy
deseando que vuelva a casa.
—¿Para
qué?, ¿Para que vuelvas a mandarlo a esa escuela militar y perderlo de
vista? —le
respondió Tomas en un tono cortante—. ¿Qué pasa, tienes miedo de que un chico
de diez años te plante cara?
—Hay que
disciplinarlo —le dijo el otro hombre, que claramente estaba
esforzándose
por no perder los nervios—. Bastante sacrificio hago ya con estar
dispuesto
a criarlo cuando es exactamente igual que tú. Desde que me casé con tu hermana
Debbie siempre tuve que aguantar sus «Tomas dice», «Tomas piensa»... Nada de lo
que yo hacía le parecía bien. No sabes hasta qué punto llegué a odiarte.
—Debbie
siempre tuvo cierta tendencia a idealizar a las personas —le contestó
Tomas— .
Cuando nuestro padre murió yo ocupé su lugar para ella, y por eso siempre confiaba
en mis juicios. En cuanto a la desconfianza y la opinión que acabó teniendo de ti...
—murmuró esbozando una sonrisa burlona—, yo no tuve nada que ver. No hacías más
que quejarte de todo desde el primer día, y por mucho que lo niegues, sé que la
dote de mi hermana fue lo que te indujo a casarte con ella... la misma dote que
te gastaste la primera semana... con tu amante!
El
padrastro de Jeff colgó el teléfono bruscamente, y Tomas depositó el
auricular
de nuevo sobre la base con una risa amarga.
— Y este
canalla quiere conseguir la custodia de Jeff... —farfulló meneando la
cabeza.
—Entonces...
—comenzó Fay—, ¿nunca sintió nada por tu hermana?
—Nada es
decir poco —respondió él irritado—. Mientras duró su matrimonio
siempre
tuvo una amante, la mujer con la que ahora está casado, por cierto. El dinero del
seguro de vida de Debbie les vino muy bien. Sólo pensarlo me dan náuseas.
Además, mi hermana cayó enferma, él la manipuló aprovechándose de su debilidad
para que cambiara algunas cláusulas, y así asegurarse de que Jeff no apareciera
como beneficiario directo, sino a través de él. Igual que te pasó a ti, Jeff no
podrá cobrar el dinero de la póliza hasta que sea mayor de edad.
—Parece
un tipo verdaderamente despreciable — murmuró Fay.
—Lo es.
Me ha dado a entender que puede probar que nuestro matrimonio es un fraude
—dijo Tomas—. Precisamente ahora, Fay, es vital que actuemos como si fuéramos
un matrimonio feliz.
Ella se
quedó callada, mirándolo de un modo extraño.
—Comprendo
—murmuró —. Por eso me has traído aquí, ¿no es verdad? Para que mañana
pareciera que somos eso, un matrimonio feliz, que tenemos vida íntima.
Tomas
titubeó un momento.
— Sí
—admitió, a sabiendas de que ella lo odiaría—. No puedo arriesgarme a
perder a
Jeff.
—Ya veo.
La
expresión desolada en los ojos verdes de Fay lo hizo sentirse aún más
miserable.
—Jeff es
un chico rebelde. Si tiene que volver a esa escuela militar se escapará, y solo
tiene diez años... podría pasarle cualquier cosa y... Compréndelo, Fay, es toda
la familia que me queda.
Ella se
levantó de la cama y lo miró con una sonrisa gélida.
—Es
curioso —le dijo—, no hace tanto yo creía que, al casarnos, iba a ser parte
de tu
familia. El ser rica debe haberme convertido en una estúpida.
Tomas se
metió las manos en los bolsillos con aire culpable. ¿Qué podía decirle? Ella
podía tener lo que quisiera, no necesitaba a un marido de clase media, ni
cargarse con un chiquillo. Además, no podía permitir que la gente pensase que
era igual que su padre.
Rogó
para sus adentros no haberla dejado embarazada, porque sabía que no sería capaz
de darle la espalda a su propio hijo, y entonces ella se sentiría atrapada,
igual que él.
—En el
fondo es mejor que el padrastro de Jeff nos haya interrumpido —le dijo
pensando
en voz alta—. Tenías razón en lo que me estabas diciendo antes. La otra noche
fui muy descuidado: no tomé precauciones, y he estado a punto de volver a serlo.
No podemos volver a arriesgarnos de ese modo. Te veré por la mañana, Fay.
Y salió
del dormitorio, dejándola allí de pie pálida y temblorosa. Intentar
acercarse
a él era como tratar de acercarse a un puercoespín. No comprendía por qué se
había molestado siquiera en intentar llevarla a la cama. Era irónico: de
repente le preocupaba dejarla embarazada.
A la
mañana siguiente, Fay se preparó cuidadosamente para dar la mejor imagen posible
en el juicio. Se maquilló ligeramente, se recogió el cabello, y se puso un elegante
vestido azul marino y zapatos de tacón color hueso.
Cuando
bajó las escaleras, se encontró con Tomas también vestido ya con un
traje
gris claro, y este le dedicó una mirada apreciativa. De hecho, apenas podía quitarle
los ojos de encima.
—Estás...
preciosa —murmuró. Ella esbozó una leve sonrisa.
—Gracias,
cariño —le dijo dándole un beso en la mejilla, para demostrarle que
estaba
dispuesta a interpretar su papel de esposa amante a la perfección.
Lo único
que la delataba eran sus ojos verdes, en los que no había la menor
emoción.
La actitud cambiante de Tomas había terminado por hartarla, y había
renunciado
a toda esperanza de que las cosas entre ellos se solucionasen.
—Espléndido
—respondió él con tirantez—, una actuación soberbia. Convencerás al juez
siempre y cuando no se fije demasiado en tu rostro.
—OH,
también he pensado en eso —fue al armario del vestíbulo y regresó con el sombrero
que había llevado en su boda—. Ya está —le dijo colocándoselo y tapando su cara
con el velo de red que llevaba incorporado—. Una esposa preparada, dispuesta a salir
a escena.
Tomas se
puso rígido, claramente enfadado, y le dio la espalda, buscando en un cajón las
llaves del coche.
En ese
momento apareció Jeff, vestido con un traje que le había comprado
Tomas, y
miró a uno y a otro con una mueca de nerviosismo en el rostro.
—Bueno,
nunca me sentiré preparado para esto, así que supongo que estoy listo—dijo.
—Los
malos tragos es mejor pasarlos cuanto antes —intervino su tío, poniéndole derecha
la pequeña corbata—. Intenta no preocuparte —le dijo en un tono amable, poniéndole
la mano en el hombro—. Y cuando estemos allí, ponte bien erguido, que no crea
que te tiene acobardado.
—Sí, tío
Tom.
Capitulo
10
Brad
Danner era completamente distinto a como lo había imaginado Fay. Era bajo de
estatura, pelirrojo, y miraba a todo el mundo de un modo arrogante, como si
tuviera un ego del tamaño de una casa.
—Ah,
usted debe ser la «señora» Kaulitz, claro — le dijo en un tono sarcástico,
volviéndose
hacia ellos después de estrechar la mano de un hombre que debía ser su abogado—.
Bueno, sepa que su jueguecito no funcionará aquí. Haría bien en volverse al bar
de alterne donde quiera que trabaje y conociera a Tomas. No conseguirá engañar a
nadie. Sé demasiadas cosas sobre usted.
—¿De
veras? —inquirió Fay. Si aquel tipo quería guerra la iba a tener—. Pues la verdad
es que sí nos conocimos en un bar —le dijo inclinándose hacia él y hablándole
en un tono confidencial, con una sonrisa maliciosa—, pero no era de alterne, y
yo tampoco trabajaba allí.
—OH, no,
por supuesto que no —respondió el padrastro de Jeff dejando escapar una risa
falsa. Se alejó de ellos y fue junto a una mujer rubia teñida, embarazada y demasiado
pintada, que obviamente era su esposa.
Fay,
Tomas y Jeff ocuparon sus asientos frente a la tribuna. Al cabo de unos
minutos
el juez hizo su entrada en la sala, y después de las formalidades necesarias,
el abogado de Tomas, el señor Flores, un hombre entrado en años, permitió que
el letrado que representaba a Brad fuese el primero en exponer el caso.
Tomas lo
miró nervioso, sin comprender esa cortesía, pero el señor Flores se
limitó a
sonreírle y le hizo un guiño mientras retomaba su asiento.
El
abogado del padrastro de Jeff se puso en pie, e hizo un largo discurso acerca
de todas
las cosas que supuestamente había hecho su cliente por el muchacho, siendo la
más reciente e importante el haberlo matriculado en una escuela militar de
élite que le ayudaría a tener «una carrera admirable».
—Es
cierto que el señor Danner no tiene un vínculo de sangre con el chico, al
contrario
que el señor Kaulitz —admitió—, pero creo que debe usted saber, señoría—añadió
volviéndose hacia el juez—, que aunque el señor Kaulitz se apresuró a casarse con
la intención de poder presentar aquí la imagen de un hogar estable, pasó por
alto un pequeño detalle. No vigiló a su esposa.
Fay y
Tomas intercambiaron sendas miradas de perplejidad. El abogado de
Brad
abrió su maletín, y extrajo de él una carpeta con varias fotografías de Fay con
su tío en Miami a la puerta de la casa de su tía Tessie, en la calle...
— «Este»
es el tipo de comportamiento libertino al que se entrega la señora
Kaulitz
cuando su esposo se da la vuelta —dijo el letrado con altivez, mirando a Fay como
si fuese una depravada—. Estará de acuerdo conmigo, señoría, en que no es precisamente
un buen ejemplo moral para el muchacho.
Tomas se
echó a reír.
—¿Encuentra
divertidas estas fotografías, señor Kaulitz? —le espetó el
abogado,
volviéndose hacia él—. Según tengo entendido, apenas llevaban casados unos días
cuando la señora Kaulitz y su amiguito se fueron a Miami.
—No es
usted de aquí, ¿verdad? —le preguntó Tomas—. Y a lo que se ve, el
detective
que ha hecho esas fotos tampoco lo es.
—No las
hizo ningún detective privado —intervino Brad en un tono irritado—,
sino un
amigo mío, veterano de guerra. Y no trates de escurrir el bulto. El hombre de esas
fotografías es...
— ...mi
tío —dijo Fay. Alzó la vista hacia el juez Ridley, un viejo amigo de su tío Henry,
que, al igual que ella y Tomas, estaba tratando de no prorrumpir en
carcajadas.
—Me temo
que así es, señor Donner —dijo el juez, borrando la sonrisa divertida de su
cara—. Conozco a Henry Rollins desde hace años.
—¿Cómo?
—intervino de nuevo el abogado de Brad—. Pero eso es imposible.
¿Cómo se
explica entonces que no tengan el mismo apellido? Debería llamarse Henry York.
—Henry
es tío de la señora Kaulitz... por parte de madre. ¿Su... em...
«investigador»
no comprobó ese dato?
—Bueno,
no... —comenzó Brad azorado—. Me dijo que probablemente la había
encontrado
en un bar y que...
—La señora
Kaulitz y su tío fueron a Miami para disponer los preparativos del
funeral
de la tía abuela de ella —le aclaró el abogado de Tomas—. Respecto a la rocambolesca
suposición de su amigo de que la esposa de mi cliente trabajaba en un bar, es
totalmente falsa. La señora Kaulitz es hija de una importante familia, y ahora,
según me informó su esposo, a la muerte de su tía abuela, Tess Rollins, va a heredar
sus bienes.
Brad se
estaba poniendo amarillo por momentos.
—El
propio muchacho, cuya custodia es la razón de que estemos aquí —intervino el
juez de nuevo—, me ha dicho que su tío y su esposa están muy unidos, que le
tratan con cariño, y que le dan la seguridad que necesita. Su acusación de que
dicho matrimonio es fraudulento, señor Donner, no encaja con la descripción del
chico.
—Ese
hombre haría cualquier cosa para conseguir la custodia —le espetó Brad,
poniéndose
de pie y señalando a Tomas—, hasta fingir que está felizmente casado. Pregúntele
si la ama —desafió al juez—, ¡vamos, pregúnteselo! Lleva muy a gala que es incapaz
de mentir, así que pregúntele acerca de sus verdaderos sentimientos por ella.
Fay tuvo
un instante de pánico, y se apresuró a ponerse de pie. Si dejaba que el juez
interrogara a Tomas, todo se iría al traste.
— Sé muy
bien lo que mi marido siente por mí, señor Danner —le dijo con
altivez—,
y también sé que a usted Jeff no le importa nada en absoluto. Para usted no es
más que un peón, pero para Tomas es un chico de carne y hueso, con
sentimientos, y necesitado de amor. Somos muy felices los tres juntos, y Jeff
está yendo a un
colegio que le gusta y
donde está haciendo amigos, ¡no a una escuela militar donde no le dejan ir a
casa los fines de semana más que dos veces al
año! Si de verdad lo quiere, ¿por qué lo mandó lejos de sí en primer lugar?
—Es una
buena pregunta —asintió el juez. Se quedó mirando a Brad, que
boqueaba
como un pez—. Conteste, por favor.
—Mi
esposa está embarazada y... bueno, Jeff la pone nerviosa, ¿no es verdad,
cariño?
—Pues si
es así —dijo el juez Ridley, ladeando la cabeza y entrelazando las manos sobre
la mesa—, sinceramente, no acabo de comprender por qué quiere usted la custodia
del muchacho, señor Donner.
— ¡Oh,
díselo de una vez Bradley, idiota! —masculló la esposa del padrastro de
Jeff. Se
levantó y se dirigió al juez—. Él sólo quiere el dinero del seguro, y teme que si
pierde la custodia tendrá que darle al chico su parte, y se la ha gastado.
—
¡Estúpida!, ¿Qué crees que estás haciendo? —la increpó Brad, poniéndose de pie
y girándose hacia ella.
—¿Qué?
No se ha derrumbado el mundo —le dijo ella tan tranquila—. Estabas
muerto
de miedo de pensar que tu cuñado pudiese enterarse. Pues ya se ha enterado, ¿y
qué? ¿Qué crees que va a hacer? ¿Matarte? Al fin y al cabo son sólo mil dólares.
Si no te hubieras comprado ese ridículo yate ahora no tendrías ningún problema.
Los
asistentes al juicio prorrumpieron en risas, y el juez, ante semejante
situación,
tuvo claro cuál iba a ser su veredicto: le concedió a Tomas, e impuso a Brad el
pago con recargo del dinero que correspondía al chico.
Cuando
salieron del juzgado, Jeff estaba eufórico.
— ¡Lo
conseguimos, tía Fay! —le dijo riéndose y abrazándola—. ¡Puedo quedarme! ¿No es
genial?
—Es más
que eso, es maravilloso —asintió ella sonriente.
— ¡Y
cómo habéis conseguido engañarlos! —añadió el chiquillo en tono de
admiración—.
Todo el mundo se ha creído que erais la pareja perfecta.
—Ya lo
creo. Menuda broma... «la pareja perfecta»... —murmuró ella quedamente para sí,
mirando a Tomas de reojo por encima de la cabeza del chico—. Bueno, felicidades
—le dijo al vaquero—, ya has conseguido lo que querías.
—Sí, ya
tengo todo lo que quería —farfulló él en un tono monocorde.
Fay
forzó una sonrisa, alegrándose de que el velo del sombrero cubriera su
rostro,
ya que así al menos él no podía leer la tristeza que había en él. Pasó un brazo
afectuosamente por los hombros del muchacho, y se dirigieron hacia el lugar
donde habían dejado el coche.
Tomas
iba caminando un poco por detrás de ellos, pensativo. No sabía muy bien cómo se
sentía, pero desde luego la palabra no era precisamente «feliz». Por supuesto estaba
muy contento de poder tener a Jeff con él, pero aquello implicaba que, al poco tiempo,
perdería a Fay.
¿Por qué
tenía que preocuparle eso? Fay iba a ser rica, y él sólo tenía un pequeño rancho.
Los estilos de vida a los que estaban acostumbrados eran totalmente opuestos, y
todo el mundo pensaría que se había casado con ella por su dinero. Diablos, probablemente
ya lo pensaban, se dijo. Las noticias corrían como la pólvora en un lugar como
Jacobsville. De hecho, aunque se divorciaran, dirían que aun así se llevaría
una suculenta suma con el acuerdo de divorcio.
Entonces,
escuchándose, se sintió tan ridículo que no pudo menos que reírse para sus
adentros. Él mismo se estaba diciendo que, hiciese lo que hiciese, y aunque no fuese
verdad, la gente podría pensar mal de él, y que él no podría hacer nada para evitarlo.
De
pronto, se dio cuenta de que la censura pública que tanto lo había preocupado no
tenía ningún sentido.
Si él
sabía cuáles eran sus verdaderos motivos para algo, ¿qué importaba lo que opinasen
personas retorcidas y malpensadas, cuyos juicios no contaban en absoluto para
él? Además, los que chismorreaban no eran más que hipócritas, personas que en público
llevaban una vida intachable, y después, de puertas adentro tenían más vicios que
nadie. Sus amigos, aquellos en quienes confiaba, aquellos que lo apreciaban,
jamás se dejarían influenciar por las habladurías sobre él, fuesen cuales
fuesen.
Tomas
miró a Fay, que se había detenido junto al coche con Jeff, con quien
estaba
charlando animadamente. Se había acostumbrado a su presencia, a sus intentos de
cocinar platos comestibles, al olor de su perfume... Quería que se quedara,
quería formar una familia con ella. ¿Sería ya demasiado tarde? ¿Era irreparable
el daño que había hecho?
—Oye,
tío Tom, ¿por qué no paramos en alguna pizzería y compramos una pizza bien
grande y helados para celebrar que hemos ganado? —propuso el chiquillo cuando se
pusieron en marcha, de vuelta al rancho.
—Buena
idea —asintió él con una sonrisa, por verlo tan feliz—. Así la tía Fay no
tendrá
que cocinar.
—Lo que
quiere decir es que se alegra de librarse por un día de mis galletas
duras
como piedras, y de mis filetes carbonizados —le dijo ella al chico, volviéndose
en el asiento.
Jeff se
echó a reír, pero en el rostro de Fay se había dibujado una expresión
preocupada.
Ahora que había conseguido la custodia
de Jeff, no sabía cuánto
tiempo
más podría quedarse antes de que él la echase de su vida para siempre.
La pizza
y los helados estaban realmente deliciosos, y Fay los disfrutó tanto
como
Tomas y Jeff, pero su mente seguía sin estar en la celebración. Quería
levantarse
de su asiento en el sofá y gritar que la vida no era justa, que se sentía como
si la hubieran derrotado.
Hasta la
muerte de sus padres había disfrutado de una vida llena de lujos y
comodidades,
pero nunca había sabido lo que era el amor, a excepción del cariño de su tía
abuela, y ya ni siquiera eso le quedaba.
Pasó el
resto del día melancólica con esos pensamientos, intentando poner buena cara
por Jeff, pero a Tomas no logró engañarlo. Al atardecer, el chico había ido al establo,
a jugar con unos gatitos que habían nacido la semana anterior, y Tomas salió a
sentarse junto a ella en el columpio del porche.
—Ganamos
—murmuró.
Ella no
dijo nada, y Tomas escrutó con la mirada un buen rato su serio rostro
de
perfil.
—¿No estás
contenta? —inquirió bajando la vista a las puntas de sus botas.
—Claro
que lo estoy —asintió ella distraída.
Tomas
alzó la vista y se quedó observando el horizonte.
—¿Qué va
a pasar ahora con nosotros, Fay? —le preguntó en tono quedo.
El
silencio se prolongó unos minutos, roto sólo por el suave chirrido del columpio
balanceándose.
—Después
de haber quedado al descubierto en el juicio los motivos que tenía tu cuñado
para reclamar la custodia de Jeff, no creo que vaya a apelar la sentencia, así que
me quedaré sólo unas semanas, hasta que las cosas se asienten, para que a Jeff
no se le haga muy brusca mi marcha.
—Quédate,
Fay, no tienes por qué marcharte. La casa es muy grande, y Jeff te
ha
tomado mucho cariño.
—Cuando
pase un tiempo ya no me echará en falta —replicó ella—. Ni siquiera sé cocinar
bien.
—Nunca
nos hemos quejado de tus guisos —le dijo Tomas. Fay enarcó una
ceja—.
Bueno, yo quizá un poco, pero es porque soy un quisquilloso.
Fay
esbozó una leve sonrisa.
—Supongo
que algún día le pillaré el truco.
Tomas se
quedó un momento en silencio, mirando sus botas.
—¿Y no
crees que podrías pillarle también el truco a poner pañales y preparar
biberones?
—le preguntó de repente, alzando la vista de nuevo hacia el horizonte.
Fay
titubeó. Parecía que hablaba... en serio.
—¿Qué
quieres decir?
Tomas se
encogió de hombros.
—Pues...
supón que no nos divorciamos. Podríamos formar una familia, y darle
juntos a
Jeff un entorno familiar estable en el que crecer.
Fay estudió
el perfil de Tomas, pero no pudo entrever ningún sentimiento en él. Tenía el
mismo aspecto algo intimidatorio que el día que lo conoció, y seguía siendo igual
de guapo, se dijo con un suspiro.
Tomas
giró el rostro hacia ella.
— He
sido muy cruel contigo, Fay. Dame una oportunidad para arreglar las cosas.
—¿Cómo,
dándome un hijo? —le preguntó ella, dejando escapar una risa amarga.
— Si es
lo que quieres, sí —murmuró Tomas—. Si no, podemos posponerlo unos años. Tal
vez quieras ver un poco de mundo o ir a la universidad antes de atarte con un niño.
—He
visto bastante mundo, y no tengo intención de ir a la universidad. Tengo un buen
trabajo.
— Un
trabajo que pronto no necesitarás —afirmó él.
La joven
se quedó mirándolo un instante, antes de decidirse a decirle la verdad.
—No
puedo dejarlo.
—¿Quieres
decir porque te agobiarías en la casa?
Fay puso
su mano sobre la de él, y con los pies detuvo el movimiento del columpio.
—Tomas,
yo...
—Escucha,
Fay, he comprendido que he sido un idiota. Ya no me importa lo que piense la
gente de mí. Yo sé que me casé contigo para conseguir la custodia de Jeff, no
porque quiera tu dinero.
La joven
sintió el impacto de aquellas palabras como una brisa repentina en una calurosa
tarde de verano, pero, aunque tiempo atrás con aquello le habría bastado, ya no
era así. Necesitaba que la amase.
Sin
darse cuenta, dejó escapar un suspiro.
—Qué
sonido tan melancólico —le dijo Tomas quedamente—. No te gusta
escuchar
que me casé contigo sólo por Jeff, ¿no es así?
—No, no
me importa —mintió ella—. No me importa nada.
—Por
supuesto que sí —replicó él—. Yo te deseaba, Fay, y tú a mí. La otra noche no
tuve que forzarte para que durmieras conmigo, lo hiciste porque tú también lo querías.
Ella se
sonrojó y observó los dedos de Tomas, que se entrelazaron con los
suyos
mientras hablaba y los apretaba suavemente.
—Para mí
era algo nuevo —murmuró Fay—, y excitante.
—Más que
excitante, diría yo —le dijo Tomas en un tono muy sensual—. Nunca
imaginé
que pudiera haber un placer semejante al que disfrutamos juntos.
—Creía
que tenías mucha experiencia —dijo ella, tragando saliva.
—He
hecho el amor muchas veces —le respondió él—, pero sólo fue algo físico.
Aprendes
ciertos movimientos, ciertas caricias... lo que gusta y lo que no... Pero nunca
había sentido nada similar a lo que tú me hiciste sentir. Y luego, el día que
te dejé en el aeropuerto, y los dos días que estuviste fuera, cuando comprendí
lo cruel que había sido contigo. Esas dos noches apenas pude dormir. Tú querías
a tu tía abuela, y yo no te ofrecí ningún consuelo, ningún apoyo. Lo siento
tanto, Fay... Te debo tanto...
—No me
debes nada —lo cortó ella—. Nos casamos por Jeff, eso es todo, pero al final me
he quedado porque yo también lo quiero, no por hacerte un favor a ti.
Tomas
alzó la otra mano y la puso contra la mejilla de la joven.
—¿Es que
no has escuchado nada de lo que acabo de decirte, Fay? —le preguntó suavemente.
— Sí
—respondió ella nerviosa—, he oído que me tienes sobre tu conciencia.
Tomas
sacudió la cabeza.
—No,
Fay, escucha con tu corazón —le dijo mirándola a los ojos—. ¿No eres
capaz de
verlo? ¿No puedes sentirlo?
Se
inclinó hacia ella y la besó con ternura y pasión.
—Te amo,
Fay.
La joven
se puso rígida. No podía haber oído lo que creía haber oído, se dijo
mirándolo
con los ojos muy abiertos.
—Lo sé,
Fay, se que no te he dado muchas razones para que me creas, pero es
verdad:
te quiero —repitió contra sus labios—. Jeff y tú sois lo único que quiero en este
mundo.
La joven
sentía que el corazón se le había desbocado, y le parecía que se le
hubiese
cortado la respiración.
—Pero tú
nunca... —balbució aturdida—. ¿Cuándo te has enamorado de mí?
—La
noche que nos conocimos —respondió él con una sonrisa—. He estado
luchando
contra ello todo este tiempo, pero ha sido en vano. No puedo estar sin ti, Fay.
Por favor, no te vayas.
—¿Y qué
me dices de la herencia que voy a recibir? —inquirió Fay, jugando la
baza que
aún le quedaba.
Él
todavía no sabía la verdad, y tenía que estar segura de sus sentimientos.
—¿Ya no
te molesta que vaya a ser una mujer rica?
—Ya te
lo he dicho, Fay, no me importa nada lo que digan los demás. Te quiero, y lo
que hagas con ese dinero es cosa tuya.
Fay
sonrió.
—En ese
caso... —murmuró—, creo que lo ingresaré en el banco, para que Jeff
pueda ir
a la universidad. Por lo menos para los gastos de matrícula y alojamiento.
—¿Dónde
piensas alojarlo, en el hotel Ritz? —le respondió Tomas entre risas.
La joven
volvió a sonreír, convencida ya de que aquello no era un sueño.
—En
realidad tengo un pequeño secreto —le confió al fin—: lo único que voy a
heredar
es la mitad de lo que obtuvimos con la venta de los muebles y demás objetos de
la casa —le explicó, y añadió qué había decidido hacer su tía Tessie con su dinero.
—
Verdaderamente debió ser una gran mujer — murmuró Tomas sorprendido.
—Lo era,
una mujer muy especial. Así que, ya ves, sí, mi «herencia» no dará más que para
pagar la residencia de Jeff cuando vaya a la universidad —dijo encogiéndose de
hombros—. Y ahora ya sabes también por qué no puedo dejar mi trabajo. No podría
permitírmelo. Además me gusta. Y los Ballenger se han portado tan bien
conmigo...
—Eso es
verdad —asintió él—. Supongo que a partir de ahora tendré que
empezar
a ser... un poco más cordial con Calhoun.
Fay se
rió.
—Eso no
estaría mal. Lo tienes acobardado cada vez que vas.
Tomas le
rodeó la cintura con los brazos y la atrajo hacia sí.
—Claro
que no puedo prometer que vaya a reformarme por completo, soy un
hombre
quisquilloso y algo cabezota.
—No pasa
nada, me gustas incluso siendo quisquilloso y cabezota —le aseguró
ella. El
sonrió y la atrajo más hacia sí.
—Tampoco
creo que vaya a ser nunca un hombre rico, así que no podré darte una vida como
la que tenías antes, la clase de vida a la que estabas acostumbrada, pero te quiero,
y voy a cuidar de ti. Aunque no tengamos otra cosa, nos tendremos siempre el uno
al otro.
La joven
tuvo que contener las lágrimas ante aquellas tiernas y sentidas palabras. Por
toda respuesta, le echó los brazos al cuello y le dio un beso largo y cálido, expresándole
todo el amor que sentía por él. Como había dicho Tomas, se tenían el uno al
otro, y ella no quería nada más
Diana
Palmer - Serie Hombres de Texas 9 - Donnovan
HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL FINAL DE LA HISTORIA ... MAÑANA AGREGO LA SIGUIENTE Y ES EMMETT ... BUENO GRACIAS POR HABER LEIDO ESTA NOVELA ... YA VAMOS POR LAS DIEZ .. AUN FALTAN 20 MAS :D ... BUENO HASTA PRONTO.
AUTORA: DIANA PALMER
TOM KAULITZ: DONNOVAN LANGLEY ...
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