sábado, 18 de junio de 2016

6 y 7- Penultimos capitulos

Capitulo 6
Calhoun, que salía de su despacho, se paró frente a la mesa de Fay al advertir la palidez de su rostro y el temblor de sus manos, entrelazadas sobre el regazo.
— Por lo que veo Tomas ha estado aquí —murmuró.
Fay alzó la vista tristemente y asintió con la cabeza.
— Venía con su sobrino —musitó—. Le he dicho que no voy a recibir ni un solo
centavo de herencia, y se ha marchado.
— Lo siento muchísimo, Fay —le dijo Calhoun, que no podía dejarle entrever que ya sabía por Barry Holman lo de la herencia—. Qué canalla... —masculló.
— No es eso —lo corrigió Fay, queriendo ser justa—, me ha asegurado que el
dinero no le importa, pero yo le hecho ver que no lo creía porque sé que no me ama, y no quería que siguiera conmigo sólo para conseguir la custodia de su sobrino —murmuró bajando la cabeza—. Es mejor así, es mejor que nuestros caminos se separen, él no me ama —repitió desolada.
Calhoun quería negarlo, animarla, pero era obvio que T. Kaulitz no era
exactamente la clase de hombre dispuesto a mostrar sus sentimientos abiertamente.
— Dale tiempo —le dijo a Fay—. Tomas siempre ha sido un tipo solitario, y lo que hizo su padre lo dejó muy resentido.
— Supongo que debería disculparme por lo que le he dicho —murmuró ella.
—OH, no, aún no —replicó él con una sonrisa maliciosa—. Déjale que sufra un
poco. Por una vez no le irá mal un poco de su propia medicina.
Fay lo miró sin comprender.
— Quiero decir que suele ser él quien rechaza, no está acostumbrado a que una mujer le diga que no — le explicó Calhoun.
— OH —murmuró Fay—. Supongo que debe haber dejado a su paso una larga lista de corazones rotos — añadió con un suspiro.
—Eso he oído —respondió su jefe poniéndose serio—, así que cuida bien del tuyo, Fay.
Hizo ademán de marcharse, y fingió haber recordado algo justo en ese momento.
—Ah, había algo que quería decirte: cuando te contratamos, Justin te recalcó
que esto era sólo algo temporal, hasta que Nita se reincorporase... —se quedó un momento callado al ver la expresión deprimida en el rostro de la joven mientras asentía—. Bien, pues quería ofrecerte un puesto permanente —le dijo. Fay se quedó boquiabierta y alzó la mirada hacia él—. Necesito una secretaria propia, y Nita hace mejor equipo con Justin que conmigo. ¿Qué me dices? —inquirió. Pero Fay se había quedado sin habla—. Llevábamos un tiempo barajando la idea de contratar a otra secretaría de forma permanente, pero es difícil encontrar a personas responsables y trabajadoras, y cuando llegaste tú... bueno, estamos muy contentos contigo, Fay. Nos eres de gran ayuda. Además —añadió entre risas—, si dejo que te vayas, mi esposa se
divorciará de mí. Te aprecia mucho.
— Yo... yo también la aprecio a ella —balbució Fay, esbozando al fin una
verdadera sonrisa. De pronto era como si para ella hubiera salido el sol entre las nubes—. ¿Lo dice en serio?, ¿Podré quedarme, señor Ballenger?
—Lo digo muy en serio. Si quieres ese puesto, es tuyo.
—Pero... ¿Y la otra secretaria? ¿No le importará trabajar sólo para su hermano?
—Ya le he preguntado, y estaba eufórica. Casi se me echó al cuello. Parece ser
que todo este tiempo ha estado soportando la carga de trabajo ella sola estoicamente, así que no creas que pensará que estamos menoscabando sus capacidades ni nada parecido —le aseguró.
—En ese caso, acepto el puesto encantada —le dijo Fay con una amplia sonrisa—. No se imagina lo feliz que me siento. Muchísimas gracias, señor Ballenger.
—No hay de qué.
Cuando Calhoun se hubo marchado, Fay volvió a centrar la atención en el
ordenador con renovados ánimos. Aunque no pudiera tener el amor de Tomas, al menos ahora tenía un trabajo.

Mientras regresaba al rancho en el coche con Jeff, Tomas no hacía más que
darle vueltas a lo ocurrido con Fay. No era un hombre mercenario, pero ella parecía creer que sí. «De tal palo, tal astilla», lo mismo que pensaban todos los demás. Gruñó angustiado para sus adentros. ¿No conseguiría librarse nunca de aquel estigma?
Sin embargo, se dijo, lo cierto era que tampoco le había dado muchos motivos a Fay para creer que sentía un afecto real y desinteresado por ella. No había hecho más que hablarle de su empeño por obtener la custodia de Jeff. Ni una sola vez le había hablado de amor, y aunque se habían besado y habían llegado un poco más allá, ni siquiera una joven inocente confundiría el deseo con amor.
Frunció el ceño disgustado consigo mismo. Para colmo, lo había terminado de
estropear, diciéndole que había llegado a la ciudad la noche anterior, sin pararse a pensar en que ella se sentiría molesta por el hecho de que no la hubiera llamado. Volvió a gruñir para sus adentros, pero esa vez por darse cuenta de que desde el principio no había hecho más que meter la pata.
Pero lo peor, lo peor de todo, era que ni siquiera había tenido en consideración
sus sentimientos. Fay acababa de perderlo todo, y no sólo una herencia, sino el estilo de vida al que había estado acostumbrada hasta entonces. ¿Cómo podía haber sido tan bruto? Debía estar aterrada ante la idea de tener que valerse por sí misma. Además, sólo tenía veintiún años, había pasado toda su vida viviendo en una urna de cristal, y se debía sentir terriblemente sola, sin pariente alguno a excepción de su tío, con quien no se llevaba demasiado bien.
—Tío Tom, tienes un aspecto terrible —le dijo Jeff de repente, rompiendo el
tenso silencio—. ¿Seguro que estás bien?
—La verdad es que no, Jeff, pero lo estaré... lo estaré.
Y, sin decir otra palabra, dio la vuelta en medio de la desierta carretera, y se
dirigió de regreso a la ciudad. Ya había pasado la hora a la que Fay salía del trabajo, así que probablemente estaría en su apartamento. No sabía lo que le iba a decir, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuese para que lo perdonara.

En un principio, Fay había pensado quedarse en la oficina hasta tarde para
mantener la mente ocupada unas horas más, pero estaba cansada, y finalmente decidió irse a casa. Se despidió de sus compañeros, y se marchó en el Mercedes. Se sentía algo extraña conduciéndolo ahora que se había convertido en un miembro más de la clase trabajadora. Bueno, se dijo, pronto el señor Holman lo vendería y tendría un dinero extra. Sin embargo, por otra parte, la deprimía bastante perder aquel último bastión de lo que había sido su antigua y despreocupada vida. Ya no habría caros caprichos, ni podría volver a entrar en una tienda sin tener que mirar las etiquetas de los precios, y por primera vez estaba teniendo también que llevar control de las facturas. Sentía deseos de llorar. Estaba segura de que podría conseguir adaptarse a
sus nuevas circunstancias, pero sin duda le llevaría tiempo, y no sería nada sencillo.
Estaba bajándose del coche y caminando hacia el porche delantero de la casa,
cuando de pronto oyó el ruido de otro vehículo aproximándose. Se volvió, y vio el coche de Tomas deteniéndose junto al suyo.
«OH, Dios... Otra pelea no, por favor...», rogó para su adentros. Su pálido rostro adquirió una expresión resignada y triste, aunque sus ojos se iluminaron al verlo salir del automóvil y acercarse a ella.
Tomas se detuvo a un metro escaso, y observó que la joven tenía mal aspecto.
No parecía la misma que aquella mañana, la Fay que había camuflado sus miedos tras una sonrisa. Estaba cansada después de la jornada de trabajo, y la había pillado con la guardia baja. El vaquero extendió la mano y le tocó los labios.
—Lo siento —le dijo sin más preámbulos—. Esta mañana no pensé en cómo debías estar sintiéndote... has perdido la herencia y yo...
Aquella inesperada compasión, sumada al torbellino de emociones por el que
había pasado en los últimos días hizo que la armadura de Fay se resquebrajara por completo, y las lágrimas comenzaron a rodar incesantes por sus mejillas.
—Yo también lo siento —balbució con voz quebrada—. ¡OH, Tomas...! Yo no
quería decir aquello que te dije...
Sin decir una palabra, Tomas se agachó, la alzó en volandas, y se encaminó de
nuevo hacia el coche con ella en brazos, mientras le besaba la húmeda mejilla y le susurraba palabras de consuelo que ella apenas era capaz de escuchar.
Jeff los vio llegar y, con una sonrisa picara, abrió su portezuela y se pasó a la
parte trasera, recibiendo un guiño de su tío antes de que este depositara a la joven en el asiento del pasajero.
—Ahí, sentadita —murmuró Tomas mientras le abrochaba el cinturón de
seguridad a Fay—. Estamos secuestrándola, señorita York.
—Cielos, ¿qué pensará mi casero? —se rió ella entre lágrimas.
—¿Sabes qué haremos, Jeff? —le dijo Tomas a su sobrino cuando se hubo
sentado al volante—. La llevaremos a casa y la tendremos prisionera hasta que acceda a hacernos la cena. Y si resulta que es una buena cocinera, me casaré con ella sin dudarlo dos veces.
— ¡Pero si no sé hacer más que huevos revueltos! —volvió a reírse ella.
—Da igual —bromeó Tomas—: nos quedaremos viendo películas toda la noche y, cuando amanezca, tú haces los huevos revueltos, Jeff las tostadas, yo el café y unas tiras de bacon... ¡y a desayunar!
La joven y el muchacho prorrumpieron en risas. Tomas puso el coche en
marcha, y en cuestión de minutos estuvieron en el rancho Kaulitz. Fay, ya más
tranquila, no se explicaba aún el que Tomas hubiera ido a buscarla después de que lo hubiera insultado, implicando que era un mercenario, pero se sentía tan feliz de que hubieran hecho las paces, que apartó el pensamiento de su mente.
En cuanto entraron en la casa, Jeff dejó a su tío y a Fay en la cocina, se dirigió
como una bala al salón, repantigándose en el sofá para ver su programa favorito, y pronto los sonidos y voces del televisor inundaron la casa.
—Es a lo que me está costando más hacerme —le confesó Tomas a Fay con una sonrisa—: el ruido. Cuando uno vive solo se acostumbra a convivir con el silencio, y con un chiquillo en la casa esa paz y esa tranquilidad se esfuma. No quiero ni imaginarme lo que será un adolescente, poniendo esa música moderna a todo volumen.
Ella se rió suavemente. Tomas se había quedado estudiándola, como si algo no lo convenciese, y de pronto extendió una mano, quitándole la pinza que sostenía su cabello recogido. Al instante, como si de una catarata de aguas oscuras se tratase, el pelo de Fay fluyó libre, cayendo sobre sus hombros.
—Así está mejor —murmuró Tomas—. Ahora vuelves a ser mi Fay.
La joven se sonrojó ante su ternura. Nunca hasta entonces había pensado que
Tomas pudiera ser un hombre tierno.
—Lo que te dije no tiene excusa —comenzó, alzando el rostro hacia él.
—Yo también te dije cosas que no la tienen —respondió Tomas sonriendo—.
Pero fue sólo una pelea de amantes, nada más. Y ahora ya ha quedado atrás.
—Pero... no somos amantes —balbució ella. Tomas buscó sus ojos verdes.
—No lo somos «aún», pero vamos a serlo.
Fay se sonrojó más todavía.
—Pero yo no tengo ninguna experiencia, y...
Tomas se inclinó hacia ella, y la besó en los labios con inconmensurable dulzura, mientras sus manos descendían hasta las caderas, atrayéndola hacia sí para que la joven pudiera sentir la tensión de sus músculos.
Ella quería protestar, pero su voluntad se vio anulada por completo cuando la
lengua de Tomas se introdujo entre sus labios, adentrándose en la cálida oscuridad de su boca.
Tomas la arrinconó contra la pared, la tomó por la cintura, levantándola del
suelo, y colocó las caderas entre sus muslos, mientras penetraba su boca con
embestidas rápidas e insistentes, simulando la clase de unión íntima que ella no había experimentado todavía.
Cuando finalmente alzó la cabeza, Fay se sentía tan embriagada que su visión
incluso se había tornado ligeramente borrosa. Se notaba los labios hinchados, y de ellos se le escapaba el aliento en ráfagas entrecortadas.
Tomas volvió a inclinarse y le mordió el labio inferior, no tan fuerte como para
hacerle daño, pero sí lo suficiente como para hacerla consciente de la violenta pasión que despertaba en él.
Fay no podía moverse. Sus caderas estaban aprisionadas por las fuertes manos de Tomas y sus senos habían quedado aplastados bajo el pecho de él. Detrás de sí, notaba la pared, fría, dura e inerte, en contraste con el cuerpo cálido y vivo del hombre que la tenía en un frenesí de pasión.
— Deberíamos casarnos cuanto antes, Fay —le dijo él con voz ronca—, no sé
cuánto tiempo más podré seguir conteniéndome. Te deseo muchísimo...
—Pero... pero el matrimonio es un paso muy importante, Tomas... —balbució ella.
—Claro que lo es —asintió él—, pero la pasión alimenta este fuego que se ha
encendido entre nosotros, y pronto sus llamas nos devorarán a los dos. Te deseo como no he deseado jamás a ninguna otra mujer, Fay, pero no quiero que sean diez minutos en el asiento trasero de mi coche, ni una noche en un motel. Eres virgen, y mi moral me impide considerarte como una aventura.
La joven se había puesto roja como la grana.
—Pero es que, además, ahora soy pobre, Tomas... —insistió—. No, por favor, no me mires así, no lo digo en ese sentido —se apresuró a aclarar cuando vio que él fruncía el ceño—. Quiero decir que no quiero ser una carga para ti. Tengo un trabajo, pero tampoco gano gran cosa y...
—Eso no me importa, Fay —le dijo él—, no me importa en absoluto. Yo tampoco tengo una fortuna, y creo que ya deberías saber que te prefiero sin dinero que con él.
—Lo sé —murmuró ella—. No debí decir lo que te dije, pero es que estaba
convencida de que en realidad no me querías a tu lado y...
Tomas enarcó una ceja divertido.
—¿Esa sensación te da? —inquirió con picardía, empujando sus caderas contra las de ella.
La joven volvió a sonrojarse una vez más al notar su patente excitación.
Tomas se echó a reír mientras volvía a dejarla en el suelo y se apartaba de ella.
—Eres única —murmuró—. ¿Qué harás en nuestra noche de bodas?,
¿Desmayarte, o esconderte en el cuarto de baño? Me apostaría algo a que nunca has visto a un hombre desnudo, y mucho menos excitado.
—Ya me acostumbraré a ello —fue la contestación de Fay, que sonrió
tímidamente.
Tomas se rió.
—Eso espero. Entonces... ¿eso es un sí?
La joven inspiró profundamente, y decidió dar el salto de fe, desechando las
dudas que tenía por los motivos de él para casarse con ella.
—Sí.
Tomas se quedó callado tanto tiempo, que Fay temió que se estuviera arrepintiendo de la proposición que acababa de hacerle, pero de pronto tomó sus manos y se las llevó a los labios, besándolas con exquisita ternura, y sus ojos grises la miraron de un modo que se sintió estremecer por dentro.
Tomas llamó a su sobrino para comunicarle la noticia, y el chico se alegró
muchísimo por ellos.
—¿Y cuándo os casáis?
Fay se quedó dudando, pero Tomas respondió al instante:
—La semana que viene —dijo, dejando a Fay boquiabierta.
—Entonces... —intervino Jeff de nuevo inseguro, como si no se atreviera a
preguntar lo que quería preguntar—, ¿podré quedarme a la boda?
Tomas lo miró un buen rato muy serio, y poco a poco el silencio se hizo más
tenso, hasta que por fin contestó:
—Por lo que a mí respecta, puedes quedarte hasta que alcances la mayoría de
edad.
—Y yo lo secundo —dijo Fay con una amplia sonrisa.
Al igual que su tío, el rostro del muchacho no solía dejar entrever sus
sentimientos, pero el modo en que había agachado la cabeza, vergonzoso, el leve rubor en sus mejillas, y aquella repentina inquietud no dejaban lugar a dudas: se sentía feliz.
—Me gustaría mucho, tío Tom, pero... ¿no seré una molestia para vosotros?
—Por supuesto que no —respondió él al momento.
Sin embargo, el rostro del chico se ensombreció.
—A mí... me gustaría muchísimo vivir aquí —repitió—, pero mi padrastro no me dejará.
—Deja eso de mi cuenta —le dijo Tomas—. Ya he empezado los trámites para
obtener tu custodia. Después será cuestión de inscribirte en el colegio público de Jacobsville y...
—¿Quieres decir que no tendré que volver a la escuela militar? —exclamó el
chiquillo con los ojos brillantes.
—No si tú no quieres.
—Diablos, tío Tom... No sé qué decir —murmuró Jeff con la voz tornada por la
emoción.
—No tienes que decir nada —le dijo Tomas con una sonrisa—. Y ahora vuelve al salón, pillastre, te avisaremos cuando la cena esté lista.
El chico salió de la cocina, dejándolos de nuevo a solas, y Fay miró a Tomas, sintiendo como si todos sus sueños estuvieran con Tomas a su lado, era como si le hubiesen dado la luna y las estrellas, y así se lo dijo.
Sabía que esperar una declaración similar por parte de él sería pedir demasiado, pero lo que nunca hubiera imaginado era que, por un momento, la mirara como si sus palabras lo hubieran incomodado. Lo que Fay ignoraba, era que Tomas aún se sentía inseguro de los motivos que tenía para casarse con ella, y de si sentía por ella algo más que deseo.
—¿Tomas...? —lo llamó la joven, preocupada, devolviéndolo a la realidad.
Él la tomó por la cintura y la estrechó entre sus brazos.
—Perdóname, estaba pensando que te va a costar hacerte a mi estilo de vida
—mintió—. En fin, estoy acostumbrado a hacer las cosas a mi manera, y tampoco podremos permitirnos muchos gastos superfluos, sobre todo si me conceden la custodia de Jeff...
La joven puso el índice en sus labios para hacerlo callar.
— Tomas, no voy a echar de menos nada de mi vida anterior, no teniéndote junto a mí —le aseguró.
Él se sintió nuevamente culpable por la devoción que ella le mostraba, y a cambio de la cual no tenía nada que ofrecer, pero asintió con la cabeza, y la besó.
— Y ahora —murmuró Fay, esbozando una sonrisa y remangándose—, si me dices dónde guardas los cartones de huevos, puedo prepararos unas tortillas a Jeff y a ti. Siento no saber cocinar otra cosa, pero iré aprendiendo.
— No hace falta que hagas nada, ya lo hago yo — le dijo él, sonriendo también—. Aunque la gente no lo crea, muchos solteros hacemos nuestros pinitos culinarios.
La joven se rió.
—Vaya, entonces me puedes enseñar a cocinar.
—Puedo enseñarte a cocinar... —le dijo él en un tono seductor, rodeándole de
nuevo la cintura y besándola—, y muchas otras cosas.
La cena resultó muy alegre, con Jeff riendo y bromeando con Fay y su tío, como si no hubiera conocido un sólo día triste en toda su vida. Tomas observó complacido que parecía haber conectado inmediatamente con la joven. Tal fue así, que cuando empezaba a oscurecer y se ofreció a llevarla de vuelta a casa en el coche, Jeff se apuntó a ir con ellos.
Cuando llegaron frente al bloque de apartamentos, Fay se despidió del muchacho, y bajó del vehículo con Tomas, que la acompañó hasta la puerta.
—No puedo creer el cambio que se está produciendo en Jeff —le comentó
Tomas, mientras estaban despidiéndose en la penumbra del pequeño portal—. No es el mismo chico que llegó aquí, con la mirada apagada, sin sueños ni esperanzas...
—¿Es que a su padrastro no le importa en absoluto? No entiendo que alguien
pueda no querer a ese chico —dijo Fay indignada.
—Siempre se sintió celoso del fuerte vínculo emocional que había entre mi
hermana y su hijo. Por eso convirtió la vida de Jeff en un infierno cuando se casaron—le explicó Tomas—, y desde la muerte de mi hermana la situación no ha hecho sino empeorar —añadió.
—¿Crees que te pondrá difícil la cesión de la custodia?
—OH, estoy seguro de ello —murmuró él en un tono despreocupado—, pero no me importa. Lucharé lo que haga falta. No soy de los que se arredran a la primera de cambio.
—Eso he oído —dijo ella divertida.
Tomas se rió.
—Crecí aprendiendo a golpes a no dejarme avasallar por los demás. No tuve otro remedio después de lo que hizo mi padre. La gente cuchicheaba a mi paso, y en el colegio algunos chicos se metían conmigo —su mirada se había ensombrecido, y la sonrisa se había desvanecido de sus labios—. Es posible que cuando nos casemos también tengamos que soportar las habladurías y miradas de los demás, porque mucha gente no sabrá que has perdido tu herencia —le advirtió.
—No me importa —murmuró Fay, apoyando la cabeza en su pecho y
abrazándolo—. No me importa nada.
—Nada te desanima, ¿eh? —se rió Tomas suavemente.
—Antes sí me pasaba —respondió ella, jugueteando con un botón de su camisa. Alzó los ojos hacia los de él—, pero ya me siento demasiado feliz como para dejar que esas cosas lo estropeen.
Tomas frunció el entrecejo.
—Fay, yo... llevo solo mucho tiempo, y me está costando adaptarme a tener un chiquillo en casa, aun cuando quiero que viva conmigo, y hacerme cargo de él, así que tal vez al principio las cosas resulten un poco difíciles.
—Bueno, como se suele decir, un matrimonio es para lo bueno y lo malo —le
recordó ella, sin perder el buen humor.
Tomas sonrió y se inclinó para besarla.
—Buenas noches, Fay, que descanses. Mañana pasaremos Jeff y yo a recogerte para almorzar.

Capitulo 7
— Entonces... ¿no es una broma?, ¿Hablas en serio?
Fay se rió de la cara de asombro de Abby.
—Sí, voy a casarme con Tomas Kaulitz.
—Fay, estás loca —le dijo la esposa de Calhoun, tomando una silla y sentándose al lado de su escritorio—. Escucha, lo único que quiere es conseguir la custodia de su sobrino, tú misma lo dijiste, eso, y que no te amaba... ¿Es que las cosas han cambiado de repente?
Fay meneó la cabeza tristemente.
— No, eso no ha cambiado —respondió—. Pero, ¿Cómo habría podido negarme a su proposición? Estoy enamorada de él —añadió—. Tal vez algún día aprenda a quererme.
—Pero esa situación no es justa para ti —insistió Abby—. Tú te mereces algo
más.
—¿Y qué me dices de Jeff? —contestó la joven—¿no se merece ese chico una
vida mejor que la que ha llevado hasta ahora? Si vuelve con su padrastro, crecerá sin amor, se convertirá en un adolescente problemático... Se merece una oportunidad de ser feliz. Es un chico estupendo.
—Lo sé, lo conocí un día que vino aquí con Tomas —asintió Abby—. En fin —añadió, exhalando un profundo suspiro—, espero que sepas lo que estás haciendo. Lo último que podría imaginar es a ese hombre loco de amor. Calhoun me dijo que estuvo aquí ayer, y que fue muy grosero contigo.
—Lo fue... —admitió Fay agachando la cabeza—, y yo lo fui antes con él, pero ya lo hemos solucionado. Nos hemos pedido disculpas mutuamente, y hemos hecho las paces.
¿Tomas pidiendo disculpas? Abby enarcó las cejas incrédula. Después de todo
existían los milagros...
—Ya veo.
—Compréndelo, Abby, sean cuales sean sus razones para haberme propuesto
matrimonio... sencillamente no podía rechazarlo... lo amo.
Abby Ballenger no podía rebatir ese argumento. Miró a la joven, y se vio a sí
misma, años atrás, enamorada perdidamente de Calhoun, soñando con él día y noche.
Sabía que a ella le habría ocurrido exactamente igual, habría hecho cualquier cosa que Calhoun le hubiera pedido.
—Sé cómo te sientes —le dijo con una sonrisa indulgente—. Te deseo suerte,
Fay.
—Gracias.
Abby se marchó, y Fay siguió trabajando hasta la una y media de la tarde,
momento en que, con una puntualidad británica, apareció Tomas para recogerla.
—¿Y Jeff? —inquirió la joven, mirando detrás de él.
—Se ha ido al cine con los hijos de mi capataz —le explicó Tomas—, y se me
estaba ocurriendo mientras venía hacia aquí, que podríamos comprar algunas cosas para hacer un picnic. Buscaríamos un lugar apartado a la orilla del río, y allí disfrutaríamos de la comida... y de algo más —sugirió en un tono sensual.
Fay se sonrojó, pero sonrió entusiasmada.
—Me parece una idea estupenda.
Tomas se rió suavemente y la tomó de la mano, llevándola hacia la salida.
—La gente nos está mirando —murmuró irritado, al ver que una secretaria
primero y varios peones después se volvían con curiosidad a su paso—. ¿Le has contado a alguien que nos hemos comprometido?
— Sólo a Abby Ballenger —respondió Fay—, y acabo de decírselo, es imposible
que lo haya ido contando por ahí. Además, no es de esa clase de personas —dijo en defensa de la esposa de su jefe.
—No pensaba acusarla —replicó Tomas—. No, dudo que lo sepan. Como siempre estarán pensando mal de mí, creyendo que aún vas a recibir una herencia millonaria...—masculló con resentimiento.
Fay lo hizo detenerse, le tomó el rostro entre sus manos, y lo miró a los ojos muy seria.
—Tomas, acordamos que eso no nos iba a importar —le dijo.
Él suspiró y asintió con la cabeza.
—Es verdad.
Esbozó una sonrisa por ella, le rodeó los hombros con el brazo, y se encaminaron al aparcamiento de la nave, donde Tomas había dejado el coche.
Pararon en el centro comercial de Jacobsville, compraron unos sandwiches, fruta y refrescos en un pequeño supermercado, lo metieron todo en una nevera que Tomas llevaba en el maletero, y siguieron hasta la ribera del río.
Tras almorzar, se tumbaron los dos sobre la fresca hierba, el uno junto al otro, a la sombra del gran árbol bajo el que se habían sentado.
—Estás preciosa con ese vestido blanco que llevas hoy —murmuró Tomas, que
tenía la cabeza girada hacia ella, y llevaba largo rato admirando su hermoso perfil—.Pareces un ángel.
La joven volvió el rostro hacia él con un suave rubor en sus mejillas y una sonrisa tímida en los labios.
—Así es como me siento —respondió—, como si fuera un ángel y me encontrara en el Cielo.
Estiró los brazos y arqueó la espalda perezosa, dejando escapar un bostezo.
—Mmm... hay tanta paz aquí... —murmuró cerrando los ojos.
—Si eso es una queja...
Un ruido de movimiento hizo que Fay volviera a abrir los ojos, y vio que Tomas
se estaba poniendo encima de ella. Había una sonrisa en sus labios, y no era una sonrisa cualquiera, sino la clase de sonrisa que hacía que todo su ser pareciera latir.
Tomas se apoyó en los codos y las rodillas para no cargar todo su peso sobre
ella, y bajó la vista a los labios de la joven.
—Creo que sería una lástima que no aprovecháramos este momento —murmuró en un tono seductor.
Se inclinó un poco, y frotó sus caderas lentamente contra las de ella, de lado a
lado. Aquel ligero movimiento lo excitó, y se tensó al sentir que lo invadía una oleada de calor.
Fay vio que su rostro se contraía, y advirtió, conteniendo el aliento, cómo
cambiaban y se endurecían los contornos de esa parte de su anatomía.
—Cuando era más joven, apenas necesitaba de estímulos para que esto ocurriera—comenzó Tomas—. En cambio ahora... hacía años que no me excitaba tan rápido —le confesó, sin apartar la mirada de su rostro encarnado—. Me encanta el modo en que mi cuerpo reacciona ante el tuyo.
—¿Quieres decir que... no reacciona del mismo modo con otras mujeres?
—inquirió ella, azorada pero llena de curiosidad.
Tomas sacudió la cabeza.
—Parece que sólo me ocurre contigo. Debo estar haciéndome viejo —le dijo con humor—. O eso, o es que tu inocencia virginal me está rejuveneciendo.
Tomas agachó la cabeza y la besó, abriéndole los labios mientras una de sus
fuertes piernas se introducía entre los muslos de Fay, levantando la falda del vestido con la rodilla.
—No tenemos mucho tiempo antes de la boda, y quiero que te acostumbres a mí antes. Así te resultará mucho más fácil en nuestra primera noche.
Ella se sonrojó ante las implicaciones de sus palabras, y Tomas sonrió.
—Eso te excita, ¿no es verdad? —le susurró con voz ronca. Y sus ojos
descendieron a los senos femeninos, observando con deleite cómo los pezones se ponían rígidos bajo su escrutinio—. Tienes unos senos perfectos —le dijo mirándola a los ojos.
El rubor en las mejillas de Fay se intensificó, y Tomas se rió suavemente.
—Dios, sé que es muy poco caballeroso por mi parte azorarte diciendo esas
cosas, pero es algo que me resulta simplemente irresistible, igual que no puedo resistir más el hacer esto...
Y se inclinó sobre ella, tomando un erecto pezón dentro de su boca.
Fay pensó que iba a desmayarse de placer. La sensación de la cálida boca de
Tomas sobre su cuerpo, aun a través de la ropa, era algo increíble.
Se arqueó hacia él, y de su garganta salió un sonido gutural, mientras le clavaba las uñas en los anchos hombros. Los dientes de él mordisquearon suavemente la aureola, antes de que su lengua comenzara a dar pasadas circulares en torno al pezón, sensibilizándolo aún más.
—Tomas... por favor... —gimió ella, sin saber qué le estaba pidiendo
exactamente—, por favor...
Él apenas podía escucharla, embriagado como estaba por el deseo. Sus dedos
comenzaron a desabrochar con ansia los botones del corpiño del vestido, y pasaron varios segundos angustiosos para ambos hasta que él pudo abrirlo al fin y apartar la odiosa tela para imprimir ardientes besos por cada centímetro de piel que había quedado al descubierto.
Fay lo tomó por la nuca, queriendo atraerlo más hacia sí, y él alzó la cabeza para volver a besarla mientras seguía estimulando sus senos con las manos.
— To... mas... —jadeó la joven entre beso y beso, perdida en un remolino de
deliciosas sensaciones.
Él volvió a levantar la cabeza, despegando sus labios de los de ella, y admiró sus senos.
—Dios mío, eres preciosa, Fay... —le susurró—. Eres la criatura más hermosa que he visto jamás...
—Te deseo muchísimo, Tomas... Sigue... no pares... hazme el amor...
Pero él sacudió la cabeza, tratando de controlarse. De hecho, tuvo que
obligarse a apartar los ojos de su pecho desnudo para mirarla a los ojos.
—No, no debemos continuar... Yo creí que podría controlarme, pero ahora ya no estoy tan seguro... No estamos casados, pequeña...
—Pero eso no importa —protestó ella quejumbrosa—, hazme el amor, Tomas...
hazme el amor...
—Claro que importa —replicó él, tomando sus manos suavemente para
desengancharlas de su cuello.
Con increíble delicadeza, volvió a abrocharle el vestido, rodó hacia el lado para
quitarse de encima de ella, y la abrazó susurrándole tiernas palabras mientras
esperaba a que el deseo de ambos remitiese.
Cuando notó que la tensión se había disipado del cuerpo de la joven, tomó su
rostro entre sus manos y lo alzó para que lo mirara a los ojos.
—Como tú me dijiste, el paso que vamos a dar es un paso muy importante —le
dijo poniéndose muy solemne—, por eso debemos hacer las cosas bien. Sólo espero que la decisión que hemos tomado sea la correcta.
—Lo es —dijo ella obstinadamente.
Quería creer que lo era. De algún modo, su corazón le decía que tenía que serlo. Sin embargo, no le pasó desapercibido el hecho de que él no parecía convencido.
A Fay la semana siguiente se le pasó volando. Pasaba cada rato libre que tenía
con Tomas y Jeff, y fue con Abby a comprar el vestido que llevaría en la boda. Tras mucho buscar, no queriendo lucir nada pomposo, escogió finalmente un elegante traje de falda y chaqueta blanco nácar, que podría ponerse en otras ocasiones, y añadió también un sombrero a juego con velo y unos zapatos. Como no estaba acostumbrada a mirar el precio de las cosas que quería comprar, ahora que estaba empezando a tener que hacerlo, se espantó de lo cara que eran las prendas que había comprado. Cuando se lo mencionó a Tomas, este se rió y la tranquilizó diciéndole que la ocasión bien
merecía despilfarrar un poco.
La ceremonia se celebró en una iglesia de Jacobsville de cuya comunidad era
miembro Tomas, y a juzgar por el número de personas que asistieron, además de los invitados, Fay se dijo que la mitad de la pequeña ciudad debía estar allí.
Casi todo el mundo sabía ya que la joven había perdido su herencia, e incluso el primo de Tomas, Bart Markham, estaba en buenos términos con él.
Tras la ceremonia hubo un pequeño convite para los más allegados, y después,
dejando a Jeff al cuidado del tío de Fay, Tomas y Fay partieron hacia San Antonio, donde iban a pasar un par de días de luna de miel.
Al llegar, tras dejar las maletas en la habitación, cenaron en un restaurante
cercano al hotel, con una banda de mariachis interpretando suaves baladas.
Mientras terminaba su postre, Fay suspiró de felicidad y miró soñadora a su
marido.
—¿No estás decepcionada? —le preguntó él de repente—, ¿no preferirías que
hubiéramos podido ir una semana a Niza, o a Saint Tropez?
La joven sonrió y sacudió la cabeza.
—Me encanta este lugar. Es colorido, y cálido... y me siento muy feliz. Sólo deseo hacerte igual de feliz a ti.
Tomas esbozó una sonrisa lobuna.
—Pues entonces acábate eso cuanto antes y volvamos al hotel. Tengo curiosidad por ver cuántas veces te sonrojarás antes de que pueda enseñarte lo que es la pasión.
El corazón de Fay empezó a latir desenfrenadamente.
—De acuerdo —murmuró.
Pidieron la cuenta, pagaron, y salieron del cargado ambiente del restaurante al
fresco aire nocturno. Tomas advirtió que Fay estaba rehuyendo su mirada.
—¿Asustada? —le preguntó con suavidad cuando estuvieron a solas en el
ascensor del hotel.
—Un poco —admitió ella con una risilla nerviosa. Finalmente se atrevió a alzar la vista hacia él—. Es que no quiero decepcionarte, porque tú debes tener mucha experiencia.
Tomas esbozó una sonrisa amable.
—Puede, pero nunca he estado casado —le recordó recordó— tampoco he tenido que iniciar a una virgen — se puso serio—. Pero no tienes que preocuparte, Fay, te prometo que tendré mucho cuidado de no hacerte daño.
—OH, no me preocupa eso —balbució ella.
—¿Seguro? —inquirió él, enarcando una ceja.
El ascensor se detuvo. Salieron, y Tomas abrió la puerta de la habitación,
dejando pasar a Fay primero, para entrar él a continuación, y cerrar la puerta con el pestillo tras de sí.
La habitación estaba en penumbra, y Fay extendió la mano para accionar el
interruptor de la luz, pero Tomas la detuvo tomándola por el brazo.
—Te resultará más sencillo en la oscuridad —le susurró mientras le rodeaba la
cintura con ambas manos y la atraía hacia sí—. Además, no quiero que me veas desnudo todavía.
—¿Tienes verrugas o algo así? —respondió ella entre risas, tratando de hacer
una broma para relajarse a sí misma.
—Por la mañana lo entenderás —fue la respuesta de él — .Y ahora... —le dijo
alzándola en sus brazos y dirigiéndose a la cama—, vamos a disfrutar el uno del otro.
Fay nunca hubiera imaginado que llegaría el día en que yacería con un hombre y le dejaría desvestirla, pero allí estaba, y estaba sucediendo. Esos minutos de preludio, que podrían haber sido un auténtico suplicio, contribuyendo a su nerviosismo, Tomas supo convertirlos en ansiosa expectación, besándola mientras desabrochaba botones y soltaba enganches, y acariciándola suavemente para que se relajara. Cuando la hubo desnudado por completo, la atrajo hacia su cuerpo, y Fay sintió una leve abrasión al contacto con la tela del traje de él.
—To... mas... tú aún estás vestido... —murmuró.
Él siguió besándola con languidez.
—Lo sé.
Su mano descendió hasta uno de los senos de la joven, prodigándole sensuales
caricias y haciéndola gemir, para seguir bajando hasta su vientre, e introducirse por entre sus muslos aterciopelados. Y entonces, por primera vez la tocó del modo más íntimo que un hombre puede tocar a una mujer. Fay se puso tensa.
—Relájate, cariño —susurró contra sus labios, mientras sus dedos se adentraban más allá, pero de pronto...
Un grito ahogado escapó de la garganta de la joven, y Tomas detuvo su mano.
—Dios, me temo que no podremos llegar al final esta noche —le dijo—. Escucha, cariño, creo que será mejor que esperemos a que te vea un doctor —le dijo levantando la cabeza para mirarla a los ojos—. No quiero asustarte, pero esta barrera será difícil de romper.
Fay tragó saliva.
—Yo... nunca pensé... —balbució—, nunca se me ocurrió que... La verdad es que no he ido nunca a un ginecólogo porque hasta ahora no he tenido ninguna clase de problemas femeninos, y jamás pensé que necesitara hacerme un chequeo prenupcial...
Tomas le acarició el cabello con la otra mano y se apartó de ella, tumbándose a su lado. Todo el cuerpo le latía por la necesidad de poseerla, pero no quería hacerle daño, no quería que el sexo se convirtiese para ella en una experiencia desagradable.
—Bueno, esto son cosas que pasan —le dijo.
Pero ella sacudió la cabeza, y Tomas advirtió que sus ojos se estaban llenando
de lágrimas.
— Lo he estropeado todo... —sollozó la joven amargamente—, he estropeado
nuestra noche de bodas... Debí haber ido al ginecólogo antes de la boda...
—Shhh... Vamos, no seas tonta —le dijo él, rodeándola con sus fuertes brazos y estrechándola contra sí—. No has estropeado nada.
Mientras volvía a besarla con ternura, su mano fue descendiendo otra vez hasta alcanzar el vértice entre sus piernas, sólo que esa vez, en lugar de introducirla dentro de ella, la acarició de un modo superficial, pero muy erótico. La joven contuvo el aliento extasiada, y pronto el placer la tuvo atrapada de tal manera, que sus sentidos se cerraron al resto del mundo.
Largo rato después, Tomas se levantó de la cama, dejándola con los ojos muy
abiertos, y temblando ligeramente sobre el colchón. Encendió la luz, y admiró el resultado de sus atenciones: los ojos verdes de Fay lo miraban soñolientos y saciados, sus labios estaban algo hinchados, y todo su cuerpo había adquirido una tonalidad sonrosada.
Había quedado tan satisfecha que ni siquiera protestó ante su escrutinio. Por la
expresión en el rostro de Tomas, parecía que acabaran de imponerle una medalla.
—Creo que no necesito preguntar si te ha gustado... —murmuró. Se dio la vuelta y empezó a quitarse la ropa.
Fay lo observó con visible placer. Tenía un cuerpo de impresión: musculoso,
bronceado, y perfectamente proporcionado. Cuando finalmente se giró, Fay aspiró hacia dentro asombrada, pero no fue capaz de despegar sus ojos de él.
Tomas se acercó a la cama, y se tumbó a su lado con los ojos grises brillándole
por el deseo insatisfecho.
—Ahora es mi turno —le susurró, inclinándose hacia ella—. Quiero que me hagas sentir lo mismo que yo te he hecho sentir a ti.
—Lo que quieras, Tomas —se apresuró a contestar ella, sintiendo que era más
que justo que lo correspondiera—. Dime qué tengo que hacer...
El tomó sus labios, y le dio a continuación unas cuantas lecciones que fueron
disipando la timidez, miedos e inhibiciones de la joven.
Cuando Tomas gritó extasiado por segunda vez y se derrumbó sobre el colchón, Fay se arrebujó contra su cuerpo y cerró los ojos, cansada pero feliz, y pronto ambos se quedaron plácidamente dormidos.
A la mañana siguiente regresaron a Jacobsville para que Fay pudiera ir a un
ginecólogo, y en cuanto hubieron deshecho las maletas, la joven llamó para pedir cita.
Y así, el lunes por la mañana, el doctor le hizo una pequeña operación que le dijo solucionaría el problema, mostrándose agradado ante la preocupación de su marido por ella. Habría podido ser una experiencia bastante desagradable para los dos si él no se hubiera detenido, añadió.
Fay regresó a casa, y esperó ansiosa a que pasaran los tres días que el ginecólogo le había dicho que le durarían las molestias. Se prometió convertir esa noche en la más excitante de la vida de Tomas, y le pidió a su tío que permitiera a Jeff quedarse con él ese día. Nadie sabía que su matrimonio aún no había sido consumado, pero aquella noche lo sería.
Puso una botella de champán a enfriar, preparó una cena especial con recetas que Abby le había dado, y se puso lo más sexy que tenía, un vestido negro corto de satén, con tirantes y pronunciado escote. Se había dejado el cabello suelto, tal y como le gustaba a Tomas, y se había aplicado unas gotas de perfume en las muñecas y detrás de las orejas.
Donavan había sido tan paciente y tierno con ella, contentándose con algunos
besos y caricias, que quería compensarlo. Aquella noche le demostraría que la espera había merecido la pena.
Oyó el coche aproximarse a la casa, un frenazo, y cómo Tomas salía del
vehículo y cerraba de un portazo. Algo relacionado con el trabajo debía haberlo
enfadado, pensó Fay mientras encendía las velas de la mesa. Bueno, ella tenía la cura para eso, se dijo esbozando una sonrisa seductora.
Al poco rato se abrió la puerta principal, y Fay se volvió, observando extrañada
que estaba mirándola furibundo, como si estuviera acusándola de algo.
—No me dijiste que tenías una tía abuela en Miami con dinero como para comprar la mitad del Estado.
Fay parpadeó confundida y frunció el entrecejo.
—Bueno, sí, mi tía abuela Bessie... —balbució—, pero, ¿qué...?
Las facciones del rostro de Tomas se pusieron rígidas, estrujó con la mano el
sombrero que acababa de quitarse de la cabeza.
—Tu tío Henry me ha llamado hace unos minutos. Quería que fuera yo quien te
diera la noticia: tu tía abuela ha muerto y vas a heredar todo lo que poseía, lo cual incluye una suma de varios millones de dólares.
Fay se dejó caer temblorosa sobre la silla que tenía más cerca.
—Tía Tessie... ¿muerta? —repitió en un hilo de voz—. Oh, Dios mío... no puede
ser... recibí carta de ella la semana pasada... y estaba bien... estaba bien...
—No me lo dijiste —repitió Tomas en el mismo tono abrupto—. ¿Por qué?
La joven alzó los ojos hacia él. Se sentía desorientada, como si aquello que
estaba ocurriendo no fuera real.
—Yo... nunca surgió el hablarte de ella —murmuró con voz apagada, encogiéndose de hombros. Las lágrimas empezaron a acudir a sus ojos verdes. Toda su vida había sentido un profundo cariño por la anciana—. La quería muchísimo, su dinero nunca me interesó. Además, siempre pensé que lo donaría a alguna asociación benéfica. Ella sabía que yo no lo necesitaba —murmuró meneando la cabeza sin comprender por qué su tía habría decidido dejarle sus bienes y su fortuna.
—Tú lo has dicho, sabía que no lo «necesitabas», en pasado —le dijo él con
aspereza—. Pero ahora que ya no eres rica...
—Pero puedo rechazar la herencia —repuso Fay.
—No tienes que hacer eso por mí —le respondió Tomas secamente, sin darle
oportunidad a contradecirlo—. Supongo que querrás tomar un vuelo cuanto antes, para poder asistir al funeral y a la lectura del testamento. Tu tío irá contigo. Me ha dicho que ya ha comprado los billetes y que te llamará más tarde — concluyó quitándose la corbata, y mirándola de nuevo con furia.
—Tomas... esto no es culpa mía —le dijo ella con la voz quebrada, mientras las
lágrimas le rodaban por las mejillas.
—¿Crees que no lo sé? —le espetó él—. Pero esto lo cambia todo. No puedo
seguir casado contigo, no cuando vas a recibir una herencia millonaria.
—Pero, ¿qué pasará con Jeff, con la custodia? — dijo ella, aferrándose a su
última esperanza de hacerlo cambiar de opinión.
Él no contestó, y Fay aprovechó ese momento de indecisión para intentar
convencerlo.
—Nadie tiene por qué enterarse de esto, Tomas. Haré que mi tío me juré que
guardará el secreto. Al menos podríamos seguir casados hasta que consigas la custodia de Jeff. Después, si quieres —añadió con tristeza—, podemos... divorciarnos —musitó.
—¿Divorciarnos? —repitió él con una risotada áspera—. No hará falta que nos
divorciemos. Conseguiremos una anulación del matrimonio. ¿O es que lo has olvidado, cariño? —se burló—. Hemos estado jugando nada más, nunca hemos llegado hasta el final. De hecho, me alegro de que haya sido así, porque al menos nadie podrá decir que traté de forzarte para quedarme con tu dinero. Además, eres joven, encontrarás a un chico de tu clase y volverás a casarte.
Ella lo miró desolada.
—Pero... ¿y tú?
Tomas se encogió de hombros con indiferencia, y se giró para que ella no
pudiera verle el rostro.
—Yo tengo a Jeff.
—Pero, Tomas, tú también querías este matrimonio... —le suplicó Fay—, lo
dijiste...
—Lo que quisiera o dejara de querer ya no importa en absoluto —le espetó él con frialdad—. No voy a permitir que la gente vuelva a murmurar, diciendo que soy otro Kaulitz ávido de dinero, sobre todo teniendo que pensar en el futuro de Jeff.
—Ya veo — murmuró Fay derrotada.
Había tratado de mantener viva la esperanza, creyendo que las cosas entre ellos podrían llegar a ir bien, pero Tomas era un hombre orgulloso, demasiado orgulloso como para ignorar las habladurías de la gente aun cuando no hubiera ni un ápice de verdad en ellas.
—En ese caso... llamaré a mi tío —murmuró.
Tomas no contestó, sino que salió, y cerró la puerta tras de sí.


HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO EL LUNES ... HASTA LUEGO :))

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