Capitulo
2
Tal y
como esperaba, cuando llegó a casa, su tío Henry le echó una buena
regañiza,
pero Fay no se dejó amilanar. A la mañana siguiente, a primera hora, fue al bufete
de Barry Holman, el abogado que se encargaba de los trámites relativos a su herencia,
para preguntarle si no sería posible que le adelantara una pequeña asignación mensual
hasta que pudiera disponer del dinero que le habían dejado sus padres, y no tener
que seguir dependiendo de su tío.
—Lo
siento mucho —le dijo Holman—, pero en el testamento no hay ninguna
cláusula
que prevea algo así. Según las condiciones establecidas para la herencia, no podrás
hacer uso ni de parte ni de la totalidad del dinero hasta que no cumplas los veintiún
años. Hasta ese momento el albacea, tu tío Henry, tiene control absoluto sobre
el fideicomiso.
Fay
aspiró, indignada.
—¿Quiere
decir que hasta entonces no veré un centavo a menos que mi tío lo
permita?
—Me temo
que así es —murmuró el abogado, frotándose la nuca—. Lo siento, Fay, sé que es
injusto, pero tus padres debieron pensar que hacían lo correcto.
— Dios,
no puedo creerlo —masculló ella, mordiéndose el labio inferior, y
rodeándose
la cintura con los brazos. Apenas había empezado a intentar cambiar su situación,
y ya se sentía atada de pies y manos—. ¿Qué voy a hacer?
—Lo que
me estabas diciendo hace un momento que querías hacer —le respondió el joven
abogado— buscar un empleo. Sólo lo necesitarás un par de meses, hasta que llegue
tu cumpleaños y tengas acceso a herencia.
Tenía
razón, no era momento de desmoronarse. Alzó la vista y dirigió una sonrisa agradecida
al abogado. Tendría unos treinta años, era bastante bien parecido, y debía estar
casado, porque sobre la mesa había una fotografía de una mujer, de cabello largo
y oscuro, con un bebé en los brazos.
—Gracias
—le dijo—. Supongo que estoy un poco asustada ante la idea de tener que valerme
por mí misma, pero me las arreglaré. Si tan sólo supiera por dónde podría
empezar a buscar trabajo...
De
pronto, el señor Holman la miró como si se le hubiera ocurrido algo.
—Ahora
que me acuerdo... Tal vez pueda ayudar.
—¿De
veras? —exclamó ella emocionada, inclinándose hacia el escritorio del
letrado.
—¿Entiendes
algo de ganado?
Ella se
quedó dudando.
—Me temo
que no —murmuró.
—Pero,
¿te importaría trabajar en un lugar donde haya ganado?
—Bueno,
siempre y cuando no tenga que ordeñar o algo así... —contestó la joven confundida.
¿Qué clase de empleo le estaba sugiriendo?
Barry
Holman se rió.
—No, no
tendrías que ordeñar. Verás, los hermanos Ballenger tienen una nave de engorde
de ganado, y estaban buscando una secretaria temporal para sus oficinas. La que
tienen está de baja por maternidad, y ha tenido un parto complicado, así que tardará
unos meses en reincorporarse. La esposa de Calhoun Ballenger es quien está ocupándose
del trabajo de la secretaria hasta que encuentren a alguien, pero si ese alguien
apareciera, les vendría que ni caído del cielo. ¿Sabes escribir a máquina?
—OH, sí
—se apresuró a contestar ella—, y también sé manejar un ordenador.
—Estupendo.
—Pero
seguro que se presentarán para la vacante personas mucho mejor
preparadas
que yo —murmuró ella, pesimista.
— No lo
creas —la animó Holman—. Además, por ser algo temporal y de media
jornada,
dudo que haya mucha gente interesada en el puesto. Los únicos a los que puede
venirles bien son a los estudiantes, y ya se sabe, a los adolescentes de hoy no
les gusta demasiado lo rural.
Fay
sonrió.
—¿Dónde
tengo que ir?
—Espera,
te anotaré la dirección —le dijo Barry Holman, arrancando una hoja de su
libreta—. Cuando vayas pregunta por Justin o Calhoun, y diles que te envío yo. Confía
en mí, les gustarás, seguro —añadió tendiéndole la nota y estrechándole la mano—.
Mucha suerte, Fay.
—Gracias
—respondió ella guardando el papel en el bolso—. Necesito de verdad ese
trabajo. No estoy segura de poder seguir aguantando mucho tiempo con mi tío.
Él
asintió con la cabeza.
—Lo
comprendo —dijo—. Henry no es un mal tipo, pero... bueno, me preocupa su actitud
en este asunto —añadió, como si se arrepintiera de haberlo mencionado.
A Fay se
le pusieron las orejas tiesas.
—¿Qué
quiere decir? ¿Acaso sabe algo de cómo ha estado manejando mi
herencia?
—Todavía
no, y eso es lo que me temo — respondió el señor Holman—. Le he
pedido
un par de veces un informe del estado del fideicomiso, pero se ha negado a facilitármelo.
Se escuda en que no tiene obligación de hacerlo hasta el día que cumplas los
veintiuno.
—Eso no
suena demasiado bien —murmuró ella nerviosa—. Pero según creo, mi padre tenía
al menos millones de dólares en el fideicomiso, y no creo mi tío haya podido
lapidar tanto dinero en este tiempo, ¿verdad?
—Yo
tampoco lo creo —trató de tranquilizarla —No te preocupes, seguro que todo estará
bien.
Fue
Justin Ballenger quien la entrevistó unos días después, un hombre alto y
delgado,
nada guapo, pero amable y cortés.
— Barry
te ha dicho que esto sería sólo algo temporal ¿Verdad? —subrayó
inclinándose
hacia ella, con las manos entrelazadas sobre el escritorio de su
despacho—.
Nuestra secretaria, Nita, únicamente está de baja hasta que se haya recuperado
del post-parto y pase unas semanas con el bebé.
—Sí,
señor. No me importa. De hecho, lo que necesito precisamente es algo
temporal,
hasta que pueda independizarme. Hasta ahora he estado viviendo con mi tío, pero
la situación se ha vuelto bastante incómoda.
Sin
pretenderlo, acabó contándole a Justin lo ocurrido, y descubrió que el mayor de
los hermanos Ballenger sabía escuchar, y que era un hombre comprensivo.
— Sólo
conozco a Henry Rollins de vista, pero por lo que me cuentas,
verdaderamente
parece un auténtico mercenario. Creo que haces lo correcto buscando un trabajo
para no depender de él. Asegúrate de que Barry vigile bien tu fideicomiso.
—Es lo
que está tratando de hacer, pero mi tío no se muestra demasiado
colaborador
—musitó ella, mordiéndose el labio inferior—. No le mencionará todo esto a
nadie, ¿verdad?
—Por lo
que a mí respecta —le dijo Justin con una sonrisa—, eres simplemente
una
joven que quiere abrirse camino.
—Gracias,
señor Ballenger —respondió ella—. En el fondo es así, ya que esa
herencia
no me pertenecerá de verdad hasta dentro de dos meses —añadió—. Aunque, si
quiere saber la verdad, el dinero nunca me ha importado demasiado. Preferiría casarme
con alguien que me amara, que con alguien que sólo buscara vivir de mis rentas.
—Mi
esposa y yo también pensamos de esa manera —le contestó él
quedamente—.
No somos pobres desde luego, pero tampoco nos importaría si lo fuéramos. Nos
tenemos el uno al otro, y a nuestros hijos. Nos consideramos muy afortunados.
Fay
sonrió. Había oído hablar a la asistenta de su tío de Shelby Ballenger y de
las
circunstancias que finalmente la habían llevado a casarse con Justin. Era una historia
de amor verdadero.
— Bueno
—dijo Justin volviendo al tema por el que ella había ido allí—, pues si
quieres
el puesto, es tuyo.
La joven
sonrió emocionada, y casi sintió deseos de echársele al cuello.
—
Bienvenida a bordo —le dijo su nuevo patrón, estrechándole la mano—. Vamos te
presentaré a mi hermano y te enseñaré esto.
Fay lo
siguió por el pasillo, hasta llegar a otro despacho, donde Calhoun Ballenger estaba
revisando cifras con una calculadora en medio de un mar de papeles que inundaban
su mesa.
—Te
presento a Fay York, va a sustituir a Nita mientras esté de baja —le dijo
Justin
—. Fay, mi hermano Calhoun.
—Encantada
de conocerlo —le saludó ella estrechando la mano que le tendía—.
Espero
poder ser de ayuda.
—Cuando
mi esposa Abby te vea, se pondrá de rodillas y te besará los pies —le
aseguró
Calhoun—. La pobre lleva toda la semana de cabeza, entre los niños, la casa, y
haciéndose cargo del puesto de Nita. Esta misma mañana me amenazó con abrir los
rediles y dejar escapar al ganado si no contratábamos ya a alguien.
Fay se
rió de buena gana.
—Bueno,
entonces me alegro de haber llegado en buen momento.
Justo en
ese instante apareció Abby, cargada con un montón de carpetas, y el
cabello
negro tapándole medio rostro. Al ver a Fay se detuvo, y la observó
esperanzada
con sus grandes ojos grises.
— Por
favor, dime que vienes a sustituir a Nita —dijo en un tono tan cómico que Fay
no pudo evitar echarse a reír de nuevo—. ¿Aceptas sobornos? Puedo conseguirte todas
las trufas y helado de nueces que quieras.
—No será
necesario —respondió la joven con una sonrisa—, ya he aceptado el
empleo.
Soy Fay.
— ¡OH,
gracias a Dios! —suspiró Abby, soltando las carpetas sobre la mesa de su marido—.
Y gracias a ti también, cariño —dijo besándolo—. Esta noche te haré estofado, y
panecillos caseros.
—Pues no
te quedes ahí, ¡vete corriendo a casa!—exclamó Calhoun, haciendo reír a los
demás—. Hace el mejor estofado que hayas probado en tu vida —le explicó a Fay—,
y yo llevo días alimentándome a base de hamburguesas y congelados. Mi estómago
ya empezaba a quejarse.
—Si
aprendieras a cocinar... —lo picó su esposa, sacándole la lengua—. Pero es verdad
que llevamos una semana de chucheria, y yo también estaba empezando a acusarlo.
Además, los niños me han estado echando de menos. Bueno, si te parece te
explicaré lo que tienes que hacer antes de irme, Fay.
La joven
la siguió y fue tomando notas mentales mientras Abby le explicaba.
—Tal y
como me lo estás explicando parece todo muy sencillo —le dijo al cabo de un
rato—, pero me temo que no lo es, ¿verdad?
—No, no
lo es —asintió Abby con una sonrisa—, sobre todo cuando tengas que
tratar
con algunos de nuestros clientes. Uno de ellos, T.Kaulitz, sería capaz de
hacer
perder la paciencia al santo Job.
—¿Es un
ranchero?
—Bueno,
la verdad es que es... —comenzó Abby contrayendo el rostro—. Sí,
bueno,
podría decirse que es un ranchero, pero la mayor parte del ganado que nos trae no
es suyo, sino de otras personas. Es gerente de la agrupación de rancheros de
Mesa Blanco —le explicó—. No me malinterpretes, no es que no sea bueno en su
trabajo, pero es un maniático en lo que se refiere a la alimentación de las
reses y cómo las tratamos. El otro día vio a uno de nuestros peones usando una
vara eléctrica con sus animales, y se puso a gritarle furioso. Es un cliente
importante, así que no podemos llevarle demasiado la contraria, pero le gusta
ponernos las cosas difíciles. Nadie en
Jacobsville
se atreve con T.Kaulitz
—¿Es
rico?
—No,
pero tiene muchas influencias por su puesto en Mesa Blanco. Aunque es su temperamento
lo que hace que la gente se aparte cuando lo ven pasar. Es la clase de hombre
que resultaría arrogante aunque fuera vestido con harapos.
La
descripción de Abby hizo que la mente de Fay conjurara la imagen de otro
hombre,
un vaquero alto y esbelto con el que había pasado la noche más mágica su vida.
Sonrió
para sí con tristeza, pensando que probablemente no volvería a verlo. Había vuelto
a pasar un par de veces por delante de aquel bar, con la esperanza de verlo
para agradecerle el consejo que le había dado, pero no se había atrevido a
entrar. Tampoco quería que pensase que lo estaba persiguiendo...
—¿Está
casado ese señor Kaulitz? —le preguntó Fay.
—Ninguna
mujer de por aquí ha tenido el valor suficiente como para intentar
echarle
el lazo —se rió la esposa de Calhoun Ballenger—. Hasta hace unos años fue un verdadero
playboy, pero parece que ha sentado un poco la cabeza desde que le ofrecieron
la gerencia de Mesa Blanco. Ahora hay un nuevo presidente en la que es conservador
hasta la médula, así que T. ha suavizado en lo posible su imagen de donjuán.
Calhoun me contó que el nuevo presidente comentó no hace mucho que su sucesor
tendría que ser un hombre de valores tradicionales, casado y con hijos. En eso
sí que lo tendrá difícil T. El único chiquillo en su vida es un sobrino que
tiene en Houston, hijo de su hermana, que falleció hará un par de años —añadió
meneando la cabeza—, y la verdad me resulta imposible imaginarlo casado y con
críos. No tiene
precisamente
madera de padre, me temo.
—¿Tan
terrible es?
Abby
asintió con la cabeza.
—Nunca
sabes por dónde va a salir, y ni siquiera los hombres saben manejarlo. Mi marido
siempre se escabulle los días que viene a comprobar el estado del ganado a su cargo.
Justin no se lleva mal del todo con T., pero Calhoun casi acabó pegándose un día
con él.
—Cielos
—murmuró Fay—. ¿Y viene con mucha frecuencia? —inquirió contrayendo el rostro.
—Cada
semana, como un reloj —respondió Abby, con una media sonrisa—, pero no te
preocupes, son Calhoun y Justin quienes se ocupan de lidiar con él, y es a
ellos a quienes grita.
—Menos
mal —dijo Fay riéndose—, ya me siento mucho mejor.
A medida
que pasaban los días, Fay comenzó a hacerse a la rutina en las oficinas de la
nave, y de vez en cuando se acordaba de Tomas, preguntándose si tal vez no lo vería
algún día por allí. Al fin y al cabo, él le había dicho que era capataz en un
rancho, y era posible que alguna vez llevasen su ganado a la nave de los
Ballenger. Sin embargo, por lo que estaba viendo, parecía que eran los subordinados
quienes se encargaban del transporte del ganado, no los jefes. Se moría por
volver a verlo, por decirle hasta qué punto sus palabras la habían animado a
cambiar su vida, hasta qué punto había expandido sus horizontes. En muy poco
tiempo había pasado de ser una joven asustada a una mujer segura de sí misma.
Una
docena de veces estuvo a punto de preguntarle a Abby si no conocería a nadie
llamado Tomas, pero nunca llegó hacerlo, diciéndose que era improbable que el vaquero
se moviera en su círculo. Los Ballenger, si bien no eran la clase de gente a
los que le gustaban las fiestas y los acontecimientos sociales, eran personas
importantes, y no parecía lógico que tuvieran relación alguna con tipos que
iban a bares de mala muerte y participaban en peleas.
Tras
conseguir el empleo había alquilado un pequeño apartamento, abandonando la casa
de su tío a pesar de que este le había insistido una y otra vez en no se fuera,
diciéndole que no comprendía aquel absurdo deseo de emancipación. Sin embargo,
ella se había mantenido firme en su decisión. No, le había respondido, no iba a
seguir dependiendo de él hasta que heredase. Además, había añadido, el señor
Holman estaba esperando ese informe del estado del fidecomiso. Ante la mención
de aquello, su tío pareció sentirse incómodo, y Fay volvió a preocuparse de
nuevo Dios sabía qué tejemaneje se traía a sus espaldas. Por suerte, el trabajo
la mantenía ocupada, y la ayudaba no pensar demasiado en ello.
Una
tarde, al regresar de almorzar, escuchó sin querer, a través de la puerta
entreabierta
del despacho Calhoun, una acalorada discusión.
— ¡Estas
siendo irrazonable, T., y lo sabes! —estaba gritando su jefe.
— ¡Y un
cuerno irrazonable! —le espetó una voz profunda—. Puede que tengamos ideas
distintas respecto a los métodos de producción, pero mientras tengas el ganado a
mi cargo en tu nave, haréis las cosas a mi manera.
Fay
había dejado el bolso sobre su mesa, se había sentado, y había encendido el ordenador
para empezar a trabajar de nuevo. No quería escuchar, pero aquella voz le resultaba
tan familiar...
— ¡Por
amor de Dios!, ¡Si por ti fuera estaría ahí fuera dándole de comer a esos condenados
cuadrúpedos con un tenedor!
—No me
digas que soy un histérico. Lo único que quiero es que los trates bien.
—¡Los
tratamos bien!
—¿«Bien»
le llamas tú a azuzarlos con una vara eléctrica? Un animal estresado no es un
animal sano.
—¡Por
favor! ¿Has pensado en unirte a una de esas condenadas asociaciones a
favor de
los derechos de los animales? —le soltó Calhoun exasperado.
—Ya
pertenezco a dos, gracias.
La
puerta se abrió de golpe, y la joven no pudo apartar la vista del hombre que
salió del
despacho de Calhoun. ¡Tomas! El rostro de Fay se iluminó, pero cuando él la vio,
se paró en seco, mirándola con el ceño fruncido.
—¿Qué
estás haciendo aquí? —le espetó con aspereza.
—Estoy
haciendo una suplencia temporal —comenzó Fay, extrañada por su tono.
—¿No me
digas que ahora tienes que trabajar para ganarte la vida, chica rica?
—farfulló
él con sorna.
Fay se
quedó callada. Parecía que le molestara haberla encontrado allí.
—Bueno,
sí —balbució—, la verdad es que sí.
—Diablos,
menuda humillación... —murmuró él en el mismo tono insolente.
—¿Os
conocéis? —le preguntó Calhoun a Tomas, patidifuso.
—Más o
menos.
Calhoun
se quedó expectante, pensando que iba a continuar hablando, pero
Tomas lo
estaba mirando con altiveza, como dándole a entender que no era asunto suyo,
así que resopló, lanzó los brazos al aire, volvió a su despacho, farfullando
entre dientes algo que sonó como «ahora se cree el dueño de esto», y cerró la
puerta tras de sí.
Fay se
removió incómoda en su asiento, y en cuando Calhoun hubo desaparecido, Tomas se
volvió hacia ella.
—Has
pasado unas cuantas veces por delante del bar— le dijo con sequedad.
Fay se
sonrojó. No podía negarlo, era cierto, pero lo había hecho sólo con la
esperanza
de verlo y agradecerle su ayuda. Sin embargo, daba la impresión de que él había
tintado sus acciones con unas connotaciones muy distintas.
—¿Fue
allí donde averiguaste que hago negocios con los Ballenger? —le
preguntó
Tomas. Ni siquiera le dio tiempo a responder—. Pues lo siento por ti, cariño. Cómo
te dije esa noche, no voy a permitir que una niña rica aburrida trate de usarme
para entretenerse. Así que si estabas esperando otra oportunidad conmigo,
olvídalo y vuelve a casa, con el champán y el caviar. No es nada personal, es
sólo que no estoy interesado ¿entiendes?
La pobre
Fay se había quedado mirándolo en silencio, sin comprender.
—Fue el
señor Holman, mi abogado, quien me habló de esta vacante —comenzó a explicarle,
con la poca dignidad que le quedaba después de la imagen que había dibujado de
ella—. No dispondré de un solo centavo hasta que no cumpla los veintiuno, me he
independizado, así que estoy viviendo de alquiler, con lo que gano con este empleo
—le dijo bajando la vista al teclado del ordenador—. Y sí, he pasado un par de veces
por delante de aquel bar con el coche, pero sólo porque quería decirte que me habías
abierto los ojos, que estoy aprendiendo a valerme por mí misma. Quería darte las
gracias.
La
mandíbula de Tomas se puso tensa, y por un momento casi pareció
amenazador.
—No
quiero agradecimientos, ni adulaciones de adolescentes, ni que me adoren como a
un héroe, pero, en todo caso, de nada.
Su voz
estaba cargada de cinismo, y para Fay fue como si le hubiera tirado a la
cara un
regalo. Ella solo había pretendido expresarle su gratitud, y él la había hecho sentirse
estúpida. Tal vez lo fuera, se dijo con amargura. Después de todo, se había pasado
varios días soñando despierta con volver a verlo. A excepción de algunas citas con
chicos de su edad, nunca había prestado demasiada atención al sexo opuesto, y
si actitud protectora con ella aquella noche la había hecho sentirse de pronto
muy femenina y necesitada amor.
—No
tienes por qué preocuparte —le dijo, forzando una sonrisa—, no tenía
intención
de perseguirte por ahí con un anillo de compromiso. Como te he dicho, solo quería
darte las gracias.
—Bien,
pues ya lo has hecho —le espetó él sin conmoverse en absoluto, y
mirándola
fijamente.
—Tengo...
tengo mucho trabajo que hacer —murmuró ella, cada vez más
contrariada—.
Esto es solo algo temporal, hasta que reciba la herencia. Después de mi cumpleaños
tomaré el primer avión a Georgia, te lo aseguro.
Tomas
frunció el ceño.
—No
recuerdo haberte pedido ninguna explicación.
—Pues
perdona por habértela dado —masculló ella irritada, girándose hacia la
pantalla
del ordenador. Puso los dedos sobre el teclado, pero los notaba fríos y
rígidos.
Los obligó a moverse, se forzó a no alzar la vista.
Él no
dijo nada, y tampoco permaneció allí. Al cabo de unos segundos, Fay lo vio alejarse
hacia la puerta por el rabillo del ojo, y cuando levantó la cabeza ya no
estaba.
Minutos
después volvía a salir Calhoun de su despacho mirando su reloj de
pulsera.
— Voy a
estar fuera una hora más o menos, Fay. Díselo a Justín cuando vuelva, ¿quieres?
— Si
señor —respondió ella, esbozando una sonrisa.
Calhoun
se quedó dudando un momento, leyendo el dolor en el rostro de la
joven.
—
Escucha Fay, no dejes que te afecte lo que te haya dicho —murmuró
quedamente—.
Se comporta con todo el mundo de un modo muy desagradable.
— Pero
el día que yo lo conocí no se mostró así conmigo— replicó ella—. De
hecho,
me salvó de una situación que podía haber acabado muy mal. Solo quería darle
las gracias, pero parece que piensa que quiero cazarlo o algo así. ¡Dios, si
hasta ha sugerido que me presenté a este trabajo porque sabía que hacía
negocios con su hermano y usted!
Calhoun
se rió
— Bueno
no puedes culparlo por haberlo pensado— le dijo— Varias mujeres lo
han
hecho. Sí, no es broma —le aseguró al ver su mirada de incredulidad—. Es
curioso, pero cuanto más huraño es con ellas, más las atrae. Y la verdad es que
es lo que se dice un soltero cotizado: gana bastante dinero como gestor de Mesa
Blanco, y su propio rancho tampoco es nada desdeñable.
—¿Mesa...
Blanco? —balbució Fay. De pronto todo comenzaba a encajar.
—Eso he
dicho. ¿No se presentó cuando os conocisteis? —inquirió Calhoun—. Ese hombre
que ha salido por la puerta era T.Kaulitz.
Capitulo
3
Fay se
había quedado perpleja al enterarse de que Tomas era aquel T.
Kaulitz
del que le habían hablado. ¿Quién lo hubiera dicho? Desde luego nunca habría pensado
que un vaquero que frecuentaba un bar de mala muerte pudiera ser un tipo con
influencias y menos gestor de una agrupación de rancheros. Más tarde se
enteraría de que Tomas era su unico nombre y de que, a excepción de aquellos
que hacían negocios con él, era así era como lo conocía la mayoría de la gente.
Lo que no acababa de comprender era aquella hostilidad que rezumaba, cuando con
ella había sido todo ternura. En fin, se dijo mientras se metía en la cama esa noche
sería mejor que dejase de darle vueltas a aquello y se concentrase en sus propios
problemas, que no eran pocos. Sin embargo, el destino parecía dispuesto a conspirar
contra ella. Al día
siguiente,
fue a almorzar a un autoservicio, y al ir a sentarse con su bandeja tuvo que
ver a Tomas en la mesa de enfrente, que le lanzó una mirada que habría podido detener
el tráfico. Justo había terminado de comer en ese momento, y estaba apurando
una taza de café. Fay se sentó ladeada, de modo que no lo miraba directamente,
y bajó la vista a la bandeja, rompiendo con manos temblorosas el envoltorio de
plástico de los cubiertos.
Tomas se
había puesto de pie y estaba delante de ella.
— Creí
haberte dicho que no me gusta que me persigan —le dijo en un tono
cortante.
A
excepción de las conversaciones en tono velado de algunos clientes, la
cafetería
estaba en silencio, y la profunda voz de Tomas atrajo la atención de varias personas.
Fay
enrojeció profusamente, y alzó sus ojos verdes hacia él, aprehensiva,
— Yo no
sabía... no sabía que ibas a estar aquí... —se defendió titubeante.
—¿Ah,
no? —le espetó él, con una sonrisa que era un insulto en sí misma—. Así que no
has reconocido mi coche en el aparcamiento, ¿verdad? Déjalo ya, chica rica, no me
van las niñas de papá que están aburridas y buscan un entretenimiento. No
quiero que me sigas más, ¿lo has entendido?
Y sin
darle tiempo a contestar, abandonó la cafetería, dejando a la pobre Fay
totalmente
humillada ante las miradas de los demás. Con semejante escena le fue imposible
tomar dos bocados, y finalmente se marchó dejando la comida en los platos casi
intacta y regresó al trabajo.
«¡Que lo
estoy persiguiendo dice!», Masculló para sí enfadada mientras
introducía
unos datos en el ordenador. ¡Si ni siquiera sabía qué modelo de coche conducía!
Sólo lo había visto con aquella cochambrosa furgoneta, ¿o acaso lo había olvidado?
Seguro que había visto su coche cuando había ido a la nave unos días atrás.
Además,
después de como la había hablado, ¿cómo podía pensar que iba a sentir deseo de
perseguirlo? La próxima vez que se cruzara con él, huiría como de la peste, podía
estar bien seguro de eso.
Abby se
pasó por la oficina la tarde siguiente, y tras charlar un rato con ella,
inesperadamente,
la invitó a asistir una fiesta.
—
Calhounn y yo estamos invitados a un baile benéfico esta noche —le dijo—. Sé que
es algo precipitado ¿ te gustaría venir? Creo que te vendría bien salir un poco
y distraerte. Nosotros te llevaríamos, y hay un hombre muy agradable al que me gustaría
presentarte. Está soltero, es de buena familia, y muy divertido ¿qué me dices?
— Bueno
yo... El señor Kaulitz no estará invitado fiesta, ¿verdad? —inquirió Fay preocupada.
— Me he
enterado de lo que ocurrió en el autoservicio —murmuró Abby,
contrayendo
el rostro compadecida— tranquila, T. nunca va a esta clase de actos sería muy
raro que te encontraras allí con él.
— Es que
no lo comprendo, ¿sabes? Estuvo tan amable la noche que nos
conocimos...,
pero luego ese día en la oficina, y ayer, se mostró tan antipático. Y yo sólo
quería darle las gracias porque me había sacado de un apuro, pero parece que piensa
que quiero cazarlo— le explicó a Abby, estremeciéndose. — Sería la primera vez
que persiguiera a un Hombre.
— Lo que
ocurre es que eres precisamente la clase de mujer que rehuye como
un gato
escaldado huye del agua —le dijo Abby suavemente—. Por un lado está el que provengas
de una familia adinerada, y por otro está la diferencia de edad. T. ya pasa de
los treinta, y no le gustan las mujeres jóvenes.
—Yo creo
que no le gusta ninguna —replicó Fay con un suspiro—, y está visto que a mí me
detesta, pero de verdad que no lo he perseguido en ningún momento...
Querría
haberle preguntado por qué Tomas despreciaba a las mujeres ricas,
pero
había decidido que iba a olvidarse por completo de él, así que no tenía caso querer
averiguar más.
— No
dejes que eso te quite el sueño —le dijo; Abby con una sonrisa—. T. es
bastante
paranoico. Bueno, ¿qué me dices entonces?
—¿Estás
segura de que no estará en esa fiesta?
—Absolutamente
segura.
Abby y
Calhoun recogieron a Fay en el bloque de apartamentos donde estaba
viviendo
de alquiler, y la llevaron en su coche con ellos a la elegante finca Whitman, donde
la fiesta ya había comenzado. Fay se había puesto un vestido blanco largo de seda
que dejaba un hombro descubierto, y se había hecho un sofisticado recogido para
la ocasión. El conjunto le daba una apariencia de chica frágil... y muy rica.
Tras
saludar a los anfitriones y ser presentada, Fay dejó al matrimonio mientras departían
con unos conocidos, para ir por un refresco. Sin embargo, cuando se acercaba a
una de las largas mesas de aperitivos, se chocó con alguien y se giró para disculparse.
—Perdón,
yo...
—¿Otra
vez tú? —exclamó una voz irritada y muy familiar. T. Kaulitz estaba
allí de
pie mirándola furibundo, y enfundado en un esmoquin—. Dios, ¿tienes un radar o qué?
Fay no
respondió. Se dio media vuelta y regresó junto a Abby y Calhoun, con el corazón
latiéndole como un loco.
Abby la
miró extrañada al ver lo pálida que estaba, pero al alzar los ojos vio a
Tomas y
comprendió al instante.
—Cielos,
Fay, lo siento —murmuró contrayendo el rostro—, te juro que no sabía que iba a
venir. Nunca viene a estas fiestas, te lo juro.
—Lo
entiendo, tranquila, no es culpa tuya —respondió la joven con una débil
sonrisa.
—No te
preocupes, quédate con nosotros y no te molestará —le dijo Abby—. O
mejor,
ven y te presentaré a ese hombre del que te hablé —dijo tomándola del
brazo—.
Él será la solución a todos tus problemas, ya lo verás. En serio que no sabes cuánto
lo siento...
—No, no
es culpa tuya —repitió Fay—, supongo que es el destino.
— Es una
bestia arrogante —masculló Abby, mirando sin disimulo a Tomas de reojo mientras
avanzaban por entre los invitados—. Si no fuera tan engreído no tendrías estos
problemas con él —farfulló más para sí que para Fay—. ¡Ah, ahí está! ¡Eh, Bart!
Un
hombre joven, delgado, de cabello rubio ondulado y aspecto tranquilo giró la cabeza
hacia ellas. Saludó Abby con un afectuoso abrazo.
— Esta
es nuestra nueva empleada, Fay York —la presentó la señora Ballenger.
—Debo
decir que es un verdadero placer — murmuró el hombre, besando la
mano de
Fay con galantería.
Abby
sonrió divertida, y se lo presentó a su vez a la joven —Fay, este es
Bartlett
Markham. Es presidente de la asociación local de ganaderos.
—Vaya
—dijo Fay impresionada—, ¿y entiendes mucho de ganado? —inquirió sin poder
evitarlo. Lo cierto era que el tipo era tan elegante y distinguido que no se lo
imaginaba entre vacas.
Él se
rió.
— Aunque
no lo parezca me crié en un rancho. Ahora trabajo para una auditora, pero mi
familia tiene una cabaña bastante importante de toros purasangre de Santa Gertrudis.
¿Habías oído hablar de esa raza?
—Bueno,
antes no, pero desde que trabajo en la nave de los Ballenger estoy
aprendiendo
rápidamente —contestó Fay entre risas.
—La dejo
contigo entonces, Bart —le dijo Abby—. Y hazme un favor, no dejes
que se
le acerque Tomas, ¿quieres? Está paranoico conque ella lo persigue.
—¿No me
digas? —contestó él divertido, enarcando las cejas—. Pues podría
perseguirme
a mí —sugirió—, soy mucho mejor partido, y tengo mejor carácter
también.
—Tal vez
lo haga —contestó Fay en broma.
Los tres
se rieron, y Abby se despidió, dejándolos solos.
—¿Te
gustaría bailar? —le ofreció Bart a Fay.
—Me
encantaría —aceptó ella sonriente.
Le
tendió la mano y dejó que la condujera hasta la pista, donde varias parejas
bailaban
ya al ritmo de una lenta melodía que estaba interpretando la orquesta.
Entretanto,
Tomas no dejaba de observarla. ¿Cómo no hacerlo cuando estaba
bailando
con uno de sus mayores enemigos? Estaba de pie, apoyado contra la pared con los
ojos fijos en ella, viéndola seguir con una gracia innata los pasos de su
compañero.
No le
gustaba el modo en que Markham la tenía sujeta por la cintura, ni que a ella
pareciese no molestarle. Tampoco era que ella le interesase, se apresuró a
decirse, lo único que podía traerle aquella chica eran problemas. Una niña de
papá, con diez años menos que él...
Aquella
noche que habían pasado juntos lo había desconcertado, porque se había sentido
increíblemente atraído por ella, y precisamente por eso había tratado de dejarle
bien claro que en esa pequeña aventura adolescente acababa todo. No podía tener
una relación con una chica rica. Lo que su padre había hecho hacía imposible cualquier
trato público con una joven de la alta sociedad. La había acusado de perseguirlo,
pero estaba seguro de que, si cedía a la tentación y salía con ella, todo el mundo
pensaría que era él quien iba detrás de ella. Otro Kaulitz ávido de dinero, murmurarían
a sus espaldas. Gruñó repugnado ante la sola idea. Para empezar ni siquiera
debería haber ido a aquella estúpida fiesta. Se fue hacia la mesa de aperitivos
más próxima y se sirvió un vaso de whisky, dispuesto a ahogar esos pensamientos
en el alcohol.
— No es
cierto eso de que estás persiguiendo a Tomas, ¿verdad? —le preguntó
Bart a
Fay mientras giraban.
— Eso
quisiera él — respondió ella con altivez.
— Justo
lo que pensaba —respondió Bart—. De tal palo tal astilla —añadió en un tono
desagradable.
—No
comprendo — murmuró Fay.
— Después
de que la madre de Tomas muriera, su padre, Jorg Kaulitz, se vio
ahogado
por problemas financieros, y estuvo a punto de perder el rancho. Mi tía entonces
era muy joven, nada agraciada, y bastante tímida, pero estaba podrida de
dinero, y soltera, así que Jorg comenzó a hacerle la corte hasta lograr que se
casara con él. Mi tía estaba loca por él, lo idolatraba, y por eso, cuando se
dio cuenta de que él la había seducido para quedarse con su fortuna, el golpe
fue demasiado fuerte para ella, y se quitó la vida.
Fay
contrajo el rostro.
—Cielos,
qué historia tan trágica... —musitó—. Debió de ser muy duro para tu
familia.
—Lo fue
—asintió él, mirando con odio la espalda de Tomas—. Jorg Kaulitz ni
siquiera
se molestó en venir al funeral. Estaba muy ocupado gastándose el dinero de mi tía.
Murió unos años más tarde, y espero que el diablo se llevara su alma.
—Pero
Tomas no es su padre —se vio obligada a apuntar Fay.
—Tiempo
al tiempo —fue la respuesta de Bart—. Yo que tú me mantendría
alejada
de él. Una chica con buena posición como tú...
—Pero si
no quiere verme ni en pintura... —respondió ella.
—Es
posible que sea una treta. Sería la primera vez que Tomas Kaulitz dejara
pasar de
largo a una mujer rica.
—¿Con
cuántas ha salido? —inquirió Fay, algo irritada. ¿Podía haber tenido una
impresión
totalmente errónea de Tomas?
—No lo
sé, no sigo su vida amorosa —respondió él con desinterés.
Fay tuvo
entonces la sensación de que tampoco podía creerse todo lo que le
estaba
diciendo Bart. Al fin y al cabo, su familia tenía motivos para detestar a los
Kaulitz, y de pronto comprendió que Bart no creería jamás una sola palabra
amable respecto a Tomas aunque tuviera pruebas.
—No te
llevas muy bien con él, ¿eh?
—Nuestros
puntos de vista son contrarios en casi todo, y especialmente en lo
que
respecta a sus absurdas ideas sobre la cría de ganado —añadió con sarcasmo—.No,
no nos llevamos bien.
Fay se
quedó callada, pensando que era cierto eso de que las cosas no eran ni
blancas
ni negras.
Durante
el resto de la velada, bailó con varios solteros más, y le sorprendió ver
que, bien
avanzada la noche, Tomas seguía allí, aunque se dedicaba a hablar con otros hombres,
sin invitar a ninguna mujer a bailar. A ella desde luego no la iba a invitar,
se dijo con tristeza.
Sin
embargo, se equivocaba. Al acabar la pieza que estaba bailando con un
caballero
de bigote que le había pisado los pies varias veces, la orquesta empezó a tocar
una canción de amor. Fay se dio cuenta de que Bart estaba mirando en su dirección,
como para pedirle que la bailara con él, pero antes de que pudiera acercársele,
apareció Tomas y la tomó de la cintura. El corazón de Fay aumentó sus latidos.
—Creía
que no querías que te persiguiera —le dijo a Tomas.
—Dudo
que quieras seguir haciéndolo después de haber hablado con Bartlett
Markham
—repuso él con una sonrisa sardónica—, porque dudo que hayáis estado conversando
acerca del tiempo, ¿me equivoco?
Fay bajó
la vista azorada.
— Sí, ha
estado hablándome de ti y de lo que ocurrió entre vuestras familias
—asintió.
¿Qué sentido tenía negarlo?
La
mandíbula de Tomas se tensó.
—Y
supongo que inmediatamente te habrás formado una opinión sobre mí
—masculló
entre dientes.
— El
ladrón cree que todos son de su condición —le respondió Fay sin
arredrarse—,
¿o acaso no te has formado tú una opinión sobre mí al acusarme de estar persiguiéndote?
Me da igual lo que pienses, pero recuerda que yo no te he pedido que me sacases
a bailar —añadió—. Si me quieres lejos de ti, ¿por qué estás bailando conmigo?
Tomas la
atrajo hacia sí, y la joven se sintió embriagada por el fuerte olor de
su
aftershave mientras los ojos grises de él se clavaban en los suyos.
—¿No
sabes por qué? —susurró él contra sus labios.
El
aliento de Tomas le hizo cosquillas, y Fay se estremeció por dentro.
— OH, ya
veo —le contestó—, estás tratando de irritar a Bart.
Tomas
Kaulitz levantó la cabeza y enarcó una ceja.
—¿Eso
crees?
—¿Por
qué sino? —murmuró ella con una risa nerviosa, dirigiendo una rápida
mirada a
Bart Markham que estaba observándolos con aire furioso—. Escucha,
Tomas,
no voy a permitir que me metáis por medio de vuestras disputas.
Los
dedos de Tomas apretaron los de Fay, y llevó su mano a su pecho, que subía y
bajaba pesadamente.
—No
pretendo meterte por medio —le aseguró quedamente—, pero tampoco voy a permitir
que me acusen de seguir los pasos de mi padre.
La joven
pudo sentir el dolor que impregnaba esas palabras.
—Aún me
quedan un par de semanas para poder recibir la herencia de mis
padres,
Tomas —le dijo—. Hasta entonces no seré más que una secretaria temporal.
Él
enarcó una ceja.
— Ya
veo, así que durante esas dos semanas estarás a mi nivel —murmuró —.
¿Me
estás haciendo una oferta?
— Sí, claro
—resopló ella—. Podríamos tener un romance apasionado de dos
semanas
y luego no volver a vernos —bromeó—. De hecho, podríamos irnos ahora mismo al
ropero, tirar los abrigos al suelo, y tú me harías el amor sobre una estola de zorro
plateado.
Tomas se
rió.
—¿No te
ha dicho Markham que pertenezco a dos sociedades protectoras de
animales?
—Pues
no. ¿No me digas que eres de esos que van tirando latas de pintura a las mujeres
que llevan abrigo de visón? —inquirió divertida.
—No soy
tan fanático —respondió él—. Pero, oye, no será que tienes miedo de
que vaya
a estropear uno de los tuyos, eh, chica rica?
Fay se
echó a reír.
—No
puedo llevar pieles —le contestó—. Me salen sarpullidos por todas partes.
Tomas
sonrió burlón.
— Una
chica rica sin pieles... qué tragedia...
—Aunque
no tenga abrigos de visón, tengo unos cuantos de terciopelo que son
bien
bonitos —le espetó.
Se
acercó más a él, sobresaltándose cuando la mano de él bajó de su cintura a la cadera,
apretándola con fuerza.
— ¡Ay!,
eso duele —se quejó frunciendo el entrecejo.
Tomas
relajó un poco la presión de su mano y la miró fijamente.
— Pues
no fuerces tu suerte —le susurró con una advertencia en la mirada y la
voz—.
Estás muy sexy con ese trapito que llevas, y yo me excito con facilidad.
¿Quieres
que te lo demuestre?
— No,
gracias —se apresuró a contestar ella, sonrojándose—, te creo.
Tomas se
rió mientras la hacía girar por la pista.
—Para
ser una chica de dinero y sofisticada, te ruborizas con mucha frecuencia.
—No me
he ruborizado —replicó ella—, es que hace calor aquí dentro.
—Ah, la
típica excusa —murmuró él, inclinando la cabeza y pegando su mejilla a la de
ella—. Es una lástima que seas rica.
—¿Lo es?
¿Por qué? —inquirió ella sin aliento.
Tomas
tiró del lóbulo de su oreja suavemente con los labios.
—Porque
soy pura dinamita en la cama.
—¿No me
digas? —dijo ella con fingido desinterés.
Él
deslizó la mano espalda arriba hasta alcanzar la nuca, y la masajeó
sensualmente
mientras se mecían al ritmo de la música.
—Bueno,
al menos eso es lo que me han dicho — murmuró frotando la barbilla
contra
su sien, con el aliento entrecortado—. Claro que, ¿por qué aceptar como ciertas
las valoraciones de otras mujeres cuando podrías comprobarlo por ti misma?
Fay dejó
escapar una risa nerviosa.
—¿No es
este un cambio un tanto repentino? Hace sólo un par de días montaste una escena
en el autoservicio cuando coincidimos allí por casualidad.
—No
estoy muy seguro de que el buen Bart te haya explicado bien cuál es el
problema:
precisamente por ser rica, no podré ponerte en mi lista de deseos de estas Navidades.
Si fueras pobre, en cambio, no te dejaría escapar —le dijo en un tono seductor,
mirándola a los ojos.
—Creo
que debería dejarte con la palabra en la boca y salir huyendo —musitó
ella.
—¿Es eso
lo que quieres hacer? —le susurró él.
Se
acerco más a ella, haciendo que sus fuertes muslos se rozaran con los de ella.
Aun a
través de las capas de ropa entre los dos, Fay pudo sentir los músculos tirantes
de Tomas, y de pronto la mano de él bajó de nuevo por su espalda hasta llegar a
la cintura, y la atrajo muy suavemente hacia sí, haciendo que sus cuerpos
quedaran completamente pegados. Tomas la notó estremecerse, y la miró con un
brillo arrogante en los ojos.
—¿Te
gusta la comida china? —inquirió.
Fay
asintió con la cabeza.
—Conozco
un restaurante chino muy bueno en Houston. Es comida china
tradicional
de verdad, no esos sucedáneos que sirven en los chinos baratos. ¿Te gustaría ir
a cenar conmigo allí?
El
corazón de la joven dio un vuelco.
—¿Me
estás proponiendo una cita?
—Yo
diría que sí —murmuró él con una sonrisa divertida—. Siento no poder
invitarte
a comer langosta y champán, pero mi salario, aunque no está mal, no me da para
tanto.
Fay se
sonrojó irritada.
—Por
favor, Tomas, no te burles de mí. Aunque me haya criado entre algodones y vaya
a heredar una fortuna, eso no significa que no tenga sentimientos. Además, no soy
una persona caprichosa y materialista como piensas. Yo no...
Tomas
puso el índice sobre sus labios para interrumpirla.
—Lo sé.
Y eso lo hace aún más difícil — murmuró—¿Crees que me siento bien
teniendo
que alejarte de mí? ¿Que no me sentí como un canalla el otro día, después de tratarte
con tanta aspereza en la nave de los Ballenger? —le preguntó mirándola. Fay habría
jurado que había algo de angustia en sus ojos grises—. Lo nuestro no tiene futuro,
pequeña.
La joven
lo vio dudar, y estuvo segura de que de un momento a otro iba a retirar la
invitación.
—Siempre
que sólo sea cenar..., de acuerdo —le dijo con una sonrisa—. Y nada de intentar
seducirme a la luz de la luna, en el camino de vuelta —bromeó—. Como tú mismo
dijiste, mejor no empezar nada que no vayamos a acabar.
—«Eso»
sí que podríamos acabarlo —murmuró él sugerente.
Fay
carraspeó azorada.
—Pues lo
siento por usted, señor Kaulitz, pero, aunque estoy dispuesta a
arriesgar
mi estómago, no estoy dispuesta a arriesgar mi corazón.
Tomas
enarcó una ceja.
—¿Significa
eso que crees que si hicieras el amor conmigo, acabarías sintiéndote atada a
mí? —la picó.
—Exacto.
Además, nunca me acuesto con un hombre en la primera cita.
Tomas
apartó la vista a un punto distante en la sala. Aunque jamás lo admitiría, le
irritaba imaginarla con otros hombres. Siendo como era una chica rica, cabía imaginar
que tendría una larga lista de pretendientes, y era probable que tuviera incluso
más experiencia que él. ¿Por qué entonces se sentía irritado?
—¿Qué
ocurre? —inquirió Fay curiosa, al ver la expresión en su rostro.
Tomas
alzó la vista hacia ella. Podía tener una mirada inocente, pero eso no
significaba
que lo fuera.
—Nada.
— ¡Eh,
esa respuesta es propiedad exclusiva de las mujeres!
—Ahora
ya no: igualdad de derechos —respondió él divertido—. Te recogeré el
viernes
a las siete.
Al día
siguiente, aunque había soñado con tener una cita con Tomas desde que
lo había
conocido, Fay no podía evitar sentirse nerviosa. Había estado recordando su conversación
al llegar a su apartamento, y se había dado cuenta de que, sin querer, le había
dado a entender que era una mujer experimentada cuando no era así en absoluto.
Abby, que
se había pasado aquella mañana por las oficinas de la nave para llevarle unas
cosas a Calhoun, advirtió la preocupación en su rostro al salir del despacho de
aquel.
— ¡Sí
que estás seria! —exclamó —. ¿Qué es lo que te pasa, Fay?
—Tomas
me ha invitado a salir.
Abby
enarcó las cejas y abrió mucho los ojos.
— ¿Que
Tomas te ha pedido salir? ¡Pero si detesta a las mujeres ricas!
—Lo sé
—murmuró la joven—, pero como todavía me quedan dos semanas para cumplir los
veintiuno y heredar, no soy rica en el sentido estricto de la palabra.
—Ya veo
—asintió Abby poniéndose seria. No era asunto suyo, pero... —.Fay,
Tomas no
es un mal hombre, y a su modo es todo un caballero, pero no le dejes que se tome
demasiadas libertades o podrías arrepentirte.
— No te
preocupes, tendré cuidado.
Abby se
quedó mirándola un momento.
— Si te
ayuda en algo, sé cómo te sientes. Yo estaba loca por Calhoun, pero a él le
gustaba un tipo de mujeres completamente distinta, así que no tuvimos un buen comienzo.
—Pues
para no haber tenido un buen comienzo, está loco por ti —replicó Fay con
picardía—,salta a la vista —añadió. Abby esbozó una sonrisa—. No tienes que preocuparte
por mí, en serio. No pienso hacerme ninguna tonta ilusión respecto a Tomas. Al
fin y al cabo, ya se ha encargado de dejarme bien claro que no quiere compromisos
de ningún tipo... Claro que la idea de salir una noche con él... es como rozar
el cielo con las puntas de los dedos.
—Lo
imagino —sonrió Abby, recordando cómo había sido su primera cita con
Calhoun.
Miró a
Fay intranquila, y rogó a Dios por que Tomas no le hiciera daño. Todo el
mundo en
Jacobsville sabía que era de esa clase de hombres que jamás se casaría, y ella
apostaría cualquier cosa a que Fay era tan inocente como ella lo había sido en
su momento. Si era así, en cuanto Tomas se diera cuenta, se apartaría de ella
tan rápido como se suelta un trozo de carbón ardiendo. Las inocentes no eran su
estilo.
HOLA!! AQUI ESTAN LOS CAPS ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS :))
Mr encantaaa!
ResponderEliminarSiguelaaa ;)
sube pronto por favor me encantan tus historias
ResponderEliminarSube pronto *.*
ResponderEliminarSube pronto *.*
ResponderEliminarMe encanto espero el próximo cap..
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