jueves, 16 de junio de 2016

2 y 3

Capitulo 2
Tal y como esperaba, cuando llegó a casa, su tío Henry le echó una buena
regañiza, pero Fay no se dejó amilanar. A la mañana siguiente, a primera hora, fue al bufete de Barry Holman, el abogado que se encargaba de los trámites relativos a su herencia, para preguntarle si no sería posible que le adelantara una pequeña asignación mensual hasta que pudiera disponer del dinero que le habían dejado sus padres, y no tener que seguir dependiendo de su tío.
—Lo siento mucho —le dijo Holman—, pero en el testamento no hay ninguna
cláusula que prevea algo así. Según las condiciones establecidas para la herencia, no podrás hacer uso ni de parte ni de la totalidad del dinero hasta que no cumplas los veintiún años. Hasta ese momento el albacea, tu tío Henry, tiene control absoluto sobre el fideicomiso.
Fay aspiró, indignada.
—¿Quiere decir que hasta entonces no veré un centavo a menos que mi tío lo
permita?
—Me temo que así es —murmuró el abogado, frotándose la nuca—. Lo siento, Fay, sé que es injusto, pero tus padres debieron pensar que hacían lo correcto.
— Dios, no puedo creerlo —masculló ella, mordiéndose el labio inferior, y
rodeándose la cintura con los brazos. Apenas había empezado a intentar cambiar su situación, y ya se sentía atada de pies y manos—. ¿Qué voy a hacer?
—Lo que me estabas diciendo hace un momento que querías hacer —le respondió el joven abogado— buscar un empleo. Sólo lo necesitarás un par de meses, hasta que llegue tu cumpleaños y tengas acceso a herencia.
Tenía razón, no era momento de desmoronarse. Alzó la vista y dirigió una sonrisa agradecida al abogado. Tendría unos treinta años, era bastante bien parecido, y debía estar casado, porque sobre la mesa había una fotografía de una mujer, de cabello largo y oscuro, con un bebé en los brazos.
—Gracias —le dijo—. Supongo que estoy un poco asustada ante la idea de tener que valerme por mí misma, pero me las arreglaré. Si tan sólo supiera por dónde podría empezar a buscar trabajo...
De pronto, el señor Holman la miró como si se le hubiera ocurrido algo.
—Ahora que me acuerdo... Tal vez pueda ayudar.
—¿De veras? —exclamó ella emocionada, inclinándose hacia el escritorio del
letrado.
—¿Entiendes algo de ganado?
Ella se quedó dudando.
—Me temo que no —murmuró.
—Pero, ¿te importaría trabajar en un lugar donde haya ganado?
—Bueno, siempre y cuando no tenga que ordeñar o algo así... —contestó la joven confundida. ¿Qué clase de empleo le estaba sugiriendo?
Barry Holman se rió.
—No, no tendrías que ordeñar. Verás, los hermanos Ballenger tienen una nave de engorde de ganado, y estaban buscando una secretaria temporal para sus oficinas. La que tienen está de baja por maternidad, y ha tenido un parto complicado, así que tardará unos meses en reincorporarse. La esposa de Calhoun Ballenger es quien está ocupándose del trabajo de la secretaria hasta que encuentren a alguien, pero si ese alguien apareciera, les vendría que ni caído del cielo. ¿Sabes escribir a máquina?
—OH, sí —se apresuró a contestar ella—, y también sé manejar un ordenador.
—Estupendo.
—Pero seguro que se presentarán para la vacante personas mucho mejor
preparadas que yo —murmuró ella, pesimista.
— No lo creas —la animó Holman—. Además, por ser algo temporal y de media
jornada, dudo que haya mucha gente interesada en el puesto. Los únicos a los que puede venirles bien son a los estudiantes, y ya se sabe, a los adolescentes de hoy no les gusta demasiado lo rural.
Fay sonrió.
—¿Dónde tengo que ir?
—Espera, te anotaré la dirección —le dijo Barry Holman, arrancando una hoja de su libreta—. Cuando vayas pregunta por Justin o Calhoun, y diles que te envío yo. Confía en mí, les gustarás, seguro —añadió tendiéndole la nota y estrechándole la mano—. Mucha suerte, Fay.
—Gracias —respondió ella guardando el papel en el bolso—. Necesito de verdad ese trabajo. No estoy segura de poder seguir aguantando mucho tiempo con mi tío.
Él asintió con la cabeza.
—Lo comprendo —dijo—. Henry no es un mal tipo, pero... bueno, me preocupa su actitud en este asunto —añadió, como si se arrepintiera de haberlo mencionado.
A Fay se le pusieron las orejas tiesas.
—¿Qué quiere decir? ¿Acaso sabe algo de cómo ha estado manejando mi
herencia?
—Todavía no, y eso es lo que me temo — respondió el señor Holman—. Le he
pedido un par de veces un informe del estado del fideicomiso, pero se ha negado a facilitármelo. Se escuda en que no tiene obligación de hacerlo hasta el día que cumplas los veintiuno.
—Eso no suena demasiado bien —murmuró ella nerviosa—. Pero según creo, mi padre tenía al menos millones de dólares en el fideicomiso, y no creo mi tío haya podido lapidar tanto dinero en este tiempo, ¿verdad?
—Yo tampoco lo creo —trató de tranquilizarla —No te preocupes, seguro que todo estará bien.

Fue Justin Ballenger quien la entrevistó unos días después, un hombre alto y
delgado, nada guapo, pero amable y cortés.
— Barry te ha dicho que esto sería sólo algo temporal ¿Verdad? —subrayó
inclinándose hacia ella, con las manos entrelazadas sobre el escritorio de su
despacho—. Nuestra secretaria, Nita, únicamente está de baja hasta que se haya recuperado del post-parto y pase unas semanas con el bebé.
—Sí, señor. No me importa. De hecho, lo que necesito precisamente es algo
temporal, hasta que pueda independizarme. Hasta ahora he estado viviendo con mi tío, pero la situación se ha vuelto bastante incómoda.
Sin pretenderlo, acabó contándole a Justin lo ocurrido, y descubrió que el mayor de los hermanos Ballenger sabía escuchar, y que era un hombre comprensivo.
— Sólo conozco a Henry Rollins de vista, pero por lo que me cuentas,
verdaderamente parece un auténtico mercenario. Creo que haces lo correcto buscando un trabajo para no depender de él. Asegúrate de que Barry vigile bien tu fideicomiso.
—Es lo que está tratando de hacer, pero mi tío no se muestra demasiado
colaborador —musitó ella, mordiéndose el labio inferior—. No le mencionará todo esto a nadie, ¿verdad?
—Por lo que a mí respecta —le dijo Justin con una sonrisa—, eres simplemente
una joven que quiere abrirse camino.
—Gracias, señor Ballenger —respondió ella—. En el fondo es así, ya que esa
herencia no me pertenecerá de verdad hasta dentro de dos meses —añadió—. Aunque, si quiere saber la verdad, el dinero nunca me ha importado demasiado. Preferiría casarme con alguien que me amara, que con alguien que sólo buscara vivir de mis rentas.
—Mi esposa y yo también pensamos de esa manera —le contestó él
quedamente—. No somos pobres desde luego, pero tampoco nos importaría si lo fuéramos. Nos tenemos el uno al otro, y a nuestros hijos. Nos consideramos muy afortunados.
Fay sonrió. Había oído hablar a la asistenta de su tío de Shelby Ballenger y de
las circunstancias que finalmente la habían llevado a casarse con Justin. Era una historia de amor verdadero.
— Bueno —dijo Justin volviendo al tema por el que ella había ido allí—, pues si
quieres el puesto, es tuyo.
La joven sonrió emocionada, y casi sintió deseos de echársele al cuello.
— Bienvenida a bordo —le dijo su nuevo patrón, estrechándole la mano—. Vamos te presentaré a mi hermano y te enseñaré esto.
Fay lo siguió por el pasillo, hasta llegar a otro despacho, donde Calhoun Ballenger estaba revisando cifras con una calculadora en medio de un mar de papeles que inundaban su mesa.
—Te presento a Fay York, va a sustituir a Nita mientras esté de baja —le dijo
Justin —. Fay, mi hermano Calhoun.
—Encantada de conocerlo —le saludó ella estrechando la mano que le tendía—.
Espero poder ser de ayuda.
—Cuando mi esposa Abby te vea, se pondrá de rodillas y te besará los pies —le
aseguró Calhoun—. La pobre lleva toda la semana de cabeza, entre los niños, la casa, y haciéndose cargo del puesto de Nita. Esta misma mañana me amenazó con abrir los rediles y dejar escapar al ganado si no contratábamos ya a alguien.
Fay se rió de buena gana.
—Bueno, entonces me alegro de haber llegado en buen momento.
Justo en ese instante apareció Abby, cargada con un montón de carpetas, y el
cabello negro tapándole medio rostro. Al ver a Fay se detuvo, y la observó
esperanzada con sus grandes ojos grises.
— Por favor, dime que vienes a sustituir a Nita —dijo en un tono tan cómico que Fay no pudo evitar echarse a reír de nuevo—. ¿Aceptas sobornos? Puedo conseguirte todas las trufas y helado de nueces que quieras.
—No será necesario —respondió la joven con una sonrisa—, ya he aceptado el
empleo. Soy Fay.
— ¡OH, gracias a Dios! —suspiró Abby, soltando las carpetas sobre la mesa de su marido—. Y gracias a ti también, cariño —dijo besándolo—. Esta noche te haré estofado, y panecillos caseros.
—Pues no te quedes ahí, ¡vete corriendo a casa!—exclamó Calhoun, haciendo reír a los demás—. Hace el mejor estofado que hayas probado en tu vida —le explicó a Fay—, y yo llevo días alimentándome a base de hamburguesas y congelados. Mi estómago ya empezaba a quejarse.
—Si aprendieras a cocinar... —lo picó su esposa, sacándole la lengua—. Pero es verdad que llevamos una semana de chucheria, y yo también estaba empezando a acusarlo. Además, los niños me han estado echando de menos. Bueno, si te parece te explicaré lo que tienes que hacer antes de irme, Fay.
La joven la siguió y fue tomando notas mentales mientras Abby le explicaba.
—Tal y como me lo estás explicando parece todo muy sencillo —le dijo al cabo de un rato—, pero me temo que no lo es, ¿verdad?
—No, no lo es —asintió Abby con una sonrisa—, sobre todo cuando tengas que
tratar con algunos de nuestros clientes. Uno de ellos, T.Kaulitz, sería capaz de
hacer perder la paciencia al santo Job.
—¿Es un ranchero?
—Bueno, la verdad es que es... —comenzó Abby contrayendo el rostro—. Sí,
bueno, podría decirse que es un ranchero, pero la mayor parte del ganado que nos trae no es suyo, sino de otras personas. Es gerente de la agrupación de rancheros de Mesa Blanco —le explicó—. No me malinterpretes, no es que no sea bueno en su trabajo, pero es un maniático en lo que se refiere a la alimentación de las reses y cómo las tratamos. El otro día vio a uno de nuestros peones usando una vara eléctrica con sus animales, y se puso a gritarle furioso. Es un cliente importante, así que no podemos llevarle demasiado la contraria, pero le gusta ponernos las cosas difíciles. Nadie en
Jacobsville se atreve con T.Kaulitz
—¿Es rico?
—No, pero tiene muchas influencias por su puesto en Mesa Blanco. Aunque es su temperamento lo que hace que la gente se aparte cuando lo ven pasar. Es la clase de hombre que resultaría arrogante aunque fuera vestido con harapos.
La descripción de Abby hizo que la mente de Fay conjurara la imagen de otro
hombre, un vaquero alto y esbelto con el que había pasado la noche más mágica su vida.
Sonrió para sí con tristeza, pensando que probablemente no volvería a verlo. Había vuelto a pasar un par de veces por delante de aquel bar, con la esperanza de verlo para agradecerle el consejo que le había dado, pero no se había atrevido a entrar. Tampoco quería que pensase que lo estaba persiguiendo...
—¿Está casado ese señor Kaulitz? —le preguntó Fay.
—Ninguna mujer de por aquí ha tenido el valor suficiente como para intentar
echarle el lazo —se rió la esposa de Calhoun Ballenger—. Hasta hace unos años fue un verdadero playboy, pero parece que ha sentado un poco la cabeza desde que le ofrecieron la gerencia de Mesa Blanco. Ahora hay un nuevo presidente en la que es conservador hasta la médula, así que T. ha suavizado en lo posible su imagen de donjuán. Calhoun me contó que el nuevo presidente comentó no hace mucho que su sucesor tendría que ser un hombre de valores tradicionales, casado y con hijos. En eso sí que lo tendrá difícil T. El único chiquillo en su vida es un sobrino que tiene en Houston, hijo de su hermana, que falleció hará un par de años —añadió meneando la cabeza—, y la verdad me resulta imposible imaginarlo casado y con críos. No tiene
precisamente madera de padre, me temo.
—¿Tan terrible es?
Abby asintió con la cabeza.
—Nunca sabes por dónde va a salir, y ni siquiera los hombres saben manejarlo. Mi marido siempre se escabulle los días que viene a comprobar el estado del ganado a su cargo. Justin no se lleva mal del todo con T., pero Calhoun casi acabó pegándose un día con él.
—Cielos —murmuró Fay—. ¿Y viene con mucha frecuencia? —inquirió contrayendo el rostro.
—Cada semana, como un reloj —respondió Abby, con una media sonrisa—, pero no te preocupes, son Calhoun y Justin quienes se ocupan de lidiar con él, y es a ellos a quienes grita.
—Menos mal —dijo Fay riéndose—, ya me siento mucho mejor.
A medida que pasaban los días, Fay comenzó a hacerse a la rutina en las oficinas de la nave, y de vez en cuando se acordaba de Tomas, preguntándose si tal vez no lo vería algún día por allí. Al fin y al cabo, él le había dicho que era capataz en un rancho, y era posible que alguna vez llevasen su ganado a la nave de los Ballenger. Sin embargo, por lo que estaba viendo, parecía que eran los subordinados quienes se encargaban del transporte del ganado, no los jefes. Se moría por volver a verlo, por decirle hasta qué punto sus palabras la habían animado a cambiar su vida, hasta qué punto había expandido sus horizontes. En muy poco tiempo había pasado de ser una joven asustada a una mujer segura de sí misma.
Una docena de veces estuvo a punto de preguntarle a Abby si no conocería a nadie llamado Tomas, pero nunca llegó hacerlo, diciéndose que era improbable que el vaquero se moviera en su círculo. Los Ballenger, si bien no eran la clase de gente a los que le gustaban las fiestas y los acontecimientos sociales, eran personas importantes, y no parecía lógico que tuvieran relación alguna con tipos que iban a bares de mala muerte y participaban en peleas.
Tras conseguir el empleo había alquilado un pequeño apartamento, abandonando la casa de su tío a pesar de que este le había insistido una y otra vez en no se fuera, diciéndole que no comprendía aquel absurdo deseo de emancipación. Sin embargo, ella se había mantenido firme en su decisión. No, le había respondido, no iba a seguir dependiendo de él hasta que heredase. Además, había añadido, el señor Holman estaba esperando ese informe del estado del fidecomiso. Ante la mención de aquello, su tío pareció sentirse incómodo, y Fay volvió a preocuparse de nuevo Dios sabía qué tejemaneje se traía a sus espaldas. Por suerte, el trabajo la mantenía ocupada, y la ayudaba no pensar demasiado en ello.
Una tarde, al regresar de almorzar, escuchó sin querer, a través de la puerta
entreabierta del despacho Calhoun, una acalorada discusión.
— ¡Estas siendo irrazonable, T., y lo sabes! —estaba gritando su jefe.
— ¡Y un cuerno irrazonable! —le espetó una voz profunda—. Puede que tengamos ideas distintas respecto a los métodos de producción, pero mientras tengas el ganado a mi cargo en tu nave, haréis las cosas a mi manera.
Fay había dejado el bolso sobre su mesa, se había sentado, y había encendido el ordenador para empezar a trabajar de nuevo. No quería escuchar, pero aquella voz le resultaba tan familiar...
— ¡Por amor de Dios!, ¡Si por ti fuera estaría ahí fuera dándole de comer a esos condenados cuadrúpedos con un tenedor!
—No me digas que soy un histérico. Lo único que quiero es que los trates bien.
—¡Los tratamos bien!
—¿«Bien» le llamas tú a azuzarlos con una vara eléctrica? Un animal estresado no es un animal sano.
—¡Por favor! ¿Has pensado en unirte a una de esas condenadas asociaciones a
favor de los derechos de los animales? —le soltó Calhoun exasperado.
—Ya pertenezco a dos, gracias.
La puerta se abrió de golpe, y la joven no pudo apartar la vista del hombre que
salió del despacho de Calhoun. ¡Tomas! El rostro de Fay se iluminó, pero cuando él la vio, se paró en seco, mirándola con el ceño fruncido.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le espetó con aspereza.
—Estoy haciendo una suplencia temporal —comenzó Fay, extrañada por su tono.
—¿No me digas que ahora tienes que trabajar para ganarte la vida, chica rica?
—farfulló él con sorna.
Fay se quedó callada. Parecía que le molestara haberla encontrado allí.
—Bueno, sí —balbució—, la verdad es que sí.
—Diablos, menuda humillación... —murmuró él en el mismo tono insolente.
—¿Os conocéis? —le preguntó Calhoun a Tomas, patidifuso.
—Más o menos.
Calhoun se quedó expectante, pensando que iba a continuar hablando, pero
Tomas lo estaba mirando con altiveza, como dándole a entender que no era asunto suyo, así que resopló, lanzó los brazos al aire, volvió a su despacho, farfullando entre dientes algo que sonó como «ahora se cree el dueño de esto», y cerró la puerta tras de sí.
Fay se removió incómoda en su asiento, y en cuando Calhoun hubo desaparecido, Tomas se volvió hacia ella.
—Has pasado unas cuantas veces por delante del bar— le dijo con sequedad.
Fay se sonrojó. No podía negarlo, era cierto, pero lo había hecho sólo con la
esperanza de verlo y agradecerle su ayuda. Sin embargo, daba la impresión de que él había tintado sus acciones con unas connotaciones muy distintas.
—¿Fue allí donde averiguaste que hago negocios con los Ballenger? —le
preguntó Tomas. Ni siquiera le dio tiempo a responder—. Pues lo siento por ti, cariño. Cómo te dije esa noche, no voy a permitir que una niña rica aburrida trate de usarme para entretenerse. Así que si estabas esperando otra oportunidad conmigo, olvídalo y vuelve a casa, con el champán y el caviar. No es nada personal, es sólo que no estoy interesado ¿entiendes?
La pobre Fay se había quedado mirándolo en silencio, sin comprender.
—Fue el señor Holman, mi abogado, quien me habló de esta vacante —comenzó a explicarle, con la poca dignidad que le quedaba después de la imagen que había dibujado de ella—. No dispondré de un solo centavo hasta que no cumpla los veintiuno, me he independizado, así que estoy viviendo de alquiler, con lo que gano con este empleo —le dijo bajando la vista al teclado del ordenador—. Y sí, he pasado un par de veces por delante de aquel bar con el coche, pero sólo porque quería decirte que me habías abierto los ojos, que estoy aprendiendo a valerme por mí misma. Quería darte las gracias.
La mandíbula de Tomas se puso tensa, y por un momento casi pareció
amenazador.
—No quiero agradecimientos, ni adulaciones de adolescentes, ni que me adoren como a un héroe, pero, en todo caso, de nada.
Su voz estaba cargada de cinismo, y para Fay fue como si le hubiera tirado a la
cara un regalo. Ella solo había pretendido expresarle su gratitud, y él la había hecho sentirse estúpida. Tal vez lo fuera, se dijo con amargura. Después de todo, se había pasado varios días soñando despierta con volver a verlo. A excepción de algunas citas con chicos de su edad, nunca había prestado demasiada atención al sexo opuesto, y si actitud protectora con ella aquella noche la había hecho sentirse de pronto muy femenina y necesitada amor.
—No tienes por qué preocuparte —le dijo, forzando una sonrisa—, no tenía
intención de perseguirte por ahí con un anillo de compromiso. Como te he dicho, solo quería darte las gracias.
—Bien, pues ya lo has hecho —le espetó él sin conmoverse en absoluto, y
mirándola fijamente.
—Tengo... tengo mucho trabajo que hacer —murmuró ella, cada vez más
contrariada—. Esto es solo algo temporal, hasta que reciba la herencia. Después de mi cumpleaños tomaré el primer avión a Georgia, te lo aseguro.
Tomas frunció el ceño.
—No recuerdo haberte pedido ninguna explicación.
—Pues perdona por habértela dado —masculló ella irritada, girándose hacia la
pantalla del ordenador. Puso los dedos sobre el teclado, pero los notaba fríos y
rígidos. Los obligó a moverse, se forzó a no alzar la vista.
Él no dijo nada, y tampoco permaneció allí. Al cabo de unos segundos, Fay lo vio alejarse hacia la puerta por el rabillo del ojo, y cuando levantó la cabeza ya no estaba.
Minutos después volvía a salir Calhoun de su despacho mirando su reloj de
pulsera.
— Voy a estar fuera una hora más o menos, Fay. Díselo a Justín cuando vuelva, ¿quieres?
— Si señor —respondió ella, esbozando una sonrisa.
Calhoun se quedó dudando un momento, leyendo el dolor en el rostro de la
joven.
— Escucha Fay, no dejes que te afecte lo que te haya dicho —murmuró
quedamente—. Se comporta con todo el mundo de un modo muy desagradable.
— Pero el día que yo lo conocí no se mostró así conmigo— replicó ella—. De
hecho, me salvó de una situación que podía haber acabado muy mal. Solo quería darle las gracias, pero parece que piensa que quiero cazarlo o algo así. ¡Dios, si hasta ha sugerido que me presenté a este trabajo porque sabía que hacía negocios con su hermano y usted!
Calhoun se rió
— Bueno no puedes culparlo por haberlo pensado— le dijo— Varias mujeres lo
han hecho. Sí, no es broma —le aseguró al ver su mirada de incredulidad—. Es curioso, pero cuanto más huraño es con ellas, más las atrae. Y la verdad es que es lo que se dice un soltero cotizado: gana bastante dinero como gestor de Mesa Blanco, y su propio rancho tampoco es nada desdeñable.
—¿Mesa... Blanco? —balbució Fay. De pronto todo comenzaba a encajar.
—Eso he dicho. ¿No se presentó cuando os conocisteis? —inquirió Calhoun—. Ese hombre que ha salido por la puerta era T.Kaulitz.

Capitulo 3
Fay se había quedado perpleja al enterarse de que Tomas era aquel T.
Kaulitz del que le habían hablado. ¿Quién lo hubiera dicho? Desde luego nunca habría pensado que un vaquero que frecuentaba un bar de mala muerte pudiera ser un tipo con influencias y menos gestor de una agrupación de rancheros. Más tarde se enteraría de que Tomas era su unico nombre y de que, a excepción de aquellos que hacían negocios con él, era así era como lo conocía la mayoría de la gente. Lo que no acababa de comprender era aquella hostilidad que rezumaba, cuando con ella había sido todo ternura. En fin, se dijo mientras se metía en la cama esa noche sería mejor que dejase de darle vueltas a aquello y se concentrase en sus propios problemas, que no eran pocos. Sin embargo, el destino parecía dispuesto a conspirar contra ella. Al día
siguiente, fue a almorzar a un autoservicio, y al ir a sentarse con su bandeja tuvo que ver a Tomas en la mesa de enfrente, que le lanzó una mirada que habría podido detener el tráfico. Justo había terminado de comer en ese momento, y estaba apurando una taza de café. Fay se sentó ladeada, de modo que no lo miraba directamente, y bajó la vista a la bandeja, rompiendo con manos temblorosas el envoltorio de plástico de los cubiertos.
Tomas se había puesto de pie y estaba delante de ella.
— Creí haberte dicho que no me gusta que me persigan —le dijo en un tono
cortante.
A excepción de las conversaciones en tono velado de algunos clientes, la
cafetería estaba en silencio, y la profunda voz de Tomas atrajo la atención de varias personas.
Fay enrojeció profusamente, y alzó sus ojos verdes hacia él, aprehensiva,
— Yo no sabía... no sabía que ibas a estar aquí... —se defendió titubeante.
—¿Ah, no? —le espetó él, con una sonrisa que era un insulto en sí misma—. Así que no has reconocido mi coche en el aparcamiento, ¿verdad? Déjalo ya, chica rica, no me van las niñas de papá que están aburridas y buscan un entretenimiento. No quiero que me sigas más, ¿lo has entendido?
Y sin darle tiempo a contestar, abandonó la cafetería, dejando a la pobre Fay
totalmente humillada ante las miradas de los demás. Con semejante escena le fue imposible tomar dos bocados, y finalmente se marchó dejando la comida en los platos casi intacta y regresó al trabajo.
«¡Que lo estoy persiguiendo dice!», Masculló para sí enfadada mientras
introducía unos datos en el ordenador. ¡Si ni siquiera sabía qué modelo de coche conducía! Sólo lo había visto con aquella cochambrosa furgoneta, ¿o acaso lo había olvidado? Seguro que había visto su coche cuando había ido a la nave unos días atrás.
Además, después de como la había hablado, ¿cómo podía pensar que iba a sentir deseo de perseguirlo? La próxima vez que se cruzara con él, huiría como de la peste, podía estar bien seguro de eso.
Abby se pasó por la oficina la tarde siguiente, y tras charlar un rato con ella,
inesperadamente, la invitó a asistir una fiesta.
— Calhounn y yo estamos invitados a un baile benéfico esta noche —le dijo—. Sé que es algo precipitado ¿ te gustaría venir? Creo que te vendría bien salir un poco y distraerte. Nosotros te llevaríamos, y hay un hombre muy agradable al que me gustaría presentarte. Está soltero, es de buena familia, y muy divertido ¿qué me dices?
— Bueno yo... El señor Kaulitz no estará invitado fiesta, ¿verdad? —inquirió Fay preocupada.
— Me he enterado de lo que ocurrió en el autoservicio —murmuró Abby,
contrayendo el rostro compadecida— tranquila, T. nunca va a esta clase de actos sería muy raro que te encontraras allí con él.
— Es que no lo comprendo, ¿sabes? Estuvo tan amable la noche que nos
conocimos..., pero luego ese día en la oficina, y ayer, se mostró tan antipático. Y yo sólo quería darle las gracias porque me había sacado de un apuro, pero parece que piensa que quiero cazarlo— le explicó a Abby, estremeciéndose. — Sería la primera vez que persiguiera a un Hombre.
— Lo que ocurre es que eres precisamente la clase de mujer que rehuye como
un gato escaldado huye del agua —le dijo Abby suavemente—. Por un lado está el que provengas de una familia adinerada, y por otro está la diferencia de edad. T. ya pasa de los treinta, y no le gustan las mujeres jóvenes.
—Yo creo que no le gusta ninguna —replicó Fay con un suspiro—, y está visto que a mí me detesta, pero de verdad que no lo he perseguido en ningún momento...
Querría haberle preguntado por qué Tomas despreciaba a las mujeres ricas,
pero había decidido que iba a olvidarse por completo de él, así que no tenía caso querer averiguar más.
— No dejes que eso te quite el sueño —le dijo; Abby con una sonrisa—. T. es
bastante paranoico. Bueno, ¿qué me dices entonces?
—¿Estás segura de que no estará en esa fiesta?
—Absolutamente segura.

Abby y Calhoun recogieron a Fay en el bloque de apartamentos donde estaba
viviendo de alquiler, y la llevaron en su coche con ellos a la elegante finca Whitman, donde la fiesta ya había comenzado. Fay se había puesto un vestido blanco largo de seda que dejaba un hombro descubierto, y se había hecho un sofisticado recogido para la ocasión. El conjunto le daba una apariencia de chica frágil... y muy rica.
Tras saludar a los anfitriones y ser presentada, Fay dejó al matrimonio mientras departían con unos conocidos, para ir por un refresco. Sin embargo, cuando se acercaba a una de las largas mesas de aperitivos, se chocó con alguien y se giró para disculparse.
—Perdón, yo...
—¿Otra vez tú? —exclamó una voz irritada y muy familiar. T. Kaulitz estaba
allí de pie mirándola furibundo, y enfundado en un esmoquin—. Dios, ¿tienes un radar o qué?
Fay no respondió. Se dio media vuelta y regresó junto a Abby y Calhoun, con el corazón latiéndole como un loco.
Abby la miró extrañada al ver lo pálida que estaba, pero al alzar los ojos vio a
Tomas y comprendió al instante.
—Cielos, Fay, lo siento —murmuró contrayendo el rostro—, te juro que no sabía que iba a venir. Nunca viene a estas fiestas, te lo juro.
—Lo entiendo, tranquila, no es culpa tuya —respondió la joven con una débil
sonrisa.
—No te preocupes, quédate con nosotros y no te molestará —le dijo Abby—. O
mejor, ven y te presentaré a ese hombre del que te hablé —dijo tomándola del
brazo—. Él será la solución a todos tus problemas, ya lo verás. En serio que no sabes cuánto lo siento...
—No, no es culpa tuya —repitió Fay—, supongo que es el destino.
— Es una bestia arrogante —masculló Abby, mirando sin disimulo a Tomas de reojo mientras avanzaban por entre los invitados—. Si no fuera tan engreído no tendrías estos problemas con él —farfulló más para sí que para Fay—. ¡Ah, ahí está! ¡Eh, Bart!
Un hombre joven, delgado, de cabello rubio ondulado y aspecto tranquilo giró la cabeza hacia ellas. Saludó Abby con un afectuoso abrazo.
— Esta es nuestra nueva empleada, Fay York —la presentó la señora Ballenger.
—Debo decir que es un verdadero placer — murmuró el hombre, besando la
mano de Fay con galantería.
Abby sonrió divertida, y se lo presentó a su vez a la joven —Fay, este es
Bartlett Markham. Es presidente de la asociación local de ganaderos.
—Vaya —dijo Fay impresionada—, ¿y entiendes mucho de ganado? —inquirió sin poder evitarlo. Lo cierto era que el tipo era tan elegante y distinguido que no se lo imaginaba entre vacas.
Él se rió.
— Aunque no lo parezca me crié en un rancho. Ahora trabajo para una auditora, pero mi familia tiene una cabaña bastante importante de toros purasangre de Santa Gertrudis. ¿Habías oído hablar de esa raza?
—Bueno, antes no, pero desde que trabajo en la nave de los Ballenger estoy
aprendiendo rápidamente —contestó Fay entre risas.
—La dejo contigo entonces, Bart —le dijo Abby—. Y hazme un favor, no dejes
que se le acerque Tomas, ¿quieres? Está paranoico conque ella lo persigue.
—¿No me digas? —contestó él divertido, enarcando las cejas—. Pues podría
perseguirme a mí —sugirió—, soy mucho mejor partido, y tengo mejor carácter
también.
—Tal vez lo haga —contestó Fay en broma.
Los tres se rieron, y Abby se despidió, dejándolos solos.
—¿Te gustaría bailar? —le ofreció Bart a Fay.
—Me encantaría —aceptó ella sonriente.
Le tendió la mano y dejó que la condujera hasta la pista, donde varias parejas
bailaban ya al ritmo de una lenta melodía que estaba interpretando la orquesta.
Entretanto, Tomas no dejaba de observarla. ¿Cómo no hacerlo cuando estaba
bailando con uno de sus mayores enemigos? Estaba de pie, apoyado contra la pared con los ojos fijos en ella, viéndola seguir con una gracia innata los pasos de su compañero.
No le gustaba el modo en que Markham la tenía sujeta por la cintura, ni que a ella pareciese no molestarle. Tampoco era que ella le interesase, se apresuró a decirse, lo único que podía traerle aquella chica eran problemas. Una niña de papá, con diez años menos que él...
Aquella noche que habían pasado juntos lo había desconcertado, porque se había sentido increíblemente atraído por ella, y precisamente por eso había tratado de dejarle bien claro que en esa pequeña aventura adolescente acababa todo. No podía tener una relación con una chica rica. Lo que su padre había hecho hacía imposible cualquier trato público con una joven de la alta sociedad. La había acusado de perseguirlo, pero estaba seguro de que, si cedía a la tentación y salía con ella, todo el mundo pensaría que era él quien iba detrás de ella. Otro Kaulitz ávido de dinero, murmurarían a sus espaldas. Gruñó repugnado ante la sola idea. Para empezar ni siquiera debería haber ido a aquella estúpida fiesta. Se fue hacia la mesa de aperitivos más próxima y se sirvió un vaso de whisky, dispuesto a ahogar esos pensamientos en el alcohol.

— No es cierto eso de que estás persiguiendo a Tomas, ¿verdad? —le preguntó
Bart a Fay mientras giraban.
— Eso quisiera él — respondió ella con altivez.
— Justo lo que pensaba —respondió Bart—. De tal palo tal astilla —añadió en un tono desagradable.
—No comprendo — murmuró Fay.
— Después de que la madre de Tomas muriera, su padre, Jorg Kaulitz, se vio
ahogado por problemas financieros, y estuvo a punto de perder el rancho. Mi tía entonces era muy joven, nada agraciada, y bastante tímida, pero estaba podrida de dinero, y soltera, así que Jorg comenzó a hacerle la corte hasta lograr que se casara con él. Mi tía estaba loca por él, lo idolatraba, y por eso, cuando se dio cuenta de que él la había seducido para quedarse con su fortuna, el golpe fue demasiado fuerte para ella, y se quitó la vida.
Fay contrajo el rostro.
—Cielos, qué historia tan trágica... —musitó—. Debió de ser muy duro para tu
familia.
—Lo fue —asintió él, mirando con odio la espalda de Tomas—. Jorg Kaulitz ni
siquiera se molestó en venir al funeral. Estaba muy ocupado gastándose el dinero de mi tía. Murió unos años más tarde, y espero que el diablo se llevara su alma.
—Pero Tomas no es su padre —se vio obligada a apuntar Fay.
—Tiempo al tiempo —fue la respuesta de Bart—. Yo que tú me mantendría
alejada de él. Una chica con buena posición como tú...
—Pero si no quiere verme ni en pintura... —respondió ella.
—Es posible que sea una treta. Sería la primera vez que Tomas Kaulitz dejara
pasar de largo a una mujer rica.
—¿Con cuántas ha salido? —inquirió Fay, algo irritada. ¿Podía haber tenido una
impresión totalmente errónea de Tomas?
—No lo sé, no sigo su vida amorosa —respondió él con desinterés.
Fay tuvo entonces la sensación de que tampoco podía creerse todo lo que le
estaba diciendo Bart. Al fin y al cabo, su familia tenía motivos para detestar a los Kaulitz, y de pronto comprendió que Bart no creería jamás una sola palabra amable respecto a Tomas aunque tuviera pruebas.
—No te llevas muy bien con él, ¿eh?
—Nuestros puntos de vista son contrarios en casi todo, y especialmente en lo
que respecta a sus absurdas ideas sobre la cría de ganado —añadió con sarcasmo—.No, no nos llevamos bien.
Fay se quedó callada, pensando que era cierto eso de que las cosas no eran ni
blancas ni negras.
Durante el resto de la velada, bailó con varios solteros más, y le sorprendió ver
que, bien avanzada la noche, Tomas seguía allí, aunque se dedicaba a hablar con otros hombres, sin invitar a ninguna mujer a bailar. A ella desde luego no la iba a invitar, se dijo con tristeza.
Sin embargo, se equivocaba. Al acabar la pieza que estaba bailando con un
caballero de bigote que le había pisado los pies varias veces, la orquesta empezó a tocar una canción de amor. Fay se dio cuenta de que Bart estaba mirando en su dirección, como para pedirle que la bailara con él, pero antes de que pudiera acercársele, apareció Tomas y la tomó de la cintura. El corazón de Fay aumentó sus latidos.
—Creía que no querías que te persiguiera —le dijo a Tomas.
—Dudo que quieras seguir haciéndolo después de haber hablado con Bartlett
Markham —repuso él con una sonrisa sardónica—, porque dudo que hayáis estado conversando acerca del tiempo, ¿me equivoco?
Fay bajó la vista azorada.
— Sí, ha estado hablándome de ti y de lo que ocurrió entre vuestras familias
—asintió. ¿Qué sentido tenía negarlo?
La mandíbula de Tomas se tensó.
—Y supongo que inmediatamente te habrás formado una opinión sobre mí
—masculló entre dientes.
— El ladrón cree que todos son de su condición —le respondió Fay sin
arredrarse—, ¿o acaso no te has formado tú una opinión sobre mí al acusarme de estar persiguiéndote? Me da igual lo que pienses, pero recuerda que yo no te he pedido que me sacases a bailar —añadió—. Si me quieres lejos de ti, ¿por qué estás bailando conmigo?
Tomas la atrajo hacia sí, y la joven se sintió embriagada por el fuerte olor de
su aftershave mientras los ojos grises de él se clavaban en los suyos.
—¿No sabes por qué? —susurró él contra sus labios.
El aliento de Tomas le hizo cosquillas, y Fay se estremeció por dentro.
— OH, ya veo —le contestó—, estás tratando de irritar a Bart.
Tomas Kaulitz levantó la cabeza y enarcó una ceja.
—¿Eso crees?
—¿Por qué sino? —murmuró ella con una risa nerviosa, dirigiendo una rápida
mirada a Bart Markham que estaba observándolos con aire furioso—. Escucha,
Tomas, no voy a permitir que me metáis por medio de vuestras disputas.
Los dedos de Tomas apretaron los de Fay, y llevó su mano a su pecho, que subía y bajaba pesadamente.
—No pretendo meterte por medio —le aseguró quedamente—, pero tampoco voy a permitir que me acusen de seguir los pasos de mi padre.
La joven pudo sentir el dolor que impregnaba esas palabras.
—Aún me quedan un par de semanas para poder recibir la herencia de mis
padres, Tomas —le dijo—. Hasta entonces no seré más que una secretaria temporal.
Él enarcó una ceja.
— Ya veo, así que durante esas dos semanas estarás a mi nivel —murmuró —.
¿Me estás haciendo una oferta?
— Sí, claro —resopló ella—. Podríamos tener un romance apasionado de dos
semanas y luego no volver a vernos —bromeó—. De hecho, podríamos irnos ahora mismo al ropero, tirar los abrigos al suelo, y tú me harías el amor sobre una estola de zorro plateado.
Tomas se rió.
—¿No te ha dicho Markham que pertenezco a dos sociedades protectoras de
animales?
—Pues no. ¿No me digas que eres de esos que van tirando latas de pintura a las mujeres que llevan abrigo de visón? —inquirió divertida.
—No soy tan fanático —respondió él—. Pero, oye, no será que tienes miedo de
que vaya a estropear uno de los tuyos, eh, chica rica?
Fay se echó a reír.
—No puedo llevar pieles —le contestó—. Me salen sarpullidos por todas partes.
Tomas sonrió burlón.
— Una chica rica sin pieles... qué tragedia...
—Aunque no tenga abrigos de visón, tengo unos cuantos de terciopelo que son
bien bonitos —le espetó.
Se acercó más a él, sobresaltándose cuando la mano de él bajó de su cintura a la cadera, apretándola con fuerza.
— ¡Ay!, eso duele —se quejó frunciendo el entrecejo.
Tomas relajó un poco la presión de su mano y la miró fijamente.
— Pues no fuerces tu suerte —le susurró con una advertencia en la mirada y la
voz—. Estás muy sexy con ese trapito que llevas, y yo me excito con facilidad.

¿Quieres que te lo demuestre?
— No, gracias —se apresuró a contestar ella, sonrojándose—, te creo.
Tomas se rió mientras la hacía girar por la pista.
—Para ser una chica de dinero y sofisticada, te ruborizas con mucha frecuencia.
—No me he ruborizado —replicó ella—, es que hace calor aquí dentro.
—Ah, la típica excusa —murmuró él, inclinando la cabeza y pegando su mejilla a la de ella—. Es una lástima que seas rica.
—¿Lo es? ¿Por qué? —inquirió ella sin aliento.
Tomas tiró del lóbulo de su oreja suavemente con los labios.
—Porque soy pura dinamita en la cama.
—¿No me digas? —dijo ella con fingido desinterés.
Él deslizó la mano espalda arriba hasta alcanzar la nuca, y la masajeó
sensualmente mientras se mecían al ritmo de la música.
—Bueno, al menos eso es lo que me han dicho — murmuró frotando la barbilla
contra su sien, con el aliento entrecortado—. Claro que, ¿por qué aceptar como ciertas las valoraciones de otras mujeres cuando podrías comprobarlo por ti misma?
Fay dejó escapar una risa nerviosa.
—¿No es este un cambio un tanto repentino? Hace sólo un par de días montaste una escena en el autoservicio cuando coincidimos allí por casualidad.
—No estoy muy seguro de que el buen Bart te haya explicado bien cuál es el
problema: precisamente por ser rica, no podré ponerte en mi lista de deseos de estas Navidades. Si fueras pobre, en cambio, no te dejaría escapar —le dijo en un tono seductor, mirándola a los ojos.
—Creo que debería dejarte con la palabra en la boca y salir huyendo —musitó
ella.
—¿Es eso lo que quieres hacer? —le susurró él.
Se acerco más a ella, haciendo que sus fuertes muslos se rozaran con los de ella.
Aun a través de las capas de ropa entre los dos, Fay pudo sentir los músculos tirantes de Tomas, y de pronto la mano de él bajó de nuevo por su espalda hasta llegar a la cintura, y la atrajo muy suavemente hacia sí, haciendo que sus cuerpos quedaran completamente pegados. Tomas la notó estremecerse, y la miró con un brillo arrogante en los ojos.
—¿Te gusta la comida china? —inquirió.
Fay asintió con la cabeza.
—Conozco un restaurante chino muy bueno en Houston. Es comida china
tradicional de verdad, no esos sucedáneos que sirven en los chinos baratos. ¿Te gustaría ir a cenar conmigo allí?
El corazón de la joven dio un vuelco.
—¿Me estás proponiendo una cita?
—Yo diría que sí —murmuró él con una sonrisa divertida—. Siento no poder
invitarte a comer langosta y champán, pero mi salario, aunque no está mal, no me da para tanto.
Fay se sonrojó irritada.
—Por favor, Tomas, no te burles de mí. Aunque me haya criado entre algodones y vaya a heredar una fortuna, eso no significa que no tenga sentimientos. Además, no soy una persona caprichosa y materialista como piensas. Yo no...
Tomas puso el índice sobre sus labios para interrumpirla.
—Lo sé. Y eso lo hace aún más difícil — murmuró—¿Crees que me siento bien
teniendo que alejarte de mí? ¿Que no me sentí como un canalla el otro día, después de tratarte con tanta aspereza en la nave de los Ballenger? —le preguntó mirándola. Fay habría jurado que había algo de angustia en sus ojos grises—. Lo nuestro no tiene futuro, pequeña.
La joven lo vio dudar, y estuvo segura de que de un momento a otro iba a retirar la invitación.
—Siempre que sólo sea cenar..., de acuerdo —le dijo con una sonrisa—. Y nada de intentar seducirme a la luz de la luna, en el camino de vuelta —bromeó—. Como tú mismo dijiste, mejor no empezar nada que no vayamos a acabar.
—«Eso» sí que podríamos acabarlo —murmuró él sugerente.
Fay carraspeó azorada.
—Pues lo siento por usted, señor Kaulitz, pero, aunque estoy dispuesta a
arriesgar mi estómago, no estoy dispuesta a arriesgar mi corazón.
Tomas enarcó una ceja.
—¿Significa eso que crees que si hicieras el amor conmigo, acabarías sintiéndote atada a mí? —la picó.
—Exacto. Además, nunca me acuesto con un hombre en la primera cita.
Tomas apartó la vista a un punto distante en la sala. Aunque jamás lo admitiría, le irritaba imaginarla con otros hombres. Siendo como era una chica rica, cabía imaginar que tendría una larga lista de pretendientes, y era probable que tuviera incluso más experiencia que él. ¿Por qué entonces se sentía irritado?
—¿Qué ocurre? —inquirió Fay curiosa, al ver la expresión en su rostro.
Tomas alzó la vista hacia ella. Podía tener una mirada inocente, pero eso no
significaba que lo fuera.
—Nada.
— ¡Eh, esa respuesta es propiedad exclusiva de las mujeres!
—Ahora ya no: igualdad de derechos —respondió él divertido—. Te recogeré el
viernes a las siete.

Al día siguiente, aunque había soñado con tener una cita con Tomas desde que
lo había conocido, Fay no podía evitar sentirse nerviosa. Había estado recordando su conversación al llegar a su apartamento, y se había dado cuenta de que, sin querer, le había dado a entender que era una mujer experimentada cuando no era así en absoluto.
Abby, que se había pasado aquella mañana por las oficinas de la nave para llevarle unas cosas a Calhoun, advirtió la preocupación en su rostro al salir del despacho de aquel.
— ¡Sí que estás seria! —exclamó —. ¿Qué es lo que te pasa, Fay?
—Tomas me ha invitado a salir.
Abby enarcó las cejas y abrió mucho los ojos.
— ¿Que Tomas te ha pedido salir? ¡Pero si detesta a las mujeres ricas!
—Lo sé —murmuró la joven—, pero como todavía me quedan dos semanas para cumplir los veintiuno y heredar, no soy rica en el sentido estricto de la palabra.
—Ya veo —asintió Abby poniéndose seria. No era asunto suyo, pero... —.Fay,
Tomas no es un mal hombre, y a su modo es todo un caballero, pero no le dejes que se tome demasiadas libertades o podrías arrepentirte.
— No te preocupes, tendré cuidado.
Abby se quedó mirándola un momento.
— Si te ayuda en algo, sé cómo te sientes. Yo estaba loca por Calhoun, pero a él le gustaba un tipo de mujeres completamente distinta, así que no tuvimos un buen comienzo.
—Pues para no haber tenido un buen comienzo, está loco por ti —replicó Fay con picardía—,salta a la vista —añadió. Abby esbozó una sonrisa—. No tienes que preocuparte por mí, en serio. No pienso hacerme ninguna tonta ilusión respecto a Tomas. Al fin y al cabo, ya se ha encargado de dejarme bien claro que no quiere compromisos de ningún tipo... Claro que la idea de salir una noche con él... es como rozar el cielo con las puntas de los dedos.
—Lo imagino —sonrió Abby, recordando cómo había sido su primera cita con
Calhoun.
Miró a Fay intranquila, y rogó a Dios por que Tomas no le hiciera daño. Todo el
mundo en Jacobsville sabía que era de esa clase de hombres que jamás se casaría, y ella apostaría cualquier cosa a que Fay era tan inocente como ella lo había sido en su momento. Si era así, en cuanto Tomas se diera cuenta, se apartaría de ella tan rápido como se suelta un trozo de carbón ardiendo. Las inocentes no eran su estilo.


HOLA!! AQUI ESTAN LOS CAPS ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS :))

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