PARA
ENTENDER MEJOR.-
Al
fallecer sus padres en un accidente aéreo, Fay quedó bajo la tutela de su
ambicioso
tío Henry. Sólo faltaban dos meses para que cumpliera veintiún años, pero hasta
entonces no podría recibir la herencia familiar. Una noche, en un arranque de rebeldía,
Fay se escapó y acabó en un bar, donde conoció a un hombre misterioso, Tomas,
que la animó a cambiar su vida y a valerse por sí misma. Lo que ella ignoraba,
era que no se trataba de un simple vaquero, sino de un influyente ranchero marcado
por algo que su padre hizo en el pasado.
Capitulo
1
Al
entrar en el bar, Fay sintió que todos los ojos se volvían hacia ella. Lo había
hecho
por un impulso repentino, pero en ese mismo momento estaba ya
arrepintiéndose
de que se le hubiera ocurrido una idea tan estúpida. Un bar en una zona no muy
recomendable de una pequeña ciudad al sur de Texas no era lugar para una joven
sola.
Además,
tampoco ayudaba el hecho de que fuera vestida con unos ajustados
pantalones
de diseño, zapatos de tacón, y un fino suéter de punto bajo el que se marcaban
las suaves curvas de sus senos. Se apartó del rostro un mechón del largo cabello
oscuro, y miró de reojo nerviosa a uno y otro lado del pequeño local, lleno de humo
de tabaco.
Por los
altavoces colgados en las esquinas salía una música tan alta, que tuvo que gritarle
al hombre tras la barra para pedirle una cerveza. Y aquello era una idea aún más
absurda que haber entrado en aquel bar de mala muerte, porque no había tomado una
cerveza en su vida. Había tomado un sorbo de champaña para brindar en alguna fiesta,
y una vez, había tomado piña colada en unas vacaciones en Jamaica, pero jamás
una cerveza.
Observó
inquieta que un grupo de cinco hombres, sentados en una mesa a la
izquierda
de la barra, estaba mirándola descaradamente, y casi dio un respingo al ver que
uno de ellos, un tipo fornido y desaliñado, con barba de varios días, se
levantaba, farfullando algo que hizo reír a los otros, y se dirigía hacia ella.
Lo que había empezado como una aventura de rebeldía al escaparse de casa de su
tío, iba camino de convertirse en algo peligroso.
El
hombre se apoyó a su lado en la barra, y la miró de arriba abajo con los ojos entornados
de un modo que le puso el vello de punta y casi la hizo salir corriendo.
—Hola,
preciosa —la saludó el tipo, con una sonrisa socarrona, mostrando sus
dientes
manchados—. ¿Quieres bailar?
El
aliento le apestaba a alcohol, y Fay tuvo que poner ambas manos en torno a la jarra
de cerveza para ocultar su temblor.
—N...
no, gracias —balbució sin mirarlo —, estoy... esperando a alguien.
Y en parte
era verdad. Llevaba toda su vida esperando a alguien, a esa persona que la
completara, sólo que todavía no había aparecido. En ese momento de su vida necesitaba
a ese alguien más que nunca. Tras la muerte de sus padres en un accidente, había
quedado bajo la tutela de su tío materno, un arribista de carácter mercenario, empeñado
en casarla con un amigo rico que le daba escalofríos. Y, para colmo, hasta que
no cumpliera los veintiún años, no podría recibir el dinero que sus padres le
habían dejado en herencia, ya que estaba en un fondo fiduciario controlado por
él, así que dependía completamente de su tío.
— Vamos,
nena, tú y yo podríamos pasarlo muy bien juntos —insistió el hombre, sin darse
por vencido. Pasó su mugrienta mano por la manga del suéter de Fay, y la joven
se apartó como si sus dedos fueran serpientes —. Vamos, vamos, no tengas miedo.
Sé cómo tratar a una dama.
Nadie
advirtió que un rostro se alzaba en la penumbra, unos metros más allá, ni que
un fulgor de advertencia relumbraba en sus ojos grises. Nadie advirtió que
había estado observando a la chica desde que entrara, ni la mirada de frío
desdén que lanzó al tipo mientras se levantaba y caminaba hacia la barra.
Iba
vestido con una camisa de algodón, unos pantalones vaqueros gastados,
sombrero
texano, y botas manchadas de tierra. Era alto, muy alto, de complexión esbelta
y musculosa, y tenía el cabello castaño y alborotado. Todos lo conocían en la ciudad,
y su temperamento era casi tan legendario como la fuerza de sus grandes puños,
que colgaban en una engañosa actitud relajada junto a ambos costados.
— Si nos
conocemos un poco estoy seguro de que te gustaré... —el hombre se
calló en
cuanto lo vio aparecer a su lado. Permaneció cómicamente paralizado, antes de balbucir
incómodo—: Vaya, hola, Tomas, no sabía que la chica estaba contigo.
—Pues ya
lo sabes —contestó el vaquero con una voz profunda que hizo que la
joven se
estremeciera por dentro.
Fay giró
la cabeza y al alzar la vista hacia los ojos grises del extraño, perdió su
corazón
sin remedio. De pronto era como si no pudiera respirar.
—Ya era
hora de que llegaras —le dijo el vaquero. La agarró del brazo con
firmeza,
haciéndola bajarse del taburete en que estaba sentada. Tomó su cerveza de la
barra, se la entregó, y lanzando una última mirada cortante al tipo, la llevó
hasta su mesa.
—
Gracias —musitó Fay, cuando hubo tomado asiento frente al extraño.
Él tomó
entre sus dedos un cigarrillo que había dejado apoyado en el cenicero de la
mesa, y la otra mano rodeó un vaso de whisky medio lleno. La joven observó que
no se había molestado en quitarse el sombrero. Parecía que en el Oeste no había
lugar para las normas de etiqueta a las que estaba acostumbrada.
El
hombre se llevó el cigarrillo a los labios y dio una larga calada.
— ¿Cómo
te llamas? —le preguntó con brusquedad.
— Fay,
me llamo Fay —contestó ella, forzando una sonrisa—. ¿Y usted?
—Casi
todo el mundo por aquí me conoce como Tomas, y te agradecería que no me hables
de usted, me haces sentir viejo.
La chica
tomó un sorbo de la cerveza, y contrajo el rostro repugnada. Sabía
horrible.
En los gruesos labios del vaquero, que la estaba observando, se dibujó una sonrisa
divertida.
— No
bebes cerveza y no pareces de aquí, ¿Qué es lo que estás haciendo en esta parte
de la ciudad, chiquilla? — inquirió.
—Escapar
—contestó ella con una risa, bajando la vista a la jarra de cerveza—,
huir de
mi carcelero, rebelarme... eso es lo que hago.
—¿Y
tienes edad para hacer lo que estás haciendo? —le preguntó él mirándola
fijamente.
— Si te
refieres a si tengo edad para entrar en un bar y pedir una cerveza, sí,
sólo me
faltan dos meses para cumplir los veintiuno.
—Aparentas
menos.
Ella se
encogió de hombros y escrutó su rostro moreno por el sol. Con un corte
de pelo
y la ropa adecuada sería irresistible, se dijo.
—¿Y tú?
¿Eres de aquí? —le preguntó.
—Llevo
toda mi vida viviendo en este lugar —respondió Tomas. Sus ojos
descendieron
hasta la muñeca derecha de la joven, donde brillaba un brazalete con incrustaciones
de diamante—. No es muy recomendable entrar en un bar llevando esa clase de
baratijas. Bájate la manga.
La joven
obedeció al instante, sorprendiéndose a sí misma. Nunca había aceptado las
órdenes de nadie, ni de sus padres, ni de las institutrices que había tenido,
ni las de su tío, pero había algo en el tono de aquel extraño que hacía
imposible desafiarlo.
Se
sonrojó irritada ante esa repentina docilidad.
—¿Qué
haces cuando no estás dando órdenes? — le espetó.
El
hombre se rió suavemente y buscó sus ojos verdes.
—Soy capataz
en un rancho, dar órdenes es parte de mi trabajo —respondió.
—OH,
eres un vaquero.
—Es un
modo de llamarlo.
La joven
sonrió.
—Nunca
había conocido a un vaquero de verdad.
—¿De
dónde eres?
—De
Georgia. Mis padres murieron en un accidente aéreo hace seis meses, así
que me
he tenido que venir a vivir aquí con mi tío. No puedes imaginarte lo que es—masculló.
—Mucha
gente vive en una jaula porque no se atreve a abandonarla —le dijo él—.Si no
eres feliz, cambia tu situación. Puedes hacerlo.
—¿Eso
crees? Soy rica —le explicó ella—, asquerosamente rica, pero toda mi
herencia
está en fideicomiso hasta que cumpla los veintiuno, y mi tío es quien lo controla.
—¿Hablas
en serio? —inquirió Tomas. Levantó su vaso y tomó un sorbo de
whisky,
dejándolo de nuevo sobre la mesa—. Pues mándalo al diablo y haz lo que quieras.
A tu edad yo ya estaba trabajando para ganarme la vida por mí mismo, sin tener
que depender de ningún pariente. Luego ya cobrarás la herencia y podrás olvidarte
de él para siempre.
— Pero
es que tú eres un hombre —replicó ella.
— ¿Y qué
diferencia hay? —le espetó él—. ¿En qué siglo crees que vivimos?
La joven
se removió incómoda en su asiento.
— Bueno,
pero es que yo nunca he trabajado. No sé qué podría hacer. Supongo que soy una
debilucha y una cobarde.
—Escucha,
si fueras una cobarde no te habrías atrevido a entrar en un local
como
éste a estas horas de la noche, ni a pedir una cerveza.
La joven
se rió.
—Me temo
que eso no tiene que ver con el valor, sino más bien con la
desesperación.
Además, he tenido suerte de que tú aparecieras en mi auxilio.
Tomas
alzó la barbilla y sus ojos pálidos brillaron de un modo extraño.
—Así que
piensas que conmigo no corres peligro — murmuró.
El
corazón de Fay empezó a palpitar con fuerza contra sus costillas y contuvo el aliento.
La mirada adulta en los ojos del vaquero, y el repentino tono aterciopelado en su
voz hacía que le temblasen las piernas.
—Es lo
que quiero pensar—musitó cuando hubo recuperado el habla—, porque ya he hecho
una estupidez bastante grande al haber entrado aquí y, aunque supongo que me
merezco que me pasara algo por imprudente, espero no estarme equivocando contigo.
Donavan
sonrió.
—Aprendes
deprisa.
—¿Era
una lección? —inquirió ella.
El
vaquero apuró su bebida.
—Todo
son lecciones en esta vida, y cuando no las aprendes a la primera, tienes que
volver a pasar por ellas. Vamos, te llevaré a tu casa.
—¿Tan
pronto? —contestó ella con un suspiro—. Es la primera aventura que he
tenido
en mi vida, y tal vez sea la última.
Tomas se
caló el sombrero sobre un ojo y la miró pensativo.
—En ese
caso, trataré de hacer que sea memorable... —le respondió levantándose y
tendiéndole una mano—, si confías en mí.
La joven
se dijo que era una locura, pero tomó su fuerte mano y se puso de pie también
con una sonrisa.
—Confío
en ti.
Él la
llevó fuera, y Fay advirtió que varios pares de ojos seguían recelosos al
vaquero.
—Parece
que la gente de aquí te tiene bastante respeto —comentó Fay cuando
estuvieron
en la calle.
— Me
conocen —le contestó él—. He vapuleado a un par de tipos en ese bar.
—¿Vapuleado?
—repitió ella. Tomas bajó la mirada hacia ella con una sonrisa
socarrona.
—Me he
visto envuelto en un par de peleas. Los hombres somos así, tendemos a meternos
en problemas, algunas veces por damiselas imprudentes... — murmuró con toda la
idea.
— No
suelo hacer cosas así —se defendió ella—. Y no soy la clase de chica que...
—Está
muy claro qué clase de chica eres —la interrumpió él riéndose—, se ve a la leguas.
Pero deja que te diga una cosa: no me importa prestarme a esta rebeldía tuya, pero
eso es todo lo que obtendrás de mí —le advirtió entornando los ojos—. Si te quedas
por aquí un poco más de tiempo, pronto te darás cuenta de que no me gustan las
chicas ricas, y te enterarás de la razón. Pero, por esta noche, me siento
generoso, y te ayudaré a tener tu pequeña aventura.
—No
comprendo —murmuró Fay.
Tomas
dejó escapar una risotada áspera.
—Ya lo
imagino —murmuró mirándola fijamente—. Eres demasiado inocente.
—Eso es
lo que me dice todo el mundo —farfulló ella con fastidio—, pero, ¿cómo se
supone que voy a aprender nada sobre la vida si me mantienen encerrada en una urna
de cristal?
Tomas se
detuvo frente a una camioneta gris llena de salpicaduras de barro y
polvo.
—Espero
que no estuvieras esperando un Rolls-Royce. Son muy elegantes, pero no sirven
para transportar el forraje.
Fay lo
miró algo molesta. Estaba claro que la había tomado por una niña mimada.
—No se
me caerán los anillos por montar en una camioneta —le dijo con
sinceridad—,
y no suelo juzgar a los demás por lo que tienen o no.
Tomas la
miró en silencio.
—Eso es
precisamente lo que imaginaba —le dijo quedamente—. Lo siento, era
sólo una
broma.
—No pasa
nada —murmuró Fay.
Él le
abrió la puerta y ella subió, acomodándose en el asiento del acompañante. El interior
del vehículo olía a campo.
Tomas se
sentó al volante y encendió el contacto.
—¿Viniste
aquí en coche? —le preguntó a Fay, girando la cabeza.
—Sí.
Él se
inclinó hacia el parabrisas y escudriñó el aparcamiento, frunciendo los
labios
con socarronería al ver un Mercedes azul marino estacionado entre camionetas, viejos
coches y vehículos cuatro por cuatro.
— Sí, es
el que estás pensando —masculló Fay irritada.
Tomas se
rió entre dientes.
—Ya te
estoy sacando de quicio y no hace más que unos minutos que nos
conocemos
—dijo, sacando la camioneta a la carretera—. ¿A qué te dedicas cuando no vas a
bares poco recomendables y acabas saliendo de ellos con extraños?
Fay lo
miró molesta. No tenía que restregárselo todo el tiempo...
—Estudio
piano, pinto un poco... y trato de mantener la cordura entre fiestas,
cenas y
actos sociales.
Tomas
dejó escapar un silbido.
—Eso sí
que es vida.
Fay se
volvió en el asiento para mirarlo.
—¿Y tú?
¿Qué hace exactamente el capataz de un rancho?
—Me
encargo de la contabilidad, los suministros, contrato y despido peones, voy a
congresos de ganaderos, tomo decisiones... —le explicó él—. Y también tengo que
asistir a algunas de las juntas directivas de dos empresas —añadió en un tono indiferente.
Fay
frunció el entrecejo.
—Creí
que habías dicho que eras capataz.
—Es algo
un poco más complicado, pero no necesitas saber más —le respondió él tajante—.
¿Dónde quieres ir?
Fay se
quedó un momento aturdida por su brusquedad, pero rápidamente se
repuso.
Giró el rostro hacia la oscura planicie del paisaje texano que se veía por la ventanilla.
—Bueno,
no sé... No había pensado en ningún sitio concreto. Es sólo que no tengo ganas
de volver a casa todavía.
—Hoy es
día de fiesta en el pueblo de San Moreno —le dijo él—. ¿Has estado allí alguna
vez?
— No
—respondió ella con los ojos brillantes—, ¿podríamos ir?
—No veo
por qué no —contestó él—, aunque no habrá mucho más que algunos
puestos
de comida y bebida, casetas de juego, y baile. ¿Te gusta bailar?
— ¡OH,
sí, me encanta! —exclamó ella entusiasmada—. ¿Y a ti?
—Bueno,
si hay que bailar, bailo —contestó él entre risas—. Bien, pues allá vamos, San
Moreno.
Encendió
la radio, y al momento la cabina de la camioneta se llenó de música
country.
Fay echó hacia atrás la cabeza y cerró los ojos, con una sonrisa en los labios.
Si
hubiera tenido que explicar a alguien por qué confiaba en aquel extraño, no
habría sabido qué decir, pero así era. De hecho, sentía como si lo conociera de
toda la vida.
Cuando
llegaron al pueblo de San Moreno, una banda de mariachis estaba tocando en la
plaza, mientras la gente bailaba, o compraba en los puestos de tacos, fajitas, tequila,
cerveza...
—¿Qué es
lo que se celebra? —le preguntó Fay sin aliento a Tomas, mientras él la hacía
dar vueltas y vueltas, al son de la animada música.
—¿A
quién le importa? —respondió él entre risas.
Fay se
rió también. No recordaba haberse sentido tan viva ni tan despreocupada en toda
su vida. Tomó cerveza, sin importarle que estuviera caliente, notando que a cada
sorbo se iba acostumbrando al sabor, y giró y giró en los brazos de Tomas, apoyando
la cabeza en su musculoso tórax, aspirando su aroma hasta sentirse más embriagada
por él que por el alcohol.
Finalmente
el frenético ritmo terminó, y la banda empezó a tocar una melodía
lenta.
La joven se derritió en los brazos del vaquero, rodeándole la espalda con los brazos
en un gesto de familiaridad que nunca habría pensado posible con un extraño tras
sólo unas horas juntos. Sentía que su cuerpo encajaba a la perfección con el de
él, como si de dos piezas de un puzzle se trataran. Olía a tabaco, a cerveza y
a cuero, y su proximidad era increíblemente excitante.
Tomas la
rodeó también con sus brazos, atrayéndola hacia sí y apoyando la
barbilla
sobre su cabeza, y para Fay fue como si no existiese nadie más en el mundo.
La
música le llegaba como de muy lejos, y sintió que su cuerpo estaba reaccionando
a la proximidad del de él de un modo que la sorprendió. Era como si algo en su
interior se estuviese tensando haciéndole experimentar una especie de necesidad
que no sabía como saciar. De pronto, estar tan cerca de Tomas se estaba
haciendo insoportable.
Se
apartó un poco, conteniendo el aliento, alzando sus ojos verdes hacia los de
él, aprehensiva.
Él
escrutó su rostro en silencio, consciente de su temor, y de lo que lo había
causado.
—Tranquila,
no pasa nada —le dijo con una leve sonrisa. Pero Fay frunció el
entrecejo.
—Yo...
no sé lo que me está ocurriendo —murmuró—. Tal vez sea la cerveza...
—No
tienes que fingir, conmigo no —le dijo Tomas, tomando su rostro entre
sus
manos, y besándola en la frente con ternura—. Será mejor que nos vayamos.
—¿Tenemos
que hacerlo? —suspiró ella.
Él
asintió.
—Es
tarde.
La tomó
de la mano y la llevó de vuelta a la camioneta. Él también había
empezado
a sentirse excitado, pero era mayor, y más duro en controlar esa clase de necesidad.
Sabía que había despertado el deseo de Fay mientras bailaban, pero no podía
permitir que las cosas se le fueran de las manos. Lo último que le hacía falta
era una niña rica.
Precisamente
por una joven de alta sociedad, su padre había arruinado la
dignidad
de la familia. Todo el mundo en Jacobsville recordaba cómo su progenitor había
seducido a una chica de dinero, casándose con ella para conseguir su fortuna cuando
sólo hacía un mes del entierro de su madre. Tomas lo había pasado muy mal con
aquel escándalo, teniendo que soportar las miradas de la gente y sus
cuchicheos.
No, no
estaba dispuesto a permitir que lo comparasen con su padre, así que no
iba a
empezar algo que no podía terminar, por mucho que la chica lo excitase.
Seguramente,
como todas las de su clase, habría tenido ya varias relaciones, y
seguramente
sería refinada y adictiva..., pero no iba a permitirse el riesgo de
averiguarlo.
Al
llegar al aparcamiento frente al bar, donde había dejado su Mercedes, Fay se sentía
maravillosamente relajada, pero cuando él detuvo la camioneta, el hechizo se rompió,
y volvió a la realidad, recordando con disgusto que iba a tener que volver a casa
y aguantar una buena regañona. Sin duda, su tío Henry estaría enfadado, muy enfadado.
—Gracias
por todo —le dijo a Tomas, volviéndose hacia él cuando hubieron
bajado
de la camioneta y él la acompañó hasta su coche—. Ha sido una noche
realmente
mágica para mí.
—Para mí
también —contestó él. Fay abrió la puerta del Mercedes, y Tomas la
sostuvo
para que se sentara frente al volante—. En adelante mantente alejada de esta parte
de la ciudad, chica rica —le dijo con suavidad—, no perteneces aquí.
Los ojos
verdes de la joven buscaron los suyos.
—Odio mi
vida —murmuró.
—Pues
cámbiala —le contestó Tomas—. Puedes hacerlo si te lo propones. Tal
vez no
estés acostumbrada a tener que pelear por conseguir algo, pero si lo quieres de
verdad, te aseguro que merece la pena que lo intentes.
—
Supongo que sí —musitó ella, jugueteando con las llaves del coche—, sólo que en
mi mundo tienes que jugar duro si quieres ganar, y muchas veces tienes que
jugar sucio.
—En el
mío también —le respondió él—, y eso jamás me detuvo. No dejes que te detenga a
ti.
Fay lo
miró largo rato, y finalmente le dijo con un suspiro:
—Gracias
otra vez, Tomas, no te olvidaré nunca.
— No te
hagas ideas raras —murmuró él con cierta aspereza—. No quiero
complicaciones
ni ataduras, nunca las he querido. Tu mundo y el mío son muy distintos Fay,
sería como intentar mezclar agua con aceite. No intentes cambiar las cosas.
—
Pensaba que eso era lo que acababas de decirme que intentara hacer —indicó ella
contrariada.
—Sí,
pero intenta cambiar dentro de tu mundo, no pasarte al mío. Ese tipo de
cambio
es imposible —le dijo con una sonrisa—. Vete a casa.
Ella
quería contradecirle, pero comprendió que no serviría de nada.
— Será
mejor que me vaya antes de que mi Mercedes se convierta en calabaza
—suspiró—.
Supongo que no querrías darme un beso de despedida, ¿verdad? —añadió enarcando
las cejas esperanzada.
— Sí que
querría —contestó él—, y esa es precisamente la razón por la que no lo voy a
hacer —dijo cerrando la puerta del vehículo y apartándose—. Conduce con cuidado.
Fay le
dedicó una larga mirada antes de poner el coche en marcha y salir a la
carretera.
Mientras se alejaba, vio que él también se había subido a su camioneta, y que
iba justo en la dirección contraria. De pronto, sin poder explicárselo, la
invadió una terrible sensación de pérdida, como si le hubieran arrancado una
parte de sí misma. Y tal vez así fuera, se dijo. No recordaba otra ocasión en
la que se hubiera sentido tan cercana a alguien.
Desde
luego nunca había sido así con su padre y su madre. Los dos habían llevado siempre
vidas independientes, y casi nunca la habían incluido en ninguna de sus actividades.
Había crecido al cuidado de amas de llaves, con la única compañía de institutrices
poco afables, y ningún hermano o amigo de su edad. De una niñez solitaria había
pasado a una adolescencia y juventud igualmente solitarias, y sentía que a
nadie le importaba realmente si era feliz o no. Las cosas no habían cambiado
después de su muerte. Su tío, Henry Rollins, había aceptado hacerse cargo de
ella, y se había ido a vivir con él a Texas, pero tampoco éste parecía
preocuparse demasiado por ella. No tenía una buena posición social, pero ambicionaba
tenerla, y desde que ella llegara había empezado a celebrar fiestas y a conseguir
que los invitaran a otras. La joven se decía que no estaba más que aprovechándose
de ella como trampolín para codearse con las personas que quería, respaldado
por la fortuna que ella pronto heredaría.
Sin
embargo, lo de aquella noche había sido demasiado. Su tío había invitado a
Sean, un
asociado suyo, a cenar, y no se lo había dicho a Fay hasta el último minuto. La
joven estaba harta de que día sí y día no lo llevase a la casa, en ese
celestinaje descarado, y había huido de allí con el coche, sin saber siquiera
dónde iba.
Lo
cierto era que, aunque le echase una buena reprimenda, había valido la pena, tanto
por ver a su patizambo tío correr tras el coche jadeando, como por haber conocido
a un hombre como Tomas, y haber pasado un rato tan maravilloso con él. Y no
sólo eso, Tomas también le había abierto los ojos en muchos aspectos. Le había hecho
ver lo dócil que había sido en su vida, y eso no le gustaba, no le gustaba en absoluto.
Las cosas iban a cambiar, se prometió.
HOLA!! BUENO AQUI ESTAN EL PARA ENTENDER MEJOR O LA SIGNOSIS Y EL CAP 1 ... ESPERO QUE LES GUSTE ESTA NUEVA NOVELA .. YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ...
BIENVENIDAS :))
Sigueeee
ResponderEliminarEsta buenisima virgi me encanto.. espero el próximo cap..
ResponderEliminarSube pronto
ResponderEliminarSiguelaaa!
ResponderEliminarTomas la hubiera besado. :)