viernes, 17 de junio de 2016

4 Y 5

Capitulo 4
Fay tardó casi un cuarto de hora en decidir qué ropa ponerse para su cita con
Tomas. Por la vida que había llevado hasta entonces, nunca había necesitado ropa informal, y no tenía nada que resultase apropiado para aquella ocasión. Finalmente, aunque no muy convencida, se decantó por un traje de falda y chaqueta de seda verde pastel. A pesar de ser lo más sencillo que tenía, se notaba que era caro, y estaba segura de que a Tomas no le gustaría.
Suspiró, encogiéndose mentalmente de hombros, y se vistió y maquilló, cruzando los dedos para que él no saliese corriendo en cuanto la viese.
Sin embargo, tal y como había temido, cuando Tomas fue a recogerla y le abrió la puerta, la miró de arriba abajo con el ceño fruncido.
—Tiene varios años —balbució la joven en su defensa. Entrelazó las manos
nerviosa y buscó sus ojos.
Tomas se metió las manos en los bolsillos. Él se había puesto una chaqueta y un pantalón de sport, junto con una camisa de algodón, sombrero vaquero, y botas, lo que acentuaba aún más la diferencia de clase entre ellos.
—Estás muy guapa —le dijo como a regañadientes.
—Y ostentosa, vamos dilo, sé que es lo que estás pensando —murmuró Fay,
dejando escapar una risa seca—. Pues no me he puesto esto a propósito, es que no tenía qué ponerme.
Tomas enarcó una ceja y sonrió burlón ante lo insólita que sonaba aquella
explicación.
—Me refiero a que no tenía nada sencillo que ponerme —aclaró ella, algo irritada.
—No hace falta que me des explicaciones.
—Pero si hace un momento...
—Me da igual lo que lleves puesto —mintió él para zanjar el asunto—. Sólo vamos a cenar, no voy a ponerme de rodillas en el restaurante para pedirte que te cases conmigo, ni vas a encontrarte un anillo escondido en un rollito de primavera.
Fay enrojeció.
—Ya lo sé —masculló.
—¿Entonces para qué vamos a discutir por eso? — insistió él, encogiéndose de
hombros—. Lo único que quería dejarte claro es que no te hagas ilusiones, que no tengo en mente iniciar una relación seria.
—No es necesario que me lo recalques todo el tiempo, Tomas, eso lo he tenido
muy claro desde el principio —farfulló ella.
—Lo celebro —murmuró él, echando un vistazo en derredor al pequeño
apartamento donde la joven estaba viviendo de alquiler—. Esto es bastante espartano—comentó sorprendido.
—Es todo lo que me puedo permitir con mi salario —respondió ella, cruzando los brazos sobre el pecho—. Y no me importa, únicamente vengo aquí a dormir.
—Entonces, ¿tu tío no te da ninguna ayuda? —inquirió Tomas.
—¿Con la de deudas que tiene? No puede —contestó la joven—. De todos modos, tampoco necesito su ayuda. De momento me las estoy apañando, y dentro de un par de semanas recibiré mi herencia.
Tomas no se atrevió a decir nada al respecto, pero lo cierto era que estaba
empezando a pensar que, dadas las estrecheces económicas de su tío, era probable que estuviese aprovechándose de tener el control sobre el fideicomiso de Fay para solucionarlas. Daba la impresión de que ella no entreveía aquello, pero después de todo no sería ninguna novedad, se dijo él. Después de todo, las mujeres ricas no solían preocuparse en absoluto del estado de sus finanzas.
Se sacó las manos de los bolsillos y se volvió hacia la joven.
—Bueno, ¿nos vamos?
Ella asintió con la cabeza y salieron del apartamento. Fay cerró la puerta con
llave y bajaron a la calle. Mientras caminaban hacia el lugar donde Tomas había dejado aparcado el coche, él la había tomado de la mano, y ella apenas podía pensar con claridad.
Nunca hubiera imaginado que ir de la mano de un hombre pudiera hacerla
estremecer por dentro. Casi tenía la impresión de poder flotar, era como estar en una nube.
Tomas sentía algo similar, pero estaba luchando contra ello con uñas y dientes.
Para empezar, no debía haberle propuesto aquella cita, pero Fay lo atraía de un modo que no alcanzaba a comprender, y había terminando actuando contra lo que la razón le aconséjala ¿Cómo resistirse a ella cuando era tan deliciosamente contradictoria? Siempre le habían gustado los enigmas, y Fay era un enigma que ansiaba resolver.
Estaba casi seguro de que era experimentada en las artes amatorias. Ella, al
menos, nunca lo había negado. Sí, las chicas de su clase no solían llevar una vida precisamente monástica. Le asaltaban los celos cada vez que la imaginaba con otros hombres, y sólo de pensar en los niñatos ricos, a los que veía en las juntas directivas a las que tenía que asistir, los jóvenes con los que probablemente se habría iniciado, se ponía furioso.
Aquel desdén que sentía hacia las clases acomodadas no era más que el resultado de la avaricia desmedida que había movido a su padre a seducir a la tía de Bart Markham, pero no podía evitarlo. Aquel recuerdo le revolvía el estómago. ¿Cómo había sido capaz su padre de hacer algo semejante? ¿Cómo podía haber ido detrás de una mujer a la que le doblaba la edad cuando su esposa, a la que había estado unido veinte años, acababa de fallecer? No se lo había perdonado, y no había vuelto a dirigirle la palabra. De hecho, su presencia en su funeral, cuatro años después, no había sido más
que un puro convencionalismo social. Al poco tiempo supo por el anciano capataz de su padre, que este había seducido a la tía de Bart para conseguir su dinero y poder salvar el rancho Kaulitz, que se remontaba a tres generaciones dentro de la familia Kaulitz, para que él, su hijo lo pudiera heredar, pero eso no lo había hecho sentir lástima, ni tampoco perdonarlo. El fin no justifica los medios, se dijo.
—Estás muy callado —dijo Fay mientras iban en el coche, camino de Houston—¿Te estás arrepintiendo de haberme invitado a salir?
Tomas giró el rostro un instante para mirarla, y volvió la vista a la carretera.
—No, estaba pensando.
—¿En qué? —inquirió ella suavemente.
Él se quedó callado un momento antes de responder.
—En mi padre, en cómo se deshonró y deshonró nuestro apellido. Imagino que
Markham te contaría todos los detalles —añadió. Fay asintió en silencio, bajando la cabeza—. Lo que no te pudo decir porque lo ignoro, es que el motivo que mi padre tuvo fue salvar nuestro rancho, para dejármelo a mí y a los hijos que pudiera tener. Irónico, ¿verdad? Aquí estoy, pasados los treinta, y no me he casado, precisamente por lo que él hizo.
La joven se sentía halagada de que le estuviera confiando algo tan personal.
—¿Qué ocurrirá con el rancho si no tienes descendencia? —inquirió.
—Tengo un sobrino de diez años, Jeff —le contestó él—, el hijo de mi hermana.
Su padre murió al poco de nacer él, mi hermana se volvió a casar hace tres años, y falleció el año pasado. El padrastro de Jeff consiguió la custodia, pero se acaba de volver a casar, y el mes pasado mandó a mi sobrino a una escuela militar. El chico está metiéndose en líos constantemente allí, y odia a su padrastro. Esa es la razón por la que estaba sentado aquella noche en ese bar, el día que nos conocimos. Estaba pensando qué podría hacer para ayudarlo. Jeff quiere venirse aquí a vivir conmigo.
—¿Y no es posible?
Tomas sacudió la cabeza.
—Su padrastro y yo no nos llevamos bien, y tengo razones para creer que ese es el único motivo por el que se niega a cederme la custodia. No hay otro motivo, nunca se ha interesado por Jeff, y desde que su esposa se quedó en estado, menos todavía. Por eso lo envió a la escuela militar.
—Vaya, pobre chico. Imagino que echará en falta a su madre.
—Bueno, supongo que sí, claro —farfulló Tomas—. La verdad es que no lo sé
—admitió—, nunca habla de ella.
—Probablemente la procesión vaya por dentro — respondió ella—. Yo echo
muchísimo de menos a mis padres, aun cuando nunca los veía demasiado.
—¿No los veías? —repitió él, frunciendo el entrecejo.
Fay se rió suavemente.
—Siempre estaban muy ocupados. Mientras fui pequeña estuve a cargo de
institutrices —comenzó a explicarle—, y luego empezaron a salir de viaje, y claro, yo tenía que ir al colegio... en fin, por supuesto lo hacían porque no querían interrumpir mi educación, pero aun así me sentía sola, sobre todo en vacaciones —añadió con el rostro girado hacia la ventanilla, pero consciente de la mirada curiosa del vaquero—. Si alguna vez tengo hijos, pienso estar allí para ellos —dijo de repente—. Nunca tendrán que pasar unas Navidades sin mí.
—Supongo que hay cosas que ni siquiera el dinero puede comprar —murmuró él quedamente. Parecía que aquella chica no había tenido una vida tan fácil como había creído.
—Muchas cosas —asintió Fay con tristeza—, sobre todo el amor.
Se quedaron los dos en silencio, pensativos, y al cabo de un rato llegaron por fin al restaurante.
—Bueno, aquí estamos —dijo Tomas mientras apagaba el motor y salía del
coche.
Rodeó el automóvil para abrir la puerta de Fay y ayudarla a bajar, la tomó de la mano y entraron juntos en el restaurante. La joven se quedó encantada con la cuidada decoración, que nada tenía que ver con la de los chinos en los que había comido hasta entonces, y la suave música oriental de fondo. Era como haber hecho un viaje en el tiempo a la China imperial.
Tomas escrutó su rostro mientras la joven tomaba un sorbo del té de jazmín
que la camarera les había servido.
—Háblame de tu empleo —le pidió—¿Cómo llevas lo de tener que trabajar para
ganarte la vida?
Fay depositó con delicadeza su vasito de té sobre el mantel y sonrió con los
labios y los ojos ante la pregunta.
—Me gusta muchísimo —respondió—. Nunca había sentido que mi vida me
pertenecía, nunca me había sentido responsable de mí misma. Antes siempre tenía a alguien que me dijera lo que tenía que hacer y cómo hacerlo, pero aquella noche que nos conocimos me abriste los ojos. Me hiciste ver cómo era mi vida, y me ayudaste a comprender que podía cambiarla.
— Y yo que pensé que te habías presentado a ese trabajo para perseguirme...
—murmuró él, sonriendo avergonzado ante su propia estupidez—. Pero tienes que comprenderlo, me ha pasado antes: mujeres ricas que intentaban seducirme porque lo veían como un juego, como un reto.
—Bueno, no digo que no seas atractivo —contestó ella apartando la vista—, pero desde luego jamás se me habría ocurrido perseguirte. Tengo demasiado orgullo para eso.
Tomas estaba estudiándola mientras la escuchaba, y cuanto más la miraba, más encantadora le parecía. No era preciosa, pero sí tenía un porte distinguido y elegante, además de unas maneras dulces y un corazón de oro. Y de pronto, sin saber por qué, se encontró preguntándose si a Jeff le gustaría.
Durante el resto de la cena hablaron de todos los temas imaginables, desde la
política hasta la religión, y rieron y bromearon como si fuesen viejos amigos. A Fay la velada se le hizo tan agradable, que cuando llegó el momento de regresar, le parecía que apenas hubiera pasado una hora.
—Bueno, ¿y cómo lo llevas con tu tío? —inquirió Tomas en el camino de vuelta.
—Pues nos tratamos con educación y poco más — respondió ella—. No sé,
últimamente le noto preocupado, y cada día más nervioso, pero nunca consigo que me cuente de qué se trata —añadió.
Tomas conocía un poco a Henry Rollins, y de si algo estaba seguro, era de que
no era un hombre nervioso. Volvió a preguntarse una vez más, si aquello no tendría algo que ver con la herencia de su sobrina.
—Fay... —comenzó, sin saber muy bien cómo decirle aquello—. ¿Qué harías si al final sólo heredases unos pocos dólares y una nota de disculpa?
Ella lo miró incrédula y se rió.
—Eso no es muy probable. Mis padres eran muy ricos. Aunque mi tío se gastase...
—Pero, ¿y si ocurriese?
La joven se quedó callada, mirándose las manos entrelazadas sobre el regazo.
— Sería muy duro —admitió—. No estoy acostumbrada a preguntar el precio de las cosas, ni a negarme caprichos, pero supongo que con el tiempo me haría a ello. Además, no me importa trabajar.
Él asintió con un «ya veo», respirando un poco más tranquilo. Si sucedía lo que se temía, al menos esa actitud le haría las cosas un poco menos difíciles a la joven.
En un momento dado, tomó un desvío de la carretera antes de llegar a
Jacobsville, y Fay se giró hacia él extrañada.
—¿Dónde vamos?
—Quiero enseñarte mi rancho —contestó él con una sonrisa.
Fay se sintió emocionada. Tomas iba a mostrarle su posesión más preciada, lo
que era su vida, el lugar donde se había criado.
Cuando detuvo el coche frente a la casa y apagó el motor, Fay observó extasiada, iluminados por la suave luz de la luna, los parterres y rocallas de flores que había por todas partes.
— ¡Qué bonito! —exclamó mientras bajaba del vehículo.
—Gracias.
—¿Las has plantado tú? —inquirió Fay sorprendida. Nunca hubiera imaginado a un duro vaquero haciendo jardinería.
—¿Quién sino? —le espetó él, algo irritado al ver sus ojos verdes tan abiertos—
Me gustan las flores.
—No he dicho que tenga nada de malo —replicó ella divertida—. A mí también me gustan mucho — añadió, observando el columpio del porche, y escuchando el sonido distante de mugidos de vacas mientras él abría la puerta de la casa.
Al entrar en la vivienda, se sorprendió aún más al ver que estaba decorada con
gusto, y que todo estaba bastante limpio y ordenado. Para ser un soltero parecía que se las apañaba muy bien, y así se lo dijo.
—Gracias por el cumplido, pero me temo que no puedo llevarme todo el mérito. Dos veces por semana viene a ocuparse de las cosas de la casa la esposa de mi capataz—le explicó—. ¿Te apetece un café?
—OH, sí, me encantaría.
—Bien, acomódate como si estuvieras en tu casa— le dijo Tomas, dejando su
sombrero en una percha a la entrada y haciéndola pasar al salón mientras el se dirigía a la cocina—. Será sólo un minuto.
Fay deambuló un poco por el salón, deteniéndose a mirar una fotografía de un
chico sobre una estantería.
Se parecía mucho a Tomas, sólo que tenía los ojos oscuros, y el rostro más
redondeado.
—Es Jeff —le dijo él reapareciendo en ese momento, con un paño de cocina
sobre el hombro.
Se apoyó en una de las jambas de la puerta del pasillo, mientras esperaba que se hiciera el café. La joven observó que se había desabrochado los primeros botones de la camisa, lo que, junto con aquella postura, le daba un aire muy sexy.
—Tiene un aire a ti —comentó la joven, forzándose a apartar la vista y tomando la foto en sus manos—. ¿Os parecíais físicamente tu hermana y tú?
—Bastante —respondió él—, pero Jeff tiene los ojos de su padre.
—¿Es buen chico?
—A veces puede resultar un poco rebelde, pero si le tratas con respeto y sin
imponerle tus razones, sabe responder. Por lo demás, no es muy distinto de los chicos de su edad: le gusta el cine, los deportes... Ahora le ha dado por las artes marciales—añadió—. Se ha apuntado a clases de kárate, y se le da bastante bien.
Fay sonrió al ver la expresión de cariño que se había dibujado en las facciones de Tomas. Se notaba que quería al muchacho.
—Supongo que te sentirás sola ahora que has tenido que venirte a vivir aquí a
Jacobsville —le dijo él de repente—. En las ciudades pequeñas de provincias la gente suele ser bastante cerrada, y les cuesta abrirse a quienes llegan. ¿No has hecho aún amistades?
Fay se quedó dudando.
—Bueno, Abby Ballenger es la esposa de uno de mis jefes, pero me trata como si fuera una amiga, y también están las otras secretarias de la nave.
—Me refería a alguien de tu clase social.
Fay volvió a depositar el marco con la foto de Jeff en la estantería.
—Nunca he tenido amigos ricos —contestó—. No me gusta su forma de
divertirse.
—¿De veras? —respondió él.
Se apartó del marco de la puerta y caminó hacia ella, dejando el paño sobre la
mesa del comedor. Fay estaba vuelta hacia la estantería, y no se atrevió a volverse cuando lo sintió acercarse por detrás, ni tampoco cuando le pasó las manos por la cintura y apoyó la barbilla en su hombro.
—¿Y cuál era su forma de divertirse? —murmuró en su oído, haciéndola
estremecerse por dentro.
—P... pues... fiestas hasta el amanecer, drogas, alcohol... —balbució Fay, sintiendo que las mejillas se le teñían de rubor por la proximidad de él—. La gente de mi clase vive al límite, sin preocuparse de las consecuencias — añadió. De pronto Tomas inclinó la cabeza y la besó suavemente en el cuello—. Es una locura —musitó la joven, sin saber ya qué estaba diciendo.
—Es verdad —asintió él.
La punta de su lengua halló la vena del cuello, y al pasarla por esa zona, notó cómo el pulso de la joven se aceleraba vertiginosamente. Deslizó las manos hacía las caderas de Fay, y hundió los dedos en ellas, apretándola contra sí.
—¿Tomas...? —balbució ella sin aliento.
Las palmas de él se habían colocado sobre su vientre dibujando lentamente
pequeños círculos que provocaron escalofríos de placer que descendían por las piernas de Fay.
Tomas se dijo que, para ser una chica experimentada, no actuaba como si lo
fuera. Debería haberse sentido irritado porque, a pesar de que la deseaba muchísimo, el seducir a jóvenes vírgenes no estaba en su línea, pero la posibilidad de que fuera inocente lo excitó aún más. Tenía que averiguar si sus sospechas eran ciertas o no.
La hizo darse la vuelta, y le alzó el rostro hacia el suyo, tomando sus labios
entreabiertos en un beso apasionado. Lo que ocurrió entonces lo asombró a él mismo. El contacto con la boca de Fay fue explosivo. Había mantenido el control sobre su deseo hasta ese instante, pero de repente se encontró teniendo que luchar para no perder la cabeza.
Aquello no debía estar pasando, se dijo conteniendo el aliento al notar como el
cuerpo de la joven se derretía contra el suyo. Como si tuvieran vida propia, sus manos la tomaron por la parte posterior de los muslos, alzándola hacia él, y empezaron a temblarle las piernas, al tiempo que notaba que los músculos de todo su cuerpo se tensaban.
Fay gimió suavemente. Nunca había experimentado un ansia como aquella que la estaba invadiendo. Hasta entonces, cada vez que había salido con un chico y habían empezado a besarse, siempre había sido capaz de apartarse cuando notaba que la situación se le iba de las manos, pero con Tomas parecía imposible. Incapaz ya de seguir pensando, le rodeó el cuello con los brazos, y se abandonó a sus besos.
Al cabo de unos instantes, la joven notó la creciente excitación de Tomas
contra su vientre, y de pronto comprendió que no podría rechazarlo, por mucho que supiese que aquello era una locura.
Las manos de Tomas invadieron la chaqueta, y atravesaron también la barrera
de su blusa, desabrochando ambas y abriéndolas, para posar sus labios segundos después sobre la parte superior de un seno que quedaba fuera del sostén de encaje.
Fay se aferró a él, temblando al sentir que sus besos se volvían más ardorosos.
Tomas apartó el tirante, empujándolo con la nariz, para poder llegar hasta el duro y cálido pezón, y Fay gimió extasiada. El placer que estaba experimentando era casi insoportable. Enredó sus dedos en el cabello oscuro de Tomas y tiró suavemente de él mientras el vaquero succionaba en un silencio impregnado de deseo.
—Oh, Fay... eres tan suave... tan dulce... sabes a gardenias... —jadeó.
Sus manos le desabrocharon el sujetador y lo deslizaron hacia abajo, dejándolo
caer hasta la cintura de la joven, junto con la blusa y la chaqueta. Sus ojos grises, brillantes por el deseo, se detuvieron a admirar la belleza rosada de sus senos desnudos, coronados por sendas puntas erguidas, y al momento siguiente, estaba adorándolos con las manos y los labios, escuchando encantado los gemidos que escapaban de la garganta de Fay.
—Eres tan preciosa... —le susurró, pasando la mejilla por sus suaves senos—. Fay, haces que todo mi ser palpite. Mira, siéntelo...
Una de sus manos bajó hasta la cadera de ella, y la atrajo hacia sí para mostrarle lo excitado que estaba. Fay volvió a gemir, y buscó desesperada su boca, dejando que él hiciera el beso más profundo mientras seguía acariciándole los senos.
—¿Me deseas, Fay?, ¿Me deseas? —le preguntó Tomas jadeante.
— ¡Sí! —respondió ella en un hilo de voz—, ¡Sí!
Tomas se estremeció con violencia. Nunca había sentido nada semejante con
ninguna mujer.
—¿Tienes algo que usar? ¿Estás tomando la píldora?
La joven se apartó un poco de él, para mirarlo a los ojos, con la respiración
temblorosa.
—No.
«No». Aquella palabra resonó una y otra vez en la mente de Tomas. Sabía que
ella estaba más que dispuesta a entregarse a él, pero corría el riesgo de dejarla embarazada. ¡Embarazada! Maldijo entre dientes y se apartó de ella, volviendo a la cocina con la vista nublada por el deseo contenido y cerró tras de sí de un portazo.
La pobre Fay se había quedado anonadada allí de pie. Se dejó caer en el sofá, y se volvió a abrochar el sostén, la blusa y a colocarse la chaqueta. Las manos le temblaban de tal modo, que tardó varios minutos en completar la operación. Pasó aún un buen rato antes de que Tomas regresara con una bandeja con tazas y el café.
La joven era incapaz de mirarlo a la cara. Sabía que debía estar terriblemente
pálida, aún se sentía temblar, y su respiración y su pulso eran irregulares.
Tomas puso una taza de café frente a ella sin decir nada. Fay sintió que el sofá
se hundía un poco más bajo el peso de él al sentarse, pero siguió con la cabeza gacha. Pero entonces, al ir a extender la mano hacia la taza, la de él se adelantó y se la tendió. Ella alzó la mirada al fin, y sintió alivio al ver que la expresión en sus ojos grises no era de enfado, sino más bien de curiosidad, e incluso de afecto.
—Gracias —musitó, tomando la taza con su platillo y sorbiendo un poco de su
contenido.
Tomas esbozó una sonrisa amable.
—De nada.
—Yo lo siento mucho, Tomas... —comenzó ella atropelladamente.
Pero él puso el índice sobre sus labios para que lo dejara hablar.
—No, soy yo quien lo siente. No debería haber dejado que las cosas llegaran tan lejos.
—Estabas... me pareció que estabas enfadado — dijo ella insegura, bajando de
nuevo los ojos a la taza.
—Enfadado no, irritado — corrigió él—, pero no por culpa tuya —la tranquilizó—.Hace un rato estaba más excitado de lo que lo había estado en toda mi vida, y al obligarme a parar... bueno, para un hombre el tener que contenerse es bastante... incómodo —le explicó.
—OH —musitó ella sonrojándose.
Tomas se recostó sobre el respaldo del sofá y tomó un sorbo de su café,
observándola fijamente.
—¿Cómo es que aún eres virgen? —le preguntó de repente.
Fay casi se le resbaló la taza de las manos.
—¿Q... qué has dicho?
—Lo que has oído —dijo él suavemente—. ¡OH! Vamos, Fay, si ni siquiera podrías fingir... En cuanto te toco, te entregas a mí sin rendición.
La joven se sonrojó y apartó el rostro.
—De acuerdo, pues sí, soy virgen, restriégamelo por la cara si quieres
—murmuró.
—No te ofendas, mujer —le dijo él con una sonrisa maliciosa—. Lo que ocurre es que nunca le he hecho el amor a una virgen y... bueno, la verdad es que estaba resultando fascinante —admitió—. Es curioso, estabas dispuesta a lanzarte en picado, sin importarte las consecuencias. Casi da miedo el efecto que puede tener la pasión, ¿no es cierto?
Ella lo miró con un mohín.
—¿Te diviertes haciéndome ver lo inexperta que soy?
—La verdad es que sí —bromeó él.
Los dos se echaron a reír, y de pronto Fay advirtió que algo había cambiado
entre ellos. Sólo con mirarlo, sentía que el corazón le latía con fuerza, y se dijo que, si él le diera la oportunidad, estaba segura de que sería capaz de amarlo.
Tomas extendió la mano y le acarició la mejilla con ternura.
—Anda, vamos, te llevaré a tu apartamento —le dijo—. Y en adelante harías bien en mantenerte alejada de los ranchos de tipos solitarios como yo, ¿de acuerdo?
— ¡Pero si fuiste tú quien me trajo aquí! —exclamó ella con incredulidad.
—Eso, échame la culpa a mí —bromeó él, mientras se levantaban y se dirigían a la puerta—, siempre es el hombre el que induce a la dulce e inocente doncella a una vida de pecado.
Fay frunció el entrecejo.
—Pues en los libros siempre son las mujeres perversas las que seducen a los
santos varones de recta moral y los pierden —apuntó ella divertida.
—No existen hombres inocentes —respondió él, enarcando las cejas, mientras
cerraba la puerta con llave cuando hubieron salido al porche.
Fay se encogió de hombros, rindiéndose, y bajaron las escaleras de la entrada,
caminando hacia el coche en silencio. Sin embargo, una vez estuvieron sentados dentro del vehículo, Tomas se quedó con la mano en el contacto un instante, como pensativo, y se volvió hacia ella, mirándola a los ojos.
—Puede que sea un error —le dijo—, pero si estás dispuesta a arriesgarte, yo
también.
Fay lo miró confusa.
—¿A arriesgarme? —repitió.
Tomas deslizó una de sus grandes manos bajo la barbilla de la joven y la atrajo hacia sí, besándola respetuosa y tiernamente.
—Antiguamente lo llamaban «cortejo» —le susurró.
La joven sintió que la inundaba una oleada de calor y lo miró con los ojos muy
abiertos.
Él asintió muy solemne.
—Lo sé, sé que te he dicho que no creía en el matrimonio, pero sí creo que
siempre hay una mujer que puede hacer que un hombre cambie de opinión —bajó la vista a los labios de Fay—. Quiero conseguir la custodia de Jeff, y si me casara tendría más posibilidades de conseguirla. Pero no se trata sólo de eso —añadió al ver cómo la ilusión se desvanecía de su rostro—, tú y yo también podríamos darnos muchísimo el uno al otro. No sé, tal vez podríamos darnos una oportunidad, empezar a salir, y ver dónde nos conduce esto.
—Pero soy una chica rica —murmuró ella indecisa—, y tú dijiste...
—No te preocupes, te doy mi palabra de que no te lo echaré nunca en cara
—repuso él en tono de broma, sonriendo y besándola de nuevo.
Lo que no mencionó, era que tenía dudas acerca de esa herencia que iba a recibir. De hecho, tenía el presentimiento de que no iba a heredar nada en absoluto, y eso la dejaría al mismo nivel que él. Se sentiría perdida cuando eso ocurriera, y sentía que no podía dejarla sola. Además, era una chica muy dulce, y él la deseaba; Jeff necesitaba un hogar estable; y tampoco le iría mal contraer matrimonio, si con ello lograba mejorar la visión que de él tenía el nuevo presidente de Mesa Blanco.

Capitulo 5
Al día siguiente, Fay fue como flotando a las oficinas de la nave de los
Ballenger. Se sentía casi incapaz de concentrarse en el trabajo.
Los sueños que se había permitido tejer en torno a Tomas no habían incluido
nunca el matrimonio. Claro que era natural, después de que él le hubiese dicho que no quería casarse, y que la hubiera atacado sin piedad por haber creído que estaba persiguiéndolo. Resultaba irónico que después de todo hubieran acabado en la misma órbita. ¿A qué se debería aquel repentino y drástico cambio? Él le había dicho que tener una esposa le ayudaría a conseguir la custodia de su sobrino, pero con todo lo que se había metido con ella por ser una chica rica...
—¿Cómo va todo? —inquirió Abby, apareciendo de repente frente a su mesa.
—OH, muy bien, va todo bien —respondió de corrido a Abby, dejando a un lado sus pensamientos, y organizando los papeles de su mesa.
—¿Seguro? —inquirió la esposa de su jefe, enarcando una ceja—. Te veo como
distraída...
—Bueno, es que... —Fay miró a ambos lados para asegurarse de que nadie las
escuchaba, y se inclinó hacia delante—, Tomas me ha pedido salir.
— ¿T. Kaulitz? —exclamó Abby estupefacta.
—No pongas esa cara —se rió Fay—, va en serio. Anoche se comportó como un
perfecto caballero conmigo, e incluso me ha hablado de compromiso.
—¿«Compromiso...»? ¿Tomas? —repitió Abby sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo.
Fay asintió con la cabeza.
—¿Sabías que tiene un sobrino de diez años y que quiere conseguir su custodia?
—Sí, lo sabía —respondió Abby poniéndose seria—. Pobre chiquillo, ¿verdad?,
viviendo con un padrastro que ni siquiera se preocupa por él... La verdad es que Tomas no me gusta demasiado, pero le honra que quiera encargarse del chico —añadió. De pronto frunciendo el entrecejo—. ¿No será esa la razón por la que te pedido que salgas con él?
— Probablemente —respondió Fay con una débil sonrisa —, no pienso engañarme ni hacerme ilusiones, pensando que se ha enamorado perdidamente de mí, tal vez un día llegue a quererme. El amor es algo que lleva tiempo.
— Puede ser —admitió Abby—, pero, ¿cómo es de repente no le importa que
vayas a ser rica dentro de poco?
Fay encogió de hombros.
— No lo sé, yo tampoco lo comprendo, pero me ha dicho que eso no importaría.

Abby no dijo más, pero después, mientras almorzaba con Calhoun, le confió a
este sus dudas respecto a la relación que Fay acababa de iniciar.
—Me temo que la pobre está abocada a una caída bastante grande. Dice que Tomas le ha asegurado que no le importa su herencia, pero ya sabes cómo ha sido siempre con las mujeres ricas...
Calhoun asintió con la cabeza.
—Tengo la sospecha de que hay algo que su tío Henry está ocultándole —le dijo—. De hecho, me pregunto si a Fay le quedará algo de su herencia para cuando cumpla los veintiún años.
—Yo tengo la misma inquietud —le confesó su esposa—. Pobre Fay... Estoy segura de que Tomas no la ama. Siempre ha sido un donjuán, y dudo que sea capaz de sentir nada profundo por una mujer.
Calhoun enarcó una ceja y frunció los labios.
—Bueno, quizá se esté reformando. A todos nos llega antes o después nuestro
San Martín —bromeó entre risas, ganándose un coscorrón de su esposa.

Fay no volvió a ver a Tomas en varios días. La había llamado para decirle que
tenía que salir de la ciudad y que la volvería a llamar cuando regresase. No le había parecido que sonase como un enamorado impaciente por volver a verla, sino más bien como si estuviese irritado, como si para empezar ni siquiera hubiese querido telefonearla. Desde entonces, Fay había estado deprimida, preguntándose si Tomas no se estaría arrepintiendo de la proposición que le había hecho.
Dos días después de su partida, había ido a ver a Barry Holman, su abogado, para hablar de la herencia. Cuando llegó, vio para su sorpresa que su tío Henry estaba allí, y que el señor Holman parecía muy serio.
—Siéntate, Fay —le dijo este, permaneciendo de pie hasta que ella hubo ocupado el asiento junto a su tío.
—Son malas noticias, ¿verdad? —murmuró Fay, mirando intranquila a uno y a
otro.
—Me temo que sí —comenzó Barry Holman, y le explicó la situación: no iba a
recibir ni un centavo.
—Lo siento, cariño —le dijo su tío apesadumbrado—. Te juro por Dios que he
hecho todo lo que ha estado en mi mano para solucionarlo, pero me ha sido imposible. Si te presioné para que consideraras casarte con mi amigo Sean, fue porque tiene una buena posición social y pensé que... bueno, que si os llevabais bien y te casabas con él, no tendrías que enfrentarte a una situación como esta.
—Pero, ¿por qué no me lo dijiste, tío Henry?, ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—inquirió ella desolada.
—No sabía cómo hacerlo —fue la respuesta del hombre—, tu padre tenía todo su dinero metido en bolsa, y por desgracia sus últimas inversiones no fueron muy acertadas. Cuando traté de liquidar las acciones ya era demasiado tarde: habían perdido todo su valor. No queda nada... —murmuró angustiado —, nada. Pero las puertas de mi casa siempre estarán abiertas para ti, Fay —añadió—. Si quieres volver...
Pero ella sacudió la cabeza.
—Tengo un empleo —le dijo tercamente. Un empleo que era sólo temporal y
acabaría muy pronto, se recordó con el corazón en un puño. Sentía deseos de llorar.
—Bueno, al menos tienes el Mercedes —le dijo su tío —. Puedes venderlo a un
buen precio. Si quieres podría encargarme de hacer los trámites necesarios. Así dispondrías de un pequeño capital en caso de un imprevisto.
—Se lo agradecería mucho —contestó ella sin entusiasmo—. Mañana le traeré la documentación del coche si le parece bien.
—Claro —asintió el letrado—. Bien —continuó carraspeando—, sé que no estarás de humor para esto, pero ya que estás aquí, y que tu tío también ha venido, creo que deberíamos revisar los tres juntos unos papeles, y también necesitaré que leas y firmes algunos, Fay...
La joven apenas escuchó una palabra de lo que le dijo a continuación. Se sentía aturdida. Hacía sólo una semana había contado con una herencia que evitaría que tuviese que preocuparse por el resto de su vida, y de pronto no tenía absolutamente nada.
De golpe y porrazo se había convertido en un miembro más de la clase
trabajadora. Dios, ¿qué iba a hacer cuando su contrato terminase?
Al salir del bufete del señor Holman fue a una cafetería cercana, pero apenas
probó bocado del sándwich y la ensalada que había pedido. Regresó a la oficina, y pasó el resto del día preocupada. Calhoun advirtió que le sucedía algo, pero cuando le preguntó, ella se limitó a sonreírle, y le aseguró que sólo tenía un pequeño dolor de cabeza.
Aquella respuesta no engañó a su jefe, que sabía cual era su situación y, aunque en principio dudó si debía hacerlo o no, terminó entrando en su despacho, levantando el auricular del teléfono, y marcando el número de Barry Holman.
—Barry, sé que no puedes revelar los detalles de los asuntos de tus clientes
—comenzó cuando el letrado contestó—, pero he notado a Fay preocupada, y quiero ayudar, así que me bastaría con un sí o no: no va a recibir un solo centavo de herencia, ¿verdad?
El letrado asintió.
—Justo lo que me temía —murmuró Calhoun—. Pobre chiquilla...
—Calhoun, ya que dices que quieres ayudar —respondió Barry Holman—, Fay me comentó que sólo la habíais contratado temporalmente, y seguramente eso debe estar angustiándola bastante. Por primera vez en su vida va a tener que apañárselas sola, y ahora más que nunca necesita de un empleo estable.
—No hay problema —respondió Calhoun al momento—, estamos muy contentos con ella. Le encontraremos un hueco. ¡Ese condenado Henry Rollins...!
—En realidad no es culpa suya —lo defendió el abogado—: el padre de Fay tenía su capital invertido en bolsa, y sus acciones han caído en picado, eso es todo. De hecho
Henry intentó salvar lo que quedaba, pero le fue imposible.
—Vaya, ahora me siento ruin por haber pensado mal de él.
—Lo mismo me ha ocurrido a mí —admitió Holman—. Bueno, tengo que dejarte. Espero que esto quede entre nosotros.
—Quédate tranquilo —le dijo Calhoun—. A Fay sólo le diré que se ha vuelto tan
valiosa para nosotros que no queremos perderla. Y es la verdad, además — añadió.
Barry Holman se rió suavemente.
— Os estará muy agradecida. Hasta luego, Calhoun.
—Hasta luego.
Cuando colgó, Calhoun se quedó un instante pensativo, y volvió a levantar el
auricular para marcar el número de Tomas Kaulitz.
—¿Sí? —fue la abrupta respuesta.
—No esperaba encontrarte en casa. Creía que estabas fuera de la ciudad —dijo
Calhoun.
—Lo estaba. He llegado hace sólo quince minutos. ¿Para qué me llamabas? ¿Hay algún problema con el ganado?
—No, es acerca de Fay.
Hubo un silencio repentino al otro lado de la línea.
—¿Qué ha ocurrido? —inquirió Tomas agitado.
Calhoun no supo si sentirse aliviado o no al escuchar aquella nota de preocupación en su voz. Pensandolo bien, podía ser que sintiese verdadero afecto por ella, y que estuviese intranquilo por lo que le hubiera podido pasar. Pero, por otra parte, su preocupación se explicaría también si su interés radicaba sólo en la fortuna que se suponía iba a heredar Fay. En fin, si esa última suposición era cierta, al menos le estaría haciendo un favor a Fay al contarle a Tomas lo que había sucedido, ya que sin duda se alejaría de ella.
—Voy a contarte algo que no debería saber —le dijo a Tomas—, y que por
supuesto se supone que no debería contar a nadie, así que primero necesito que me des tu palabra de que no irás comentándolo por ahí.
—Sí, sí, la tienes. ¿Qué es lo que ha pasado? —inquirió Tomas impaciente.
—Fay no va a recibir ni un solo centavo de herencia. Su padre lo perdió todo.
Tomas no dijo nada, y Calhoun se sintió apenado por Fay, pero de pronto unas risas suaves le llegaron a través de la línea. Calhoun se apartó el auricular de la oreja, estaba perplejo.
—Perdona —dijo Tomas al ver que Calhoun se había quedado callado del
asombro por su reacción—. De algún modo intuí que algo así sucedería, y por supuesto lo siento por ella, pero no puedes imaginarte lo que me alegro por otra: no quería que la gente pensara «otro Kaulitz detrás de una chica rica». Ahora ya no tendré que preocuparme por eso.
—Entonces... ¿vas en serio con ella? —inquirió Calhoun sorprendido.
—¿Tan difícil resulta de creer? Vamos, Calhoun, trabaja para vosotros... No creo que no os hayáis dado cuenta del corazón tan grande que tiene —y entonces lo fastidió todo añadiendo—: Es justo la clase de madre adoptiva que mi sobrino necesita.
—De modo que vas a casarte con ella únicamente para conseguir la custodia, ¿no es así? —le preguntó Calhoun con desdén.
—Los motivos que tenga son cosa mía, Ballenger —le espetó Tomas irritado—. Y si Fay acepta casarse conmigo, tampoco es asunto tuyo ni de nadie.
—¿Y qué pasa si ella está enamorada de ti? ¿No te has parado a pensar en eso?
—Es demasiado joven como para saber lo que es el amor —fue la despreocupada respuesta de Tomas—. Está encaprichada conmigo, y necesita a alguien a su lado que le dé seguridad. Y yo puedo dársela.
Calhoun masculló un insulto.
—Eres aún más despreciable de lo que pensaba.
—Como te he dicho, nada de esto es asunto tuyo. Mañana por la mañana me
pasaré por vuestra nave para echarle un vistazo al ganado de Mesa Blanco —y colgó, dejando a Calhoun furioso.
Cuando colgó el auricular, Tomas se quedó sentado pensativo. Le molestaban las implicaciones que había hecho Calhoun respecto a su interés por Fay.
Apreciaba a la joven, y se sentía físicamente atraído por ella como no le había
ocurrido con ninguna otra mujer, pero para él lo más importante era conseguir la custodia de su sobrino, rescatarlo del infierno en el que estaba viviendo. Le había costado sudor y saliva convencer a su detestable cuñado de que permitiera al chico ir a visitarlo durante sus vacaciones de primavera, y ahora que ya lo tenía consigo, iba a luchar para que no tuviese que volver con él. De hecho, le había pedido al abogado de Mesa Blanco que hiciese los trámites necesarios para reclamar la custodia de Jeff.
—¿Seguro que no te molesta tenerme aquí, tío Tom? —le preguntó el muchacho, repantigado en el sillón junto a él, mientras veían las noticias deportivas.
— Por supuesto que no —le respondió Tomas —. Siempre nos hemos llevado bien, ¿o no?
Jeff esbozó una amplia sonrisa.
— Sí. Oye, ¿podemos ir a montar a caballo mañana?
—Tal vez —respondió Tomas—. Pero antes de nada iremos a la nave de engorde de los Ballenger. Quiero que conozcas a alguien.
—A Fay, ¿a qué sí? —inquirió Jeff, sonriendo con picardía al ver la expresión
sorprendida en el rostro de su tío—. No has hablado de otra cosa en el avión — añadió.
Tomas encendió un cigarrillo, con los ojos fijos en la pantalla del televisor. No
sabía que fuera tan transparente. Lo cierto era que había echado de menos a la joven, pero su orgullo le impedía admitirlo.
Toda su vida había sido un bala perdida, y aunque estuviera dispuesto a casarse con ella por el bien de su sobrino, no tenía intención de renunciar a su libertad.
—¿Y ya la has llamado para decirle que vamos? —preguntó el chico.
—No —respondió Tomas, frunciendo el ceño. Quería hacerlo, quería llamarla,
volver a oír su voz, pero no iba a sucumbir a la tentación. No iba a comportarse como un adolescente loco de amor.
—¿Y no vas a llamarla? —insistió Jeff.
—No, será una sorpresa —farfulló su tío, incómodo.
—Me gusta esto —dijo el chico al cabo de un rato—. Odio la escuela militar. No
puedes hacer nada sin pedir permiso.
— Bueno, tampoco esperes que te vaya a dejar convertirte en un salvaje
mientras estés aquí —le advirtió su tío con una media sonrisa.
—Ya lo sé, pero al menos tú no me odias como mi padrastro —respondió Jeff—Y desde que se casó con esa mujer y ella se quedó embarazada, es mucho peor. Dice que le pone enfermo sólo verme. Ni siquiera quería a mi madre.
Tomas apretó la mandíbula.
—Lo sé.
No dijo nada más, para no añadir más furia a la del chico, pero sabía muy bien a lo que se refería Jeff. Las infidelidades de su cuñado habían hecho de su hermana una mujer amargada y triste. Ella lo había amado, pero su desprecio la había sumido en una profunda depresión, y una simple neumonía se la había llevado, dejándolos con el corazón roto a Jeff y a él.
—No sé qué pudo ver mamá en él —se preguntó el muchacho en voz alta—. Bebe como un cosaco, y apenas se queda una noche en casa. De hecho, creo que ya está engañando a mi madrastra con otra. El otro día llamó una mujer, me arrancó el teléfono de la mano para ponerse él, y luego le mintió a ella, diciéndole que era un tipo del seguro.
Aquello no sorprendió a Tomas, aunque sí la suspicacia del muchacho, y lo miró con tristeza, indignado de que a sus diez años tuviera que ser testigo de semejantes bajezas.
—Olvidémonos por unos días de su existencia, ¿de acuerdo? —le propuso a
Jeff—. ¿Te apetece una partida de ajedrez?
—Genial. Te voy a dar una paliza, ya verás, tío Tom.

Entretanto, Fay estaba tratando de hacerse a la idea de su nueva situación.
Tenía que lograr superar el miedo a tener que valerse por sí misma, pero no era nada sencillo. Al menos, se dijo intentando animarse, ya había dado un gran paso al haberse independizado y empezado a trabajar, y eso era un comienzo. Si hubiera seguido viviendo con su tío Henry en vez de estar en un apartamento de alquiler, en ése momento se estaría sintiendo atrapada además de acongojada por lo incierto de su futuro.
Era curioso que hubiese llegado a sospechar de su tío, y que finalmente lo
sucedido no tuviese nada en absoluto que ver con él. Sonrió débilmente al recordar lo que le había dicho, que si había tratado de emparejarla con Sean, su asociado, había sido únicamente por lograr que tuviese una seguridad. Se sentía agradecida por esa preocupación, pero deseaba que la hubiese puesto antes al corriente de su situación.
En fin, se dijo suspirando, siempre podía escribir a su tía abuela Tessie para
suplicar ayuda si las cosas se ponían desesperadas. Aquella anciana mujer era hermana de su abuelo materno, y a veces, cuando sus padres estaban de viaje, había pasado largas temporadas con ella. Ambas se profesaban un afecto sincero, y se mantenían en contacto mediante la correspondencia y el teléfono.
Se secó las lágrimas de las mejillas, preguntándose cuándo regresaría Tomas a la ciudad. Claro que, quizá no tuviera sentido que siguiese pensando en él porque, a pesar de que él le había asegurado que no quería tener una relación con una mujer rica, probablemente se apartaría de ella cuando supiese que no iba a heredar nada. El tiempo lo diría. Por el momento tenía bastante con sus propios problemas, se dijo mientras sacaba de un cajón la documentación del Mercedes. Al menos con su venta podría tener unos ahorros en caso de necesidad.
A la mañana siguiente, después de llevarle los papeles a Barry Holman, se fue a la nave, y trató de concentrarse en el trabajo para no darle más vueltas a las cosas.
Cuando ya era casi la hora del almuerzo, mientras archivaba unos contratos, la puerta de la oficina se abrió, y apareció Tomas con un chiquillo de cabello oscuro. ¡Había vuelto! Y aquel muchacho sin duda debía ser Jeff. El corazón de Fay empezó a latir apresuradamente, pero logró esbozar una sonrisa cuando se acercaron a su mesa.
— ¡Qué sorpresa!—exclamó.
—Fay, te presento a mi sobrino Jeffrey —le dijo Tomas. Se volvió hacia el
chico—. Jeff, ella es Fay York.
—¿Cómo estás? —la saludó el muchacho, observándola curioso—. Eres muy guapa.
—Vaya, gracias —murmuró ella riéndose y sonrojándose un poco.
—A mi tío le gustas, ¿sabes? —la picó él con una sonrisa picara.
—Jeff, es suficiente —le advirtió Tomas, enarcando una ceja—. Anda, ya
puedes ir fuera a ver el ganado, pero no te vayas a meter en los rediles, y no molestes a los hombres que hay trabajando, ¿entendido?
—¡Sí, señor! —respondió el chico con entusiasmo.
Y salió como un torbellino de la oficina, casi chocándose con un peón, que se rió divertido.
—¿Podrías echarle un ojo, Ted? —le pidió Tomas—. Es mi sobrino.
—Descuide, señor Kaulitz —respondió el hombretón, saliendo también de la
oficina. Tomas se volvió hacia Fay.
—Es un verdadero terremoto —le dijo—. Siempre hay que estar pendiente de él para que no se haga daño.
Escrutó un instante el rostro de la joven. La sonrisa no había abandonado sus
labios, pero no era una sonrisa verdadera, y podía entrever en sus ojos verdes la tormenta que había en su interior.
—¿Has tenido un buen viaje? —le preguntó Fay para romper el incómodo silencio.
Él asintió con la cabeza.
—Jeff y yo llegamos anoche.
La noche anterior... y no la había llamado. Bien, al menos ya sabía qué esperar. Fay palideció ligeramente, pero la sonrisa permaneció imperturbable en su rostro.
— Ya veo.
Tomas advirtió un cierto matiz tenso en su voz pero le quitó importancia.
—En realidad venía a preguntarte si te apetece venir a almorzar con nosotros.
Nada formal, Jeff quiere ir a una hamburguesería, ya sabes cómo son los chicos de su edad.
Fay habría querido aceptar la invitación pero se dijo que lo mejor sería acabar
con aquello antes de hacerse daño a sí misma.
—Me temo que no podrá ser, pero gracias de todos modos.
—Pero, ¿por qué no?
—Tengo que ir a ver al señor Holman. Va a encargarse de los trámites para la
venta de mi Mercedes — respondió en un tono tirante, como desafiándolo a que se atreviera a burlarse de ella—. Antes o después te enterarás, así que te lo diré yo misma: no voy a heredar nada. Mí padre perdió todo el dinero en bolsa, así que no ha quedado un centavo. Lo único que me queda es el coche, y voy a deshacerme de él para poder tener algún dinero en caso de emergencia.
A Tomas le dolió el modo en que le dijo aquello. Parecía como si estuviera
acusándolo de que únicamente se hubiera interesado en ella por el dinero. ¿Acaso había olvidado que en un principio la había rechazado precisamente por ser una chica rica?
—Fay, tu dinero nunca me ha importado —le dijo, frunciendo el ceño.
—¿De veras? —replicó ella desafiante—, ¿por qué iba a interesarte sino?
Tomas entornó los ojos.
—Así que, después de todo, sí que creíste lo que te dijo Markham... Piensas que soy un hombre capaz de hacer cualquier cosa por dinero, igual que mi padre — sus facciones se endurecieron por la ira apenas contenida. Nunca hubiera creído que la joven fuera igual que las personas de Jacobsvilie que lo medían con el mismo rasero que a su padre —.Si esa es la opinión que de mí, puedes irte al infierno—masculló, giró sobre los talones y salió de la oficina.
Fay se había quedado temblando en su asiento. No había querido decir eso, pero los difíciles momentos por los que estaba pasando y el miedo a que él la hiriera, la habían empujado a ello. Tal vez fuera lo mejor después de todo, se dijo conteniendo las lágrimas y mordiéndose el labio inferior. Para empezar, él ni siquiera la amaba, y estaba convencida de que, si hubiera seguido albergando esperanzas, él habría acabado partiéndole el corazón.
En ese momento, fuera, Tomas se dirigía al aparcamiento de la nave, con Jeff a su lado, que lo estaba mirando perplejo.
—¿Qué ha pasado, tío Tom?
—Nada —zanjó Tomas—. Vamos a ir a ese centro comercial al que querías ir, y
luego iremos a comer.
—Pero, ¿no iba a venir Fay también? ¿Es que no quiere venir?
Habían llegado junto al coche. Se detuvieron, y Tomas sacó la llave y la
introdujo en la cerradura.
—Está ocupada —respondió en el mismo tono cortante—. Sube.
Jeff se encogió de hombros y obedeció sin decir nada más, preguntándose si
algún día llegaría a entender a los adultos.

HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS .. 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... BUENO HASTA PRONTO :))

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