Capitulo
4
Fay
tardó casi un cuarto de hora en decidir qué ropa ponerse para su cita con
Tomas.
Por la vida que había llevado hasta entonces, nunca había necesitado ropa informal,
y no tenía nada que resultase apropiado para aquella ocasión. Finalmente, aunque
no muy convencida, se decantó por un traje de falda y chaqueta de seda verde pastel.
A pesar de ser lo más sencillo que tenía, se notaba que era caro, y estaba
segura de que a Tomas no le gustaría.
Suspiró,
encogiéndose mentalmente de hombros, y se vistió y maquilló, cruzando los dedos
para que él no saliese corriendo en cuanto la viese.
Sin
embargo, tal y como había temido, cuando Tomas fue a recogerla y le abrió la
puerta, la miró de arriba abajo con el ceño fruncido.
—Tiene varios
años —balbució la joven en su defensa. Entrelazó las manos
nerviosa
y buscó sus ojos.
Tomas se
metió las manos en los bolsillos. Él se había puesto una chaqueta y un pantalón
de sport, junto con una camisa de algodón, sombrero vaquero, y botas, lo que acentuaba
aún más la diferencia de clase entre ellos.
—Estás
muy guapa —le dijo como a regañadientes.
—Y
ostentosa, vamos dilo, sé que es lo que estás pensando —murmuró Fay,
dejando
escapar una risa seca—. Pues no me he puesto esto a propósito, es que no tenía
qué ponerme.
Tomas
enarcó una ceja y sonrió burlón ante lo insólita que sonaba aquella
explicación.
—Me
refiero a que no tenía nada sencillo que ponerme —aclaró ella, algo irritada.
—No hace
falta que me des explicaciones.
—Pero si
hace un momento...
—Me da
igual lo que lleves puesto —mintió él para zanjar el asunto—. Sólo vamos a
cenar, no voy a ponerme de rodillas en el restaurante para pedirte que te cases
conmigo, ni vas a encontrarte un anillo escondido en un rollito de primavera.
Fay
enrojeció.
—Ya lo
sé —masculló.
—¿Entonces
para qué vamos a discutir por eso? — insistió él, encogiéndose de
hombros—.
Lo único que quería dejarte claro es que no te hagas ilusiones, que no tengo en
mente iniciar una relación seria.
—No es
necesario que me lo recalques todo el tiempo, Tomas, eso lo he tenido
muy
claro desde el principio —farfulló ella.
—Lo
celebro —murmuró él, echando un vistazo en derredor al pequeño
apartamento
donde la joven estaba viviendo de alquiler—. Esto es bastante espartano—comentó
sorprendido.
—Es todo
lo que me puedo permitir con mi salario —respondió ella, cruzando los brazos
sobre el pecho—. Y no me importa, únicamente vengo aquí a dormir.
—Entonces,
¿tu tío no te da ninguna ayuda? —inquirió Tomas.
—¿Con la
de deudas que tiene? No puede —contestó la joven—. De todos modos, tampoco
necesito su ayuda. De momento me las estoy apañando, y dentro de un par de semanas
recibiré mi herencia.
Tomas no
se atrevió a decir nada al respecto, pero lo cierto era que estaba
empezando
a pensar que, dadas las estrecheces económicas de su tío, era probable que
estuviese aprovechándose de tener el control sobre el fideicomiso de Fay para solucionarlas.
Daba la impresión de que ella no entreveía aquello, pero después de todo no
sería ninguna novedad, se dijo él. Después de todo, las mujeres ricas no solían
preocuparse en absoluto del estado de sus finanzas.
Se sacó
las manos de los bolsillos y se volvió hacia la joven.
—Bueno,
¿nos vamos?
Ella
asintió con la cabeza y salieron del apartamento. Fay cerró la puerta con
llave y
bajaron a la calle. Mientras caminaban hacia el lugar donde Tomas había dejado
aparcado el coche, él la había tomado de la mano, y ella apenas podía pensar con
claridad.
Nunca
hubiera imaginado que ir de la mano de un hombre pudiera hacerla
estremecer
por dentro. Casi tenía la impresión de poder flotar, era como estar en una nube.
Tomas
sentía algo similar, pero estaba luchando contra ello con uñas y dientes.
Para
empezar, no debía haberle propuesto aquella cita, pero Fay lo atraía de un modo
que no alcanzaba a comprender, y había terminando actuando contra lo que la
razón le aconséjala ¿Cómo resistirse a ella cuando era tan deliciosamente
contradictoria? Siempre le habían gustado los enigmas, y Fay era un enigma que
ansiaba resolver.
Estaba
casi seguro de que era experimentada en las artes amatorias. Ella, al
menos,
nunca lo había negado. Sí, las chicas de su clase no solían llevar una vida precisamente
monástica. Le asaltaban los celos cada vez que la imaginaba con otros hombres,
y sólo de pensar en los niñatos ricos, a los que veía en las juntas directivas
a las que tenía que asistir, los jóvenes con los que probablemente se habría
iniciado, se ponía furioso.
Aquel
desdén que sentía hacia las clases acomodadas no era más que el resultado de la
avaricia desmedida que había movido a su padre a seducir a la tía de Bart Markham,
pero no podía evitarlo. Aquel recuerdo le revolvía el estómago. ¿Cómo había sido
capaz su padre de hacer algo semejante? ¿Cómo podía haber ido detrás de una mujer
a la que le doblaba la edad cuando su esposa, a la que había estado unido
veinte años, acababa de fallecer? No se lo había perdonado, y no había vuelto a
dirigirle la palabra. De hecho, su presencia en su funeral, cuatro años
después, no había sido más
que un
puro convencionalismo social. Al poco tiempo supo por el anciano capataz de su padre,
que este había seducido a la tía de Bart para conseguir su dinero y poder salvar
el rancho Kaulitz, que se remontaba a tres generaciones dentro de la familia
Kaulitz, para que él, su hijo lo pudiera heredar, pero eso no lo había hecho
sentir lástima, ni tampoco perdonarlo. El fin no justifica los medios, se dijo.
—Estás
muy callado —dijo Fay mientras iban en el coche, camino de Houston—¿Te estás
arrepintiendo de haberme invitado a salir?
Tomas
giró el rostro un instante para mirarla, y volvió la vista a la carretera.
—No,
estaba pensando.
—¿En
qué? —inquirió ella suavemente.
Él se
quedó callado un momento antes de responder.
—En mi
padre, en cómo se deshonró y deshonró nuestro apellido. Imagino que
Markham
te contaría todos los detalles —añadió. Fay asintió en silencio, bajando la cabeza—.
Lo que no te pudo decir porque lo ignoro, es que el motivo que mi padre tuvo fue
salvar nuestro rancho, para dejármelo a mí y a los hijos que pudiera tener. Irónico,
¿verdad? Aquí estoy, pasados los treinta, y no me he casado, precisamente por
lo que él hizo.
La joven
se sentía halagada de que le estuviera confiando algo tan personal.
—¿Qué
ocurrirá con el rancho si no tienes descendencia? —inquirió.
—Tengo
un sobrino de diez años, Jeff —le contestó él—, el hijo de mi hermana.
Su padre
murió al poco de nacer él, mi hermana se volvió a casar hace tres años, y falleció
el año pasado. El padrastro de Jeff consiguió la custodia, pero se acaba de volver
a casar, y el mes pasado mandó a mi sobrino a una escuela militar. El chico
está metiéndose en líos constantemente allí, y odia a su padrastro. Esa es la
razón por la que estaba sentado aquella noche en ese bar, el día que nos
conocimos. Estaba pensando qué podría hacer para ayudarlo. Jeff quiere venirse
aquí a vivir conmigo.
—¿Y no
es posible?
Tomas
sacudió la cabeza.
—Su
padrastro y yo no nos llevamos bien, y tengo razones para creer que ese es el
único motivo por el que se niega a cederme la custodia. No hay otro motivo,
nunca se ha interesado por Jeff, y desde que su esposa se quedó en estado,
menos todavía. Por eso lo envió a la escuela militar.
—Vaya,
pobre chico. Imagino que echará en falta a su madre.
—Bueno,
supongo que sí, claro —farfulló Tomas—. La verdad es que no lo sé
—admitió—,
nunca habla de ella.
—Probablemente
la procesión vaya por dentro — respondió ella—. Yo echo
muchísimo
de menos a mis padres, aun cuando nunca los veía demasiado.
—¿No los
veías? —repitió él, frunciendo el entrecejo.
Fay se
rió suavemente.
—Siempre
estaban muy ocupados. Mientras fui pequeña estuve a cargo de
institutrices
—comenzó a explicarle—, y luego empezaron a salir de viaje, y claro, yo tenía
que ir al colegio... en fin, por supuesto lo hacían porque no querían
interrumpir mi educación, pero aun así me sentía sola, sobre todo en vacaciones
—añadió con el rostro girado hacia la ventanilla, pero consciente de la mirada
curiosa del vaquero—. Si alguna vez tengo hijos, pienso estar allí para ellos
—dijo de repente—. Nunca tendrán que pasar unas Navidades sin mí.
—Supongo
que hay cosas que ni siquiera el dinero puede comprar —murmuró él quedamente.
Parecía que aquella chica no había tenido una vida tan fácil como había creído.
—Muchas
cosas —asintió Fay con tristeza—, sobre todo el amor.
Se
quedaron los dos en silencio, pensativos, y al cabo de un rato llegaron por fin
al restaurante.
—Bueno,
aquí estamos —dijo Tomas mientras apagaba el motor y salía del
coche.
Rodeó el
automóvil para abrir la puerta de Fay y ayudarla a bajar, la tomó de la mano y
entraron juntos en el restaurante. La joven se quedó encantada con la cuidada decoración,
que nada tenía que ver con la de los chinos en los que había comido hasta entonces,
y la suave música oriental de fondo. Era como haber hecho un viaje en el tiempo
a la China imperial.
Tomas
escrutó su rostro mientras la joven tomaba un sorbo del té de jazmín
que la
camarera les había servido.
—Háblame
de tu empleo —le pidió—¿Cómo llevas lo de tener que trabajar para
ganarte
la vida?
Fay
depositó con delicadeza su vasito de té sobre el mantel y sonrió con los
labios y
los ojos ante la pregunta.
—Me
gusta muchísimo —respondió—. Nunca había sentido que mi vida me
pertenecía,
nunca me había sentido responsable de mí misma. Antes siempre tenía a alguien
que me dijera lo que tenía que hacer y cómo hacerlo, pero aquella noche que nos
conocimos me abriste los ojos. Me hiciste ver cómo era mi vida, y me ayudaste a
comprender que podía cambiarla.
— Y yo
que pensé que te habías presentado a ese trabajo para perseguirme...
—murmuró
él, sonriendo avergonzado ante su propia estupidez—. Pero tienes que comprenderlo,
me ha pasado antes: mujeres ricas que intentaban seducirme porque lo veían como
un juego, como un reto.
—Bueno,
no digo que no seas atractivo —contestó ella apartando la vista—, pero desde
luego jamás se me habría ocurrido perseguirte. Tengo demasiado orgullo para eso.
Tomas
estaba estudiándola mientras la escuchaba, y cuanto más la miraba, más encantadora
le parecía. No era preciosa, pero sí tenía un porte distinguido y elegante, además
de unas maneras dulces y un corazón de oro. Y de pronto, sin saber por qué, se encontró
preguntándose si a Jeff le gustaría.
Durante
el resto de la cena hablaron de todos los temas imaginables, desde la
política
hasta la religión, y rieron y bromearon como si fuesen viejos amigos. A Fay la velada
se le hizo tan agradable, que cuando llegó el momento de regresar, le parecía que
apenas hubiera pasado una hora.
—Bueno,
¿y cómo lo llevas con tu tío? —inquirió Tomas en el camino de vuelta.
—Pues
nos tratamos con educación y poco más — respondió ella—. No sé,
últimamente
le noto preocupado, y cada día más nervioso, pero nunca consigo que me cuente
de qué se trata —añadió.
Tomas
conocía un poco a Henry Rollins, y de si algo estaba seguro, era de que
no era
un hombre nervioso. Volvió a preguntarse una vez más, si aquello no tendría
algo que ver con la herencia de su sobrina.
—Fay...
—comenzó, sin saber muy bien cómo decirle aquello—. ¿Qué harías si al final
sólo heredases unos pocos dólares y una nota de disculpa?
Ella lo
miró incrédula y se rió.
—Eso no
es muy probable. Mis padres eran muy ricos. Aunque mi tío se gastase...
—Pero,
¿y si ocurriese?
La joven
se quedó callada, mirándose las manos entrelazadas sobre el regazo.
— Sería
muy duro —admitió—. No estoy acostumbrada a preguntar el precio de las cosas,
ni a negarme caprichos, pero supongo que con el tiempo me haría a ello. Además,
no me importa trabajar.
Él
asintió con un «ya veo», respirando un poco más tranquilo. Si sucedía lo que se
temía, al menos esa actitud le haría las cosas un poco menos difíciles a la
joven.
En un
momento dado, tomó un desvío de la carretera antes de llegar a
Jacobsville,
y Fay se giró hacia él extrañada.
—¿Dónde
vamos?
—Quiero
enseñarte mi rancho —contestó él con una sonrisa.
Fay se
sintió emocionada. Tomas iba a mostrarle su posesión más preciada, lo
que era
su vida, el lugar donde se había criado.
Cuando
detuvo el coche frente a la casa y apagó el motor, Fay observó extasiada, iluminados
por la suave luz de la luna, los parterres y rocallas de flores que había por todas
partes.
— ¡Qué
bonito! —exclamó mientras bajaba del vehículo.
—Gracias.
—¿Las
has plantado tú? —inquirió Fay sorprendida. Nunca hubiera imaginado a un duro
vaquero haciendo jardinería.
—¿Quién
sino? —le espetó él, algo irritado al ver sus ojos verdes tan abiertos—
Me
gustan las flores.
—No he
dicho que tenga nada de malo —replicó ella divertida—. A mí también me gustan
mucho — añadió, observando el columpio del porche, y escuchando el sonido distante
de mugidos de vacas mientras él abría la puerta de la casa.
Al
entrar en la vivienda, se sorprendió aún más al ver que estaba decorada con
gusto, y
que todo estaba bastante limpio y ordenado. Para ser un soltero parecía que se
las apañaba muy bien, y así se lo dijo.
—Gracias
por el cumplido, pero me temo que no puedo llevarme todo el mérito. Dos veces
por semana viene a ocuparse de las cosas de la casa la esposa de mi capataz—le
explicó—. ¿Te apetece un café?
—OH, sí,
me encantaría.
—Bien,
acomódate como si estuvieras en tu casa— le dijo Tomas, dejando su
sombrero
en una percha a la entrada y haciéndola pasar al salón mientras el se dirigía a
la cocina—. Será sólo un minuto.
Fay
deambuló un poco por el salón, deteniéndose a mirar una fotografía de un
chico
sobre una estantería.
Se
parecía mucho a Tomas, sólo que tenía los ojos oscuros, y el rostro más
redondeado.
—Es Jeff
—le dijo él reapareciendo en ese momento, con un paño de cocina
sobre el
hombro.
Se apoyó
en una de las jambas de la puerta del pasillo, mientras esperaba que se hiciera
el café. La joven observó que se había desabrochado los primeros botones de la
camisa, lo que, junto con aquella postura, le daba un aire muy sexy.
—Tiene
un aire a ti —comentó la joven, forzándose a apartar la vista y tomando la foto
en sus manos—. ¿Os parecíais físicamente tu hermana y tú?
—Bastante
—respondió él—, pero Jeff tiene los ojos de su padre.
—¿Es
buen chico?
—A veces
puede resultar un poco rebelde, pero si le tratas con respeto y sin
imponerle
tus razones, sabe responder. Por lo demás, no es muy distinto de los chicos de
su edad: le gusta el cine, los deportes... Ahora le ha dado por las artes
marciales—añadió—. Se ha apuntado a clases de kárate, y se le da bastante bien.
Fay
sonrió al ver la expresión de cariño que se había dibujado en las facciones de
Tomas. Se notaba que quería al muchacho.
—Supongo
que te sentirás sola ahora que has tenido que venirte a vivir aquí a
Jacobsville
—le dijo él de repente—. En las ciudades pequeñas de provincias la gente suele
ser bastante cerrada, y les cuesta abrirse a quienes llegan. ¿No has hecho aún amistades?
Fay se
quedó dudando.
—Bueno,
Abby Ballenger es la esposa de uno de mis jefes, pero me trata como si fuera
una amiga, y también están las otras secretarias de la nave.
—Me
refería a alguien de tu clase social.
Fay
volvió a depositar el marco con la foto de Jeff en la estantería.
—Nunca
he tenido amigos ricos —contestó—. No me gusta su forma de
divertirse.
—¿De
veras? —respondió él.
Se
apartó del marco de la puerta y caminó hacia ella, dejando el paño sobre la
mesa del
comedor. Fay estaba vuelta hacia la estantería, y no se atrevió a volverse cuando
lo sintió acercarse por detrás, ni tampoco cuando le pasó las manos por la cintura
y apoyó la barbilla en su hombro.
—¿Y cuál
era su forma de divertirse? —murmuró en su oído, haciéndola
estremecerse
por dentro.
—P...
pues... fiestas hasta el amanecer, drogas, alcohol... —balbució Fay, sintiendo que
las mejillas se le teñían de rubor por la proximidad de él—. La gente de mi
clase vive al límite, sin preocuparse de las consecuencias — añadió. De pronto
Tomas inclinó la cabeza y la besó suavemente en el cuello—. Es una locura
—musitó la joven, sin saber ya qué estaba diciendo.
—Es
verdad —asintió él.
La punta
de su lengua halló la vena del cuello, y al pasarla por esa zona, notó cómo el
pulso de la joven se aceleraba vertiginosamente. Deslizó las manos hacía las
caderas de Fay, y hundió los dedos en ellas, apretándola contra sí.
—¿Tomas...?
—balbució ella sin aliento.
Las
palmas de él se habían colocado sobre su vientre dibujando lentamente
pequeños
círculos que provocaron escalofríos de placer que descendían por las piernas de
Fay.
Tomas se
dijo que, para ser una chica experimentada, no actuaba como si lo
fuera.
Debería haberse sentido irritado porque, a pesar de que la deseaba muchísimo, el
seducir a jóvenes vírgenes no estaba en su línea, pero la posibilidad de que
fuera inocente lo excitó aún más. Tenía que averiguar si sus sospechas eran
ciertas o no.
La hizo
darse la vuelta, y le alzó el rostro hacia el suyo, tomando sus labios
entreabiertos
en un beso apasionado. Lo que ocurrió entonces lo asombró a él mismo. El
contacto con la boca de Fay fue explosivo. Había mantenido el control sobre su deseo
hasta ese instante, pero de repente se encontró teniendo que luchar para no perder
la cabeza.
Aquello
no debía estar pasando, se dijo conteniendo el aliento al notar como el
cuerpo
de la joven se derretía contra el suyo. Como si tuvieran vida propia, sus manos
la tomaron por la parte posterior de los muslos, alzándola hacia él, y
empezaron a temblarle las piernas, al tiempo que notaba que los músculos de
todo su cuerpo se tensaban.
Fay
gimió suavemente. Nunca había experimentado un ansia como aquella que la estaba
invadiendo. Hasta entonces, cada vez que había salido con un chico y habían empezado
a besarse, siempre había sido capaz de apartarse cuando notaba que la situación
se le iba de las manos, pero con Tomas parecía imposible. Incapaz ya de seguir
pensando, le rodeó el cuello con los brazos, y se abandonó a sus besos.
Al cabo
de unos instantes, la joven notó la creciente excitación de Tomas
contra
su vientre, y de pronto comprendió que no podría rechazarlo, por mucho que supiese
que aquello era una locura.
Las
manos de Tomas invadieron la chaqueta, y atravesaron también la barrera
de su
blusa, desabrochando ambas y abriéndolas, para posar sus labios segundos después
sobre la parte superior de un seno que quedaba fuera del sostén de encaje.
Fay se
aferró a él, temblando al sentir que sus besos se volvían más ardorosos.
Tomas
apartó el tirante, empujándolo con la nariz, para poder llegar hasta el duro y cálido
pezón, y Fay gimió extasiada. El placer que estaba experimentando era casi insoportable.
Enredó sus dedos en el cabello oscuro de Tomas y tiró suavemente de él mientras
el vaquero succionaba en un silencio impregnado de deseo.
—Oh,
Fay... eres tan suave... tan dulce... sabes a gardenias... —jadeó.
Sus
manos le desabrocharon el sujetador y lo deslizaron hacia abajo, dejándolo
caer
hasta la cintura de la joven, junto con la blusa y la chaqueta. Sus ojos
grises, brillantes por el deseo, se detuvieron a admirar la belleza rosada de
sus senos desnudos, coronados por sendas puntas erguidas, y al momento
siguiente, estaba adorándolos con las manos y los labios, escuchando encantado
los gemidos que escapaban de la garganta de Fay.
—Eres
tan preciosa... —le susurró, pasando la mejilla por sus suaves senos—. Fay, haces
que todo mi ser palpite. Mira, siéntelo...
Una de
sus manos bajó hasta la cadera de ella, y la atrajo hacia sí para mostrarle lo
excitado que estaba. Fay volvió a gemir, y buscó desesperada su boca, dejando
que él hiciera el beso más profundo mientras seguía acariciándole los senos.
—¿Me
deseas, Fay?, ¿Me deseas? —le preguntó Tomas jadeante.
— ¡Sí!
—respondió ella en un hilo de voz—, ¡Sí!
Tomas se
estremeció con violencia. Nunca había sentido nada semejante con
ninguna
mujer.
—¿Tienes
algo que usar? ¿Estás tomando la píldora?
La joven
se apartó un poco de él, para mirarlo a los ojos, con la respiración
temblorosa.
—No.
«No».
Aquella palabra resonó una y otra vez en la mente de Tomas. Sabía que
ella
estaba más que dispuesta a entregarse a él, pero corría el riesgo de dejarla embarazada.
¡Embarazada! Maldijo entre dientes y se apartó de ella, volviendo a la cocina
con la vista nublada por el deseo contenido y cerró tras de sí de un portazo.
La pobre
Fay se había quedado anonadada allí de pie. Se dejó caer en el sofá, y se
volvió a abrochar el sostén, la blusa y a colocarse la chaqueta. Las manos le temblaban
de tal modo, que tardó varios minutos en completar la operación. Pasó aún un
buen rato antes de que Tomas regresara con una bandeja con tazas y el café.
La joven
era incapaz de mirarlo a la cara. Sabía que debía estar terriblemente
pálida,
aún se sentía temblar, y su respiración y su pulso eran irregulares.
Tomas
puso una taza de café frente a ella sin decir nada. Fay sintió que el sofá
se
hundía un poco más bajo el peso de él al sentarse, pero siguió con la cabeza
gacha. Pero entonces, al ir a extender la mano hacia la taza, la de él se
adelantó y se la tendió. Ella alzó la mirada al fin, y sintió alivio al ver que
la expresión en sus ojos grises no era de enfado, sino más bien de curiosidad,
e incluso de afecto.
—Gracias
—musitó, tomando la taza con su platillo y sorbiendo un poco de su
contenido.
Tomas
esbozó una sonrisa amable.
—De
nada.
—Yo lo
siento mucho, Tomas... —comenzó ella atropelladamente.
Pero él
puso el índice sobre sus labios para que lo dejara hablar.
—No, soy
yo quien lo siente. No debería haber dejado que las cosas llegaran tan lejos.
—Estabas...
me pareció que estabas enfadado — dijo ella insegura, bajando de
nuevo
los ojos a la taza.
—Enfadado
no, irritado — corrigió él—, pero no por culpa tuya —la tranquilizó—.Hace un
rato estaba más excitado de lo que lo había estado en toda mi vida, y al obligarme
a parar... bueno, para un hombre el tener que contenerse es bastante... incómodo
—le explicó.
—OH
—musitó ella sonrojándose.
Tomas se
recostó sobre el respaldo del sofá y tomó un sorbo de su café,
observándola
fijamente.
—¿Cómo
es que aún eres virgen? —le preguntó de repente.
Fay casi
se le resbaló la taza de las manos.
—¿Q...
qué has dicho?
—Lo que
has oído —dijo él suavemente—. ¡OH! Vamos, Fay, si ni siquiera podrías fingir...
En cuanto te toco, te entregas a mí sin rendición.
La joven
se sonrojó y apartó el rostro.
—De
acuerdo, pues sí, soy virgen, restriégamelo por la cara si quieres
—murmuró.
—No te
ofendas, mujer —le dijo él con una sonrisa maliciosa—. Lo que ocurre es que
nunca le he hecho el amor a una virgen y... bueno, la verdad es que estaba resultando
fascinante —admitió—. Es curioso, estabas dispuesta a lanzarte en picado, sin
importarte las consecuencias. Casi da miedo el efecto que puede tener la
pasión, ¿no es cierto?
Ella lo
miró con un mohín.
—¿Te
diviertes haciéndome ver lo inexperta que soy?
—La
verdad es que sí —bromeó él.
Los dos
se echaron a reír, y de pronto Fay advirtió que algo había cambiado
entre
ellos. Sólo con mirarlo, sentía que el corazón le latía con fuerza, y se dijo
que, si él le diera la oportunidad, estaba segura de que sería capaz de amarlo.
Tomas
extendió la mano y le acarició la mejilla con ternura.
—Anda,
vamos, te llevaré a tu apartamento —le dijo—. Y en adelante harías bien en
mantenerte alejada de los ranchos de tipos solitarios como yo, ¿de acuerdo?
— ¡Pero si
fuiste tú quien me trajo aquí! —exclamó ella con incredulidad.
—Eso,
échame la culpa a mí —bromeó él, mientras se levantaban y se dirigían a la puerta—,
siempre es el hombre el que induce a la dulce e inocente doncella a una vida de
pecado.
Fay
frunció el entrecejo.
—Pues en
los libros siempre son las mujeres perversas las que seducen a los
santos
varones de recta moral y los pierden —apuntó ella divertida.
—No
existen hombres inocentes —respondió él, enarcando las cejas, mientras
cerraba
la puerta con llave cuando hubieron salido al porche.
Fay se
encogió de hombros, rindiéndose, y bajaron las escaleras de la entrada,
caminando
hacia el coche en silencio. Sin embargo, una vez estuvieron sentados dentro del
vehículo, Tomas se quedó con la mano en el contacto un instante, como
pensativo, y se volvió hacia ella, mirándola a los ojos.
—Puede
que sea un error —le dijo—, pero si estás dispuesta a arriesgarte, yo
también.
Fay lo
miró confusa.
—¿A
arriesgarme? —repitió.
Tomas
deslizó una de sus grandes manos bajo la barbilla de la joven y la atrajo hacia
sí, besándola respetuosa y tiernamente.
—Antiguamente
lo llamaban «cortejo» —le susurró.
La joven
sintió que la inundaba una oleada de calor y lo miró con los ojos muy
abiertos.
Él
asintió muy solemne.
—Lo sé,
sé que te he dicho que no creía en el matrimonio, pero sí creo que
siempre
hay una mujer que puede hacer que un hombre cambie de opinión —bajó la vista a
los labios de Fay—. Quiero conseguir la custodia de Jeff, y si me casara tendría
más posibilidades de conseguirla. Pero no se trata sólo de eso —añadió al ver cómo
la ilusión se desvanecía de su rostro—, tú y yo también podríamos darnos muchísimo
el uno al otro. No sé, tal vez podríamos darnos una oportunidad, empezar a salir,
y ver dónde nos conduce esto.
—Pero
soy una chica rica —murmuró ella indecisa—, y tú dijiste...
—No te
preocupes, te doy mi palabra de que no te lo echaré nunca en cara
—repuso
él en tono de broma, sonriendo y besándola de nuevo.
Lo que
no mencionó, era que tenía dudas acerca de esa herencia que iba a recibir. De
hecho, tenía el presentimiento de que no iba a heredar nada en absoluto, y eso
la dejaría al mismo nivel que él. Se sentiría perdida cuando eso ocurriera, y
sentía que no podía dejarla sola. Además, era una chica muy dulce, y él la deseaba;
Jeff necesitaba un hogar estable; y tampoco le iría mal contraer matrimonio, si
con ello lograba mejorar la visión que de él tenía el nuevo presidente de Mesa
Blanco.
Capitulo
5
Al día
siguiente, Fay fue como flotando a las oficinas de la nave de los
Ballenger.
Se sentía casi incapaz de concentrarse en el trabajo.
Los
sueños que se había permitido tejer en torno a Tomas no habían incluido
nunca el
matrimonio. Claro que era natural, después de que él le hubiese dicho que no quería
casarse, y que la hubiera atacado sin piedad por haber creído que estaba persiguiéndolo.
Resultaba irónico que después de todo hubieran acabado en la misma órbita. ¿A
qué se debería aquel repentino y drástico cambio? Él le había dicho que tener
una esposa le ayudaría a conseguir la custodia de su sobrino, pero con todo lo
que se había metido con ella por ser una chica rica...
—¿Cómo
va todo? —inquirió Abby, apareciendo de repente frente a su mesa.
—OH, muy
bien, va todo bien —respondió de corrido a Abby, dejando a un lado sus pensamientos,
y organizando los papeles de su mesa.
—¿Seguro?
—inquirió la esposa de su jefe, enarcando una ceja—. Te veo como
distraída...
—Bueno,
es que... —Fay miró a ambos lados para asegurarse de que nadie las
escuchaba,
y se inclinó hacia delante—, Tomas me ha pedido salir.
— ¿T.
Kaulitz? —exclamó Abby estupefacta.
—No
pongas esa cara —se rió Fay—, va en serio. Anoche se comportó como un
perfecto
caballero conmigo, e incluso me ha hablado de compromiso.
—¿«Compromiso...»?
¿Tomas? —repitió Abby sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo.
Fay
asintió con la cabeza.
—¿Sabías
que tiene un sobrino de diez años y que quiere conseguir su custodia?
—Sí, lo
sabía —respondió Abby poniéndose seria—. Pobre chiquillo, ¿verdad?,
viviendo
con un padrastro que ni siquiera se preocupa por él... La verdad es que Tomas
no me gusta demasiado, pero le honra que quiera encargarse del chico —añadió.
De pronto frunciendo el entrecejo—. ¿No será esa la razón por la que te pedido
que salgas con él?
—
Probablemente —respondió Fay con una débil sonrisa —, no pienso engañarme ni
hacerme ilusiones, pensando que se ha enamorado perdidamente de mí, tal vez un día
llegue a quererme. El amor es algo que lleva tiempo.
— Puede
ser —admitió Abby—, pero, ¿cómo es de repente no le importa que
vayas a
ser rica dentro de poco?
Fay
encogió de hombros.
— No lo
sé, yo tampoco lo comprendo, pero me ha dicho que eso no importaría.
Abby no
dijo más, pero después, mientras almorzaba con Calhoun, le confió a
este sus
dudas respecto a la relación que Fay acababa de iniciar.
—Me temo
que la pobre está abocada a una caída bastante grande. Dice que Tomas le ha
asegurado que no le importa su herencia, pero ya sabes cómo ha sido siempre con
las mujeres ricas...
Calhoun
asintió con la cabeza.
—Tengo
la sospecha de que hay algo que su tío Henry está ocultándole —le dijo—. De
hecho, me pregunto si a Fay le quedará algo de su herencia para cuando cumpla los
veintiún años.
—Yo
tengo la misma inquietud —le confesó su esposa—. Pobre Fay... Estoy segura de
que Tomas no la ama. Siempre ha sido un donjuán, y dudo que sea capaz de sentir
nada profundo por una mujer.
Calhoun
enarcó una ceja y frunció los labios.
—Bueno,
quizá se esté reformando. A todos nos llega antes o después nuestro
San
Martín —bromeó entre risas, ganándose un coscorrón de su esposa.
Fay no
volvió a ver a Tomas en varios días. La había llamado para decirle que
tenía
que salir de la ciudad y que la volvería a llamar cuando regresase. No le había
parecido que sonase como un enamorado impaciente por volver a verla, sino más
bien como si estuviese irritado, como si para empezar ni siquiera hubiese
querido telefonearla. Desde entonces, Fay había estado deprimida, preguntándose
si Tomas no se estaría arrepintiendo de la proposición que le había hecho.
Dos días
después de su partida, había ido a ver a Barry Holman, su abogado, para hablar
de la herencia. Cuando llegó, vio para su sorpresa que su tío Henry estaba
allí, y que el señor Holman parecía muy serio.
—Siéntate,
Fay —le dijo este, permaneciendo de pie hasta que ella hubo ocupado el asiento
junto a su tío.
—Son
malas noticias, ¿verdad? —murmuró Fay, mirando intranquila a uno y a
otro.
—Me temo
que sí —comenzó Barry Holman, y le explicó la situación: no iba a
recibir
ni un centavo.
—Lo
siento, cariño —le dijo su tío apesadumbrado—. Te juro por Dios que he
hecho
todo lo que ha estado en mi mano para solucionarlo, pero me ha sido imposible. Si
te presioné para que consideraras casarte con mi amigo Sean, fue porque tiene
una buena posición social y pensé que... bueno, que si os llevabais bien y te
casabas con él, no tendrías que enfrentarte a una situación como esta.
—Pero,
¿por qué no me lo dijiste, tío Henry?, ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—inquirió
ella desolada.
—No sabía
cómo hacerlo —fue la respuesta del hombre—, tu padre tenía todo su dinero
metido en bolsa, y por desgracia sus últimas inversiones no fueron muy acertadas.
Cuando traté de liquidar las acciones ya era demasiado tarde: habían perdido
todo su valor. No queda nada... —murmuró angustiado —, nada. Pero las puertas
de mi casa siempre estarán abiertas para ti, Fay —añadió—. Si quieres volver...
Pero
ella sacudió la cabeza.
—Tengo
un empleo —le dijo tercamente. Un empleo que era sólo temporal y
acabaría
muy pronto, se recordó con el corazón en un puño. Sentía deseos de llorar.
—Bueno,
al menos tienes el Mercedes —le dijo su tío —. Puedes venderlo a un
buen
precio. Si quieres podría encargarme de hacer los trámites necesarios. Así dispondrías
de un pequeño capital en caso de un imprevisto.
—Se lo
agradecería mucho —contestó ella sin entusiasmo—. Mañana le traeré la documentación
del coche si le parece bien.
—Claro
—asintió el letrado—. Bien —continuó carraspeando—, sé que no estarás de humor
para esto, pero ya que estás aquí, y que tu tío también ha venido, creo que deberíamos
revisar los tres juntos unos papeles, y también necesitaré que leas y firmes
algunos, Fay...
La joven
apenas escuchó una palabra de lo que le dijo a continuación. Se sentía aturdida.
Hacía sólo una semana había contado con una herencia que evitaría que tuviese
que preocuparse por el resto de su vida, y de pronto no tenía absolutamente nada.
De golpe
y porrazo se había convertido en un miembro más de la clase
trabajadora.
Dios, ¿qué iba a hacer cuando su contrato terminase?
Al salir
del bufete del señor Holman fue a una cafetería cercana, pero apenas
probó
bocado del sándwich y la ensalada que había pedido. Regresó a la oficina, y
pasó el resto del día preocupada. Calhoun advirtió que le sucedía algo, pero
cuando le preguntó, ella se limitó a sonreírle, y le aseguró que sólo tenía un
pequeño dolor de cabeza.
Aquella
respuesta no engañó a su jefe, que sabía cual era su situación y, aunque en
principio dudó si debía hacerlo o no, terminó entrando en su despacho,
levantando el auricular del teléfono, y marcando el número de Barry Holman.
—Barry,
sé que no puedes revelar los detalles de los asuntos de tus clientes
—comenzó
cuando el letrado contestó—, pero he notado a Fay preocupada, y quiero ayudar,
así que me bastaría con un sí o no: no va a recibir un solo centavo de
herencia, ¿verdad?
El
letrado asintió.
—Justo
lo que me temía —murmuró Calhoun—. Pobre chiquilla...
—Calhoun,
ya que dices que quieres ayudar —respondió Barry Holman—, Fay me comentó que
sólo la habíais contratado temporalmente, y seguramente eso debe estar angustiándola
bastante. Por primera vez en su vida va a tener que apañárselas sola, y ahora
más que nunca necesita de un empleo estable.
—No hay
problema —respondió Calhoun al momento—, estamos muy contentos con ella. Le
encontraremos un hueco. ¡Ese condenado Henry Rollins...!
—En
realidad no es culpa suya —lo defendió el abogado—: el padre de Fay tenía su
capital invertido en bolsa, y sus acciones han caído en picado, eso es todo. De
hecho
Henry
intentó salvar lo que quedaba, pero le fue imposible.
—Vaya,
ahora me siento ruin por haber pensado mal de él.
—Lo
mismo me ha ocurrido a mí —admitió Holman—. Bueno, tengo que dejarte. Espero
que esto quede entre nosotros.
—Quédate
tranquilo —le dijo Calhoun—. A Fay sólo le diré que se ha vuelto tan
valiosa
para nosotros que no queremos perderla. Y es la verdad, además — añadió.
Barry
Holman se rió suavemente.
— Os
estará muy agradecida. Hasta luego, Calhoun.
—Hasta
luego.
Cuando
colgó, Calhoun se quedó un instante pensativo, y volvió a levantar el
auricular
para marcar el número de Tomas Kaulitz.
—¿Sí?
—fue la abrupta respuesta.
—No
esperaba encontrarte en casa. Creía que estabas fuera de la ciudad —dijo
Calhoun.
—Lo
estaba. He llegado hace sólo quince minutos. ¿Para qué me llamabas? ¿Hay algún
problema con el ganado?
—No, es
acerca de Fay.
Hubo un
silencio repentino al otro lado de la línea.
—¿Qué ha
ocurrido? —inquirió Tomas agitado.
Calhoun
no supo si sentirse aliviado o no al escuchar aquella nota de preocupación en
su voz. Pensandolo bien, podía ser que sintiese verdadero afecto por ella, y
que estuviese intranquilo por lo que le hubiera podido pasar. Pero, por otra
parte, su preocupación se explicaría también si su interés radicaba sólo en la fortuna
que se suponía iba a heredar Fay. En fin, si esa última suposición era cierta,
al menos le estaría haciendo un favor a Fay al contarle a Tomas lo que había
sucedido, ya que sin duda se alejaría de ella.
—Voy a
contarte algo que no debería saber —le dijo a Tomas—, y que por
supuesto
se supone que no debería contar a nadie, así que primero necesito que me des tu
palabra de que no irás comentándolo por ahí.
—Sí, sí,
la tienes. ¿Qué es lo que ha pasado? —inquirió Tomas impaciente.
—Fay no
va a recibir ni un solo centavo de herencia. Su padre lo perdió todo.
Tomas no
dijo nada, y Calhoun se sintió apenado por Fay, pero de pronto unas risas suaves
le llegaron a través de la línea. Calhoun se apartó el auricular de la oreja,
estaba perplejo.
—Perdona
—dijo Tomas al ver que Calhoun se había quedado callado del
asombro
por su reacción—. De algún modo intuí que algo así sucedería, y por supuesto lo
siento por ella, pero no puedes imaginarte lo que me alegro por otra: no quería
que la gente pensara «otro Kaulitz detrás de una chica rica». Ahora ya no tendré
que preocuparme por eso.
—Entonces...
¿vas en serio con ella? —inquirió Calhoun sorprendido.
—¿Tan
difícil resulta de creer? Vamos, Calhoun, trabaja para vosotros... No creo que
no os hayáis dado cuenta del corazón tan grande que tiene —y entonces lo
fastidió todo añadiendo—: Es justo la clase de madre adoptiva que mi sobrino
necesita.
—De modo
que vas a casarte con ella únicamente para conseguir la custodia, ¿no es así?
—le preguntó Calhoun con desdén.
—Los
motivos que tenga son cosa mía, Ballenger —le espetó Tomas irritado—. Y si Fay
acepta casarse conmigo, tampoco es asunto tuyo ni de nadie.
—¿Y qué
pasa si ella está enamorada de ti? ¿No te has parado a pensar en eso?
—Es
demasiado joven como para saber lo que es el amor —fue la despreocupada
respuesta de Tomas—. Está encaprichada conmigo, y necesita a alguien a su lado
que le dé seguridad. Y yo puedo dársela.
Calhoun
masculló un insulto.
—Eres
aún más despreciable de lo que pensaba.
—Como te
he dicho, nada de esto es asunto tuyo. Mañana por la mañana me
pasaré
por vuestra nave para echarle un vistazo al ganado de Mesa Blanco —y colgó, dejando
a Calhoun furioso.
Cuando
colgó el auricular, Tomas se quedó sentado pensativo. Le molestaban las implicaciones
que había hecho Calhoun respecto a su interés por Fay.
Apreciaba
a la joven, y se sentía físicamente atraído por ella como no le había
ocurrido
con ninguna otra mujer, pero para él lo más importante era conseguir la custodia
de su sobrino, rescatarlo del infierno en el que estaba viviendo. Le había costado
sudor y saliva convencer a su detestable cuñado de que permitiera al chico ir a
visitarlo durante sus vacaciones de primavera, y ahora que ya lo tenía consigo,
iba a luchar para que no tuviese que volver con él. De hecho, le había pedido
al abogado de Mesa Blanco que hiciese los trámites necesarios para reclamar la
custodia de Jeff.
—¿Seguro
que no te molesta tenerme aquí, tío Tom? —le preguntó el muchacho, repantigado
en el sillón junto a él, mientras veían las noticias deportivas.
— Por supuesto
que no —le respondió Tomas —. Siempre nos hemos llevado bien, ¿o no?
Jeff
esbozó una amplia sonrisa.
— Sí.
Oye, ¿podemos ir a montar a caballo mañana?
—Tal vez
—respondió Tomas—. Pero antes de nada iremos a la nave de engorde de los
Ballenger. Quiero que conozcas a alguien.
—A Fay,
¿a qué sí? —inquirió Jeff, sonriendo con picardía al ver la expresión
sorprendida
en el rostro de su tío—. No has hablado de otra cosa en el avión — añadió.
Tomas
encendió un cigarrillo, con los ojos fijos en la pantalla del televisor. No
sabía que fuera tan
transparente. Lo cierto era que había
echado de menos a la joven, pero su orgullo le impedía admitirlo.
Toda su
vida había sido un bala perdida, y aunque estuviera dispuesto a casarse con
ella por el bien de su sobrino, no tenía intención de renunciar a su libertad.
—¿Y ya
la has llamado para decirle que vamos? —preguntó el chico.
—No
—respondió Tomas, frunciendo el ceño. Quería hacerlo, quería llamarla,
volver a
oír su voz, pero no iba a sucumbir a la tentación. No iba a comportarse como un
adolescente loco de amor.
—¿Y no
vas a llamarla? —insistió Jeff.
—No,
será una sorpresa —farfulló su tío, incómodo.
—Me
gusta esto —dijo el chico al cabo de un rato—. Odio la escuela militar. No
puedes
hacer nada sin pedir permiso.
— Bueno,
tampoco esperes que te vaya a dejar convertirte en un salvaje
mientras
estés aquí —le advirtió su tío con una media sonrisa.
—Ya lo
sé, pero al menos tú no me odias como mi padrastro —respondió Jeff—Y desde que
se casó con esa mujer y ella se quedó embarazada, es mucho peor. Dice que le
pone enfermo sólo verme. Ni siquiera quería a mi madre.
Tomas
apretó la mandíbula.
—Lo sé.
No dijo
nada más, para no añadir más furia a la del chico, pero sabía muy bien a lo que
se refería Jeff. Las infidelidades de su cuñado habían hecho de su hermana una mujer
amargada y triste. Ella lo había amado, pero su desprecio la había sumido en
una profunda depresión, y una simple neumonía se la había llevado, dejándolos
con el corazón roto a Jeff y a él.
—No sé
qué pudo ver mamá en él —se preguntó el muchacho en voz alta—. Bebe como un
cosaco, y apenas se queda una noche en casa. De hecho, creo que ya está engañando
a mi madrastra con otra. El otro día llamó una mujer, me arrancó el teléfono de
la mano para ponerse él, y luego le mintió a ella, diciéndole que era un tipo del
seguro.
Aquello
no sorprendió a Tomas, aunque sí la suspicacia del muchacho, y lo miró con
tristeza, indignado de que a sus diez años tuviera que ser testigo de
semejantes bajezas.
—Olvidémonos
por unos días de su existencia, ¿de acuerdo? —le propuso a
Jeff—.
¿Te apetece una partida de ajedrez?
—Genial.
Te voy a dar una paliza, ya verás, tío Tom.
Entretanto,
Fay estaba tratando de hacerse a la idea de su nueva situación.
Tenía
que lograr superar el miedo a tener que valerse por sí misma, pero no era nada sencillo.
Al menos, se dijo intentando animarse, ya había dado un gran paso al haberse independizado
y empezado a trabajar, y eso era un comienzo. Si hubiera seguido viviendo con
su tío Henry en vez de estar en un apartamento de alquiler, en ése momento se
estaría sintiendo atrapada además de acongojada por lo incierto de su futuro.
Era
curioso que hubiese llegado a sospechar de su tío, y que finalmente lo
sucedido
no tuviese nada en absoluto que ver con él. Sonrió débilmente al recordar lo que
le había dicho, que si había tratado de emparejarla con Sean, su asociado,
había sido únicamente por lograr que tuviese una seguridad. Se sentía
agradecida por esa preocupación, pero deseaba que la hubiese puesto antes al
corriente de su situación.
En fin,
se dijo suspirando, siempre podía escribir a su tía abuela Tessie para
suplicar
ayuda si las cosas se ponían desesperadas. Aquella anciana mujer era hermana de
su abuelo materno, y a veces, cuando sus padres estaban de viaje, había pasado largas
temporadas con ella. Ambas se profesaban un afecto sincero, y se mantenían en contacto
mediante la correspondencia y el teléfono.
Se secó
las lágrimas de las mejillas, preguntándose cuándo regresaría Tomas a la
ciudad. Claro que, quizá no tuviera sentido que siguiese pensando en él porque,
a pesar de que él le había asegurado que no quería tener una relación con una
mujer rica, probablemente se apartaría de ella cuando supiese que no iba a
heredar nada. El tiempo lo diría. Por el momento tenía bastante con sus propios
problemas, se dijo mientras sacaba de un cajón la documentación del Mercedes.
Al menos con su venta podría tener unos ahorros en caso de necesidad.
A la
mañana siguiente, después de llevarle los papeles a Barry Holman, se fue a la nave,
y trató de concentrarse en el trabajo para no darle más vueltas a las cosas.
Cuando
ya era casi la hora del almuerzo, mientras archivaba unos contratos, la puerta de
la oficina se abrió, y apareció Tomas con un chiquillo de cabello oscuro. ¡Había
vuelto! Y aquel muchacho sin duda debía ser Jeff. El corazón de Fay empezó a
latir apresuradamente, pero logró esbozar una sonrisa cuando se acercaron a su
mesa.
— ¡Qué
sorpresa!—exclamó.
—Fay, te
presento a mi sobrino Jeffrey —le dijo Tomas. Se volvió hacia el
chico—.
Jeff, ella es Fay York.
—¿Cómo
estás? —la saludó el muchacho, observándola curioso—. Eres muy guapa.
—Vaya,
gracias —murmuró ella riéndose y sonrojándose un poco.
—A mi
tío le gustas, ¿sabes? —la picó él con una sonrisa picara.
—Jeff,
es suficiente —le advirtió Tomas, enarcando una ceja—. Anda, ya
puedes
ir fuera a ver el ganado, pero no te vayas a meter en los rediles, y no
molestes a los hombres que hay trabajando, ¿entendido?
—¡Sí,
señor! —respondió el chico con entusiasmo.
Y salió
como un torbellino de la oficina, casi chocándose con un peón, que se rió divertido.
—¿Podrías
echarle un ojo, Ted? —le pidió Tomas—. Es mi sobrino.
—Descuide,
señor Kaulitz —respondió el hombretón, saliendo también de la
oficina.
Tomas se volvió hacia Fay.
—Es un
verdadero terremoto —le dijo—. Siempre hay que estar pendiente de él para que
no se haga daño.
Escrutó
un instante el rostro de la joven. La sonrisa no había abandonado sus
labios,
pero no era una sonrisa verdadera, y podía entrever en sus ojos verdes la tormenta
que había en su interior.
—¿Has
tenido un buen viaje? —le preguntó Fay para romper el incómodo silencio.
Él
asintió con la cabeza.
—Jeff y
yo llegamos anoche.
La noche
anterior... y no la había llamado. Bien, al menos ya sabía qué esperar. Fay
palideció ligeramente, pero la sonrisa permaneció imperturbable en su rostro.
— Ya
veo.
Tomas
advirtió un cierto matiz tenso en su voz pero le quitó importancia.
—En
realidad venía a preguntarte si te apetece venir a almorzar con nosotros.
Nada
formal, Jeff quiere ir a una hamburguesería, ya sabes cómo son los chicos de su
edad.
Fay
habría querido aceptar la invitación pero se dijo que lo mejor sería acabar
con
aquello antes de hacerse daño a sí misma.
—Me temo
que no podrá ser, pero gracias de todos modos.
—Pero,
¿por qué no?
—Tengo
que ir a ver al señor Holman. Va a encargarse de los trámites para la
venta de
mi Mercedes — respondió en un tono tirante, como desafiándolo a que se atreviera
a burlarse de ella—. Antes o después te enterarás, así que te lo diré yo misma:
no voy a heredar nada. Mí padre perdió todo el dinero en bolsa, así que no ha quedado
un centavo. Lo único que me queda es el coche, y voy a deshacerme de él para poder
tener algún dinero en caso de emergencia.
A Tomas
le dolió el modo en que le dijo aquello. Parecía como si estuviera
acusándolo
de que únicamente se hubiera interesado en ella por el dinero. ¿Acaso había
olvidado que en un principio la había rechazado precisamente por ser una chica rica?
—Fay, tu
dinero nunca me ha importado —le dijo, frunciendo el ceño.
—¿De
veras? —replicó ella desafiante—, ¿por qué iba a interesarte sino?
Tomas
entornó los ojos.
—Así
que, después de todo, sí que creíste lo que te dijo Markham... Piensas que soy
un hombre capaz de hacer cualquier cosa por dinero, igual que mi padre — sus facciones
se endurecieron por la ira apenas contenida. Nunca hubiera creído que la joven
fuera igual que las personas de Jacobsvilie que lo medían con el mismo rasero
que a su padre —.Si esa es la opinión que de mí, puedes irte al infierno—masculló,
giró sobre los talones y salió de la oficina.
Fay se
había quedado temblando en su asiento. No había querido decir eso, pero los
difíciles momentos por los que estaba pasando y el miedo a que él la hiriera,
la habían empujado a ello. Tal vez fuera lo mejor después de todo, se dijo
conteniendo las lágrimas y mordiéndose el labio inferior. Para empezar, él ni
siquiera la amaba, y estaba convencida de que, si hubiera seguido albergando
esperanzas, él habría acabado partiéndole el corazón.
En ese
momento, fuera, Tomas se dirigía al aparcamiento de la nave, con Jeff a su
lado, que lo estaba mirando perplejo.
—¿Qué ha
pasado, tío Tom?
—Nada
—zanjó Tomas—. Vamos a ir a ese centro comercial al que querías ir, y
luego
iremos a comer.
—Pero,
¿no iba a venir Fay también? ¿Es que no quiere venir?
Habían
llegado junto al coche. Se detuvieron, y Tomas sacó la llave y la
introdujo
en la cerradura.
—Está
ocupada —respondió en el mismo tono cortante—. Sube.
Jeff se
encogió de hombros y obedeció sin decir nada más, preguntándose si
algún
día llegaría a entender a los adultos.
HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS .. 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... BUENO HASTA PRONTO :))
Me gusta muchoo.
ResponderEliminarSiguelaa
Sube pronto *.*
ResponderEliminarMe encanto virgi y sorry x no haber comentado ayer pero tenia mucha tarea :S
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